Cómo la revolución siria me ha cambiado

Budour Hassan, una joven activista palestina, escribió hace un mes en su blog un texto titulado “How the Syrian Revolution Has Transformed Me“, donde realiza una crítica a la solidaridad selectiva de muchos sectores a nivel internacional y una autocrítica de su propia ingenuidad original en lo relativo a Siria. A continuación, se reproduce la traducción al castellano.

582059_396650947065704_1113138623_n

“El mundo gira en torno a Palestina, o al menos eso pensaba hasta 2011.

La causa palestina, solía argumentar, era el la prueba final para determinar el compromiso de alguien con la libertad y la justicia. Palestina era la única brújula que debía guiar cualquier revolución árabe. Si un régimen era bueno o malo debía juzgarse, en primera y última instancia, según su postura en relación a la causa palestina. Todo suceso debía mirarse a través de la lente palestina. Los árabes nos habían fallado, y nosotros inspirábamos al mundo entero con nuestra resistencia.

Sí, me llamaba a mí misma internacionalista. Decía apoyar ideales universales y humanistas. Repetía una otra vez que había que romper las fronteras y llevar a cabo una revolución socialista.

Pero entonces llegó Siria, y mi hipocresía y la fragilidad de esos ideales quedó expuesta.

Cuando escuché por primera vez a la gente de Daraa pedir reformas en el régimen el 18 de marzo de 2011, solo pude pensar, inconscientemente, que “si sucede en Siria lo mismo que en Egipto, será un desastre para Palestina”.

No pensé en aquellos que fueron asesinados por el régimen ese día. No pensé en los arrestados ni en los torturados. No pensé en la represión que inevitablemente llevaría a cabo el régimen. No alabé las increíblemente valientes protestas de Daraa con el mismo ímpetu y emoción que sentí durante los levantamientos en Túnez, Egipto, Bahréin, Yemen y Libia.

Lo único que pude exhalar fue un suspiro de sospecha y miedo.

“Asad es un tirano y su régimen está podrido” –me dije- “pero lo que venga después si cae puede ser catastrófico para Palestina y la resistencia”. Ese eje sagrado de resistencia significaba entonces para mí mucho más que las vidas sirias a las que los defensores de ese eje estaban poniendo fin.

Yo era uno de esos corazones que latían cuando Hasan Nasrallah [líder de Hezbollah] aparecía en televisión. Marcaba miles de vídeos de YouTube con sus discursos y lloraba al escuchar las canciones que glorificaban a la resistencia y sus victorias.

Aunque apoyaba las demandas de los manifestantes sirios en principio, lo hacía con reticencia y poniendo condiciones. Ni siquiera podía llamarse solidaridad, porque era muy egoísta y se centraba en Palestina.

Retuiteé un post en un blog de un activista egipcio que pedía a los sirios que llevaran banderas sirias para “desmontar” la propaganda del régimen. Los sirios salieron a la calle defendiendo los mismos ideales universales que yo decía apoyar, pero yo era incapaz de ver su lucha fuera de mi estrecho prisma palestino. Decía ser internacionalista mientras priorizaba las preocupaciones palestinas por encima de las víctimas sirias. Sin vergüenza alguna, participé en las Olimpiadas del Sufrimiento y me molestaba que el dolor sirio ocupara más páginas en los periódicos que el dolor palestino. Era demasiado pánfila para darme cuenta de que la terrible experiencia de los sirios y los palestinos no eran más que notas al pie de página y que las noticias que rompían el corazón pasarían a formar parte de la rutina, y serían sosas e inmerecedoras de consumo en apenas unos meses. Decía rechazar todas las formas de opresión mientras que esperaba que el líder de una milicia sectaria dijera algo sobre Siria y hablara con pasión sobre Palestina.

La revolución siria me sentó en el banquillo por traicionar mis principios. Sin embargo, en vez de condenarme, me dio la lección de mi vida: una lección dada con gracia y dignidad.

Fue una lección que me dieron con amor las mujeres y hombres que bailaban y cantaban en las calles, retando al puño de hierro con creatividad, y negándose a rendirse mientras los perseguían las fuerzas de seguridad. Esos hombres y mujeres que convertían las procesiones de los funerales en exuberantes marchas por la libertad, repensando las formas en las que saltarse la censura del régimen. Aquellos que introducían la política de masas en medio de un terror indescriptible y que cantaban por la unidad a pesar de la incitación sectaria, además de repetir el nombre de Palestina en numerosas protestas en las que portaban su bandera sin que una superestrella bloguera egipcia les dijera que lo hicieran.

Fue un proceso gradual en el que tuve que tragarme mis prejuicios de cómo debía ser una revolución, y cómo debíamos reaccionar a un movimiento contra un régimen supuestamente pro-palestino. Intenté desesperadamente evitar mirar el horrible rostro que se ocultaba bajo la máscara de la resistencia que llevaba Hezbollah, pero la revolución la arrancó directamente. Y no fue esa la única máscara que fue arrancada, sino que otras lo fueron después. Y entonces, las verdaderas caras de los autoproclamados luchadores por la libertad e izquierdistas de salón quedaron al descubierto: las voces sirias tanto tiempo silenciadas emergieron.

¿Cómo pude alguien no sentirse inspirado por un pueblo que redescubre sus voces, y que transforma sus canciones tradicionales y eslóganes futbolísticos en cánticos revolucionarios? ¿Cómo puede uno no quedarse atónito ante manifestaciones coreografiadas frente a tanques?

La geografía siria era mucho más diversa y rica de lo promovido por el régimen y la narrativa oficial colapsó al reconstruir los márgenes sirios sus propias narrativas. El arcoíris sirio tenía muchos más colores que los permitidos por el régimen. Los sirios podían elevar sus voces en otros lugares que no fueran los estadios de fútbol, usando su famoso cántico de victoria en plazas y calles para maldecir a Hafez al-Asad, el “líder eterno”.

Si hasta 2011 el nombre de Hafez al-Asad solo podía susurrarse con miedo, la gente podía finalmente maldecirlo a él y a su hijo, haciendo temblar la los cimientos de la hegemonía tanto física como simbólica de esta dinastía.

No podía mantenerme neutral mientras los sirios redefinían lo factible y estiraban los límites de los poderosos, aunque de forma breve, durante esos primeros meses de esperanza fatal.

¿Mantenerse imparcial no habría sido un acto de traición a todo lo que yo decía apoyar? ¿Cómo podía leer en alto la cita de Howard Zinn “No puedes mantenerte neutral en un tren en movimiento” a los que estaban sentados en una verja en Palestina, cuando yo hacía lo mismo en Siria? La revolución siria derribó la verja bajo mis pies. Redescubrí mi voz gracias a la movilización masiva que presencié en Siria. Escuchaba los vídeos de las protestas sirias, memorizaba sus cánticos y los repetía en las protestas palestinas. Pensar en la ausencia de miedo entre los sirios inmediatamente elevaba mi voz y me ayudaba a superar cualquier atisbo de miedo.

No eliges la nacionalidad con la que naces, pero no tienes por qué verte constreñido por sus grilletes. Mi identidad siria, mi sentimiento de pertenencia a la revolución siria no me vino impuesto. Yo decidí adoptarlo. Nunca he puesto un pie en Siria. Hasta 2013 no había conocido cara a cara a ningún sirio que no fuera de los Altos del Golán ocupados. Mi medio de contacto principal era y sigue siendo las redes sociales y Skype. Sin embargo, es inevitable que me siente siria y me identifique completamente con la lucha.

Hasta 2011, mis palabras sobre la ruptura de fronteras y la solidaridad internacionalista no había sido más que una frase pegadiza, mera retórica. Gracias al levantamiento en Siria, finalmente comprendí de qué va la solidaridad realmente. Siempre esperaba de la gente que apoyara a Palestina sin imponer condición alguna, sin dar sermones ni lecciones. Cuando el levantamiento sirio estalló, actué exactamente como esos predicadores de sillón que pedían una revolución de los jazmines a los palestinos, preguntándonos por el Nuevo Gandhi y Martin Luther King. Sin embargo, según avanzaba la revolución, finalmente comprendí el verdadero significado de la solidaridad desde abajo, una solidaridad que es incondicional, pero también crítica. Vi a personas como el mártir Omar Aziz poner en práctica el autogobierno horizontal en algunos de los barrios más conservadores y tradicionales, y aprendí de ese modelo.

Aprendí el significado de la solidaridad comunal y la unión entre palestinos y sirios de los palestinos residentes en el campo de refugiados de Daraa: arriesgaron sus vidas para meter pan y medicinas de contrabando, y romper el bloqueo a la ciudad de Daraa. No era un mero acto humanitario, sino un manifiesto político y el inicio de la conformación de una identidad, la de los revolucionarios palestino-sirios.

Khaled Bakrawi, un refugiado palestino de Yarmuk, y Zaradasht Wanly, un joven sirio de Damasco, resultaron heridos a manos de las fuerzas de ocupación israelíes durante las “marchas del retorno” a los Altos del Golán en 2011. Tanto Khaled como Zaradasht fueron asesinados por el régimen sirio: el primero bajo tortura, el último recibió un disparo en la cabeza.

Los sirios se manifestaron en solidaridad con Gaza entre los escombros de sus casas destruidas por los ataques aéreos del régimen. La Juventud Revolucionaria Siria pegó pósteres contra la limpieza étnica de los Palestinos en Naqab, cuando muchos de sus miembros estaban escondidos, en cárceles, en el exilio, o en tumbas.

Esa es la solidaridad de los oprimidos que los sirios llevaron de la retórica a la práctica. ¿Cómo no admirarlo?

Si la Segunda Intifada en octubre de 2000 dio forma a la conciencia política y la identidad nacional de una niña de once años que acababa de dejar su pequeña aldea para trasladarse a la ciudad, la primera ola de la revolución siria en marzo de 2011, hizo volver a nacer a una mujer que ya daba unos pasos más confiados en Jerusalén. Jerusalén, mi ciudad, la que he elegido denominar mi hogar, no podía ser liberada por los opresores de mi gente, los sirios. El espíritu de Jerusalén no puede ser secuestrado por los que bombardean hospitales que llevan su nombre [en referencia al hospital Al-Quds -Jerusalén- bombardeado en Alepo en abril de 2016].

Lejos de luchar para reconciliar las capas palestina y siria de mi identidad, el levantamiento sirio reforzó mi compromiso con la lucha por la liberación palestina: la liberación de la tierra de manos del ocupador, y la liberación de la causa de manos de los dictadores y aquellos que se suben al carro.

Y aunque dejé de frecuentar a personas que antes considerada camaradas por su apoyo al régimen sirio, también gané amistades para toda la vida, amistades que han llenado mi mundo de calor y fuerza.

Le debo tanto a la revolución siria que me ha recreado. No tengo ningún estatus ni soy importante, ni pretendo hablar en nombre de nadie, mucho menos en nombre del pueblo palestino, pero yo, personalmente, le debo una disculpa al pueblo sirio. Nunca debería haber dudado si apoyar o no su causa. Nunca debería haber dado más importancia a las preocupaciones sociopolíticas que a las vidas sirias; y nunca debería haberme dejado engañar tan ingenuamente por la propaganda del eje de la resistencia.

Le debo una disculpa a las personas que, durante décadas, fueron pisoteadas, silenciadas y humilladas en nombre de mi causa; a un pueblo cuyo encuentro con “Palestina” se producía en una celda con su nombre [en referencia a la sede de la seguridad denominada “sede de Palestina”]; a un pueblo que fue acusado y víctima de burlas por ser tan dócil, y sin embargo, cuando se levantaron, fueron abandonados.

Debo una disculpa a un pueblo que fue acusado de la masacre cometida en su contra, como nosotros mismos lo hemos sido, y que fue traicionado por una oposición que decía representarlo, igual que en nuestro caso. Le debo una disculpa a un pueblo cínicamente conminado a ofrecer una alternativa al régimen de Asad y los islamistas mientras los misiles y las bombas caen sobre sus cabezas. Esas mismas personas que se preguntan dónde está la alternativa ignoran que los sirios que estaban listos para ofrecer una visión progresiva han sido encarcelados, asesinados u obligados a desplazarse por el régimen.

Uno pensaría que los palestinos conocen el cinismo que se esconde tras las alternativas y que, por tanto, no les harían esas preguntas a personas oprimidas que luchan para construirlo todo de despojos.

Sin embargo, a pesar de las contradicciones, palestinos y sirios comparten el mismo deseo de libertad, el mismo anhelo ardiente de vivir con dignidad y el sueño de caminar por las calles de la ciudad vieja de Damasco y la ciudad vieja de Jerusalén.

El camino que hemos de recorrer para llegar allí, no obstante, no es el que el régimen y Hezbollah han llenado de cadáveres sirios, sino uno pavimentado con las manos de los luchadores por la libertad palestinos y sirios, por gente que sabe que su libertad siempre está incompleta sin la libertad de sus hermanas y hermanos.

Traducción del inglés: Naomí Ramírez Díaz

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

UNA NUEVA IZQUIERDA

buscando alternativas

A %d blogueros les gusta esto: