Bashar al-Asad y el sacrificio a favor del prójimo

Hace una semana -es decir, el 7 de junio de 2016-, Bashar al-Asad, dio un discurso en el denominado Consejo del Pueblo, o parlamento sirio, que comenzó y terminó exactamente igual que su discurso de marzo de 2011: los diputados gritaban “con nuestro espíritu y nuestra sangre, nos sacrificamos por ti, Bashar”. No es que 2011 fuera novedoso en este sentido, lo que resulta sorprendente es que a determinados sectores les siga pareciendo que tal exaltación del líder es digna de alguna forma de democracia. Un parlamento al completo aplaude las palabras del presidente y a los defensores del progresismo del régimen les parece algo razonable, por no decir, defendible: no olvidemos que Bashar al-Asad es, a ojos de todos ellos, el único baluarte contra el terrorismo.

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Su discurso, bastante breve si se compara con otros, pues no dura ni siquiera una hora y que ha pasado bastante desapercibido en cuanto a su mensaje, comenzó alabando la lección democrática y soberana que el pueblo sirio había dado al mundo en las recientes elecciones parlamentarias del 13 de abril de 2016.

“El nivel de participación sin precedentes del que han hecho gala los votantes en la elección de sus representantes en el Consejo del  Pueblo ha sido un claro mensaje al mundo de que cuanto más aumenten las presiones, más se aferrará el  pueblo a su independencia, y que cuanto más intenten otros inmiscuirse en sus asuntos, más insistirán en adherirse a la constitución y sus logros, como soporte de la independencia, y estandarte de la estabilidad”.

Dichas declaraciones contrastan con la realidad del país. Según los datos oficiales sirios, casi un 60% del electorado habría participado en dichos comicios. Lo que cabe preguntarse es si se refiere al 60% de toda la población siria, que en 2011 estaba censada en unos 23 millones. Con un 50 % de ese total desplazado dentro y fuera del país, otro 10% de víctimas mortales, un número indefinido de detenidos en las cárceles oficiales y oficiosas, determinados núcleos de población asediados (a los que la ONU ha hecho llegar unas “ansiadísimas” mosquiteras para cumplir con las condiciones aplicables a una zona de exclusión aérea: ni un mosquito volará por ahí) y una cantidad desconocida de “desaparecidos”, parece cuanto menos improbable que el volumen de electores rozara los dos tercios de la población. A todo ello han de sumarse los sirios que han tenido que huir de las matanzas de Daesh en el noreste del país, los que están bajo su dominio y los que, aun siguiendo en sus casas, viven en zonas bajo control de la oposición.

Cuesta comprender de dónde nace el optimismo de un Bashar al-Asad que insistió en varias ocasiones en que en la difícil tesitura en la que se encuentra Siria se debe “trabajar por el prójimo y no por uno mismo, igual que han hecho los heridos y todos los que se han sacrificado y sacrifican (por la patria)”. La pregunta es si ese prójimo es Bashar al-Asad, ya que los gritos iniciales en el parlamento no hablaban del pueblo sirio, ni de la patria, sino de Bashar al-Asad, exactamente igual que los grafittis que dejan sus milicianos en muchas de las ciudades por las que pasan: “Al-Asad o quemamos el país”, “Asad o nadie más”. Este es un ejemplo muy ilustrativo de la política del régimen desde el inicio y que en varias ocasiones he venido a llamar “la maté porque era mía”, defendiendo la idea de que se hizo “por ella” y no “por uno mismo”.

Siguiendo con los porcentajes y la inverosimilitud de las cifras, cabe recordar que Bashar al-Asad ha calificado a los que se han puesto en su contra a lo largo de estos años de diversas maneras. Infiltrados, gérmenes, traidores, salafistas y terroristas son algunos de los calificativos habituales. Cuando utiliza el último de ellos identifica a los sirios que se oponen a él con el terrorismo que se ha infiltrado en Siria debido al enquistamiento de la situación, pero también, aunque esto no lo dice, con el propio terrorismo de Estado que ejerce su régimen (y con él, sus aliados en la “lucha contra el terrorismo” a los que recordó en su discurso: Irán, Rusia –cuya aviación bombardea zonas civiles y hospitales sin miramientos- y la “resistencia nacional libanesa”, también conocida como Hezbollah). En su defensa de los logros de su gobierno y su negativa a doblegarse a las imposiciones del exterior (obviamente, Rusia e Irán son parte de la provincia de Alepo), como la “liberación de Palmira”, Asad dijo lo siguiente:

“Frente a esos traidores, hay un grupo de patriotas sirios […] que por medio de la actividad política pretenden preservar su tierra, su patria y la independencia de sus decisiones. Y a nadie se le escapa ya que la esencia del plan de los países que apoyan el terrorismo a nivel regional e internacional ha sido desde el principio […] atacar la idea de patria a partir del ataque su misma esencia, que es la constitución […]. El plan era que el terrorismo tomara el control para después calificarlo de moderado y darle una cobertura de legitimidad, desde fuera y no desde dentro”.

Asad olvida que, a día de hoy, el mundo entero le ha concedido una legitimidad sin precedentes, al considerársele la única opción válida frente a la expansión de Daesh. Bashar al-Asad ha utilizado todo tipo de armas, incluidas las prohibidas internacionalmente (no creo que sea necesario recordar el episodio de Al-Ghouta de 2013), ha mentido deliberadamente asegurando que no se lanzan barriles explosivos y ha insistido en que solo se bombardean zonas donde hay presencia de Daesh. Sus apologistas lo han dado por válido, pero también gran parte de la comunidad internacional que, cuando Asad traspasó la llamada línea roja (como si el uso de otras armas contra la población -dejando al margen los combates que se dan con milicias opositoras- no constituyera crímenes de guerra), decidió otorgarle un salvoconducto: deshacerse de su arsenal químico. Ni siquiera en eso se ha comprometido al 100%. Sin embargo, la permisividad e impunidad de las que goza no le parecen suficientes, e insiste en que los países que “apoyan el terrorismo” (entre ellos, según su criterio, EEUU, que acordó con Rusia la entrega del arsenal) pretendían “crear el caos constructivo que llevaría al establecimiento de una constitución étnica y sectaria que convertiría al pueblo aferrado a su constitución nacional en un montón de grupos enemigos entre sí, aferrados a sus confesiones correspondientes y ayudados por extraños en sus ataques contra su gente y sus hermanos”. La presencia de combatientes extranjeros es innegable, y los motivos sectarios de muchos de ellos también. Ahora bien, quien apostó por la división sectaria desde el primer momento, mencionando la palara fitna, y seleccionando muy bien las víctimas para exacerbar las tensiones sectarias, fue un régimen que se apoya en “extraños” iraníes, iraquíes y libaneses para defender sus intereses: grupos igual de sectarios que Daesh o Al-Nusra. Dos grupos estos que constituyen también el azote del activismo en Siria, al que han intentado y siguen intentando fagotizar para sus propios fines y por su propio bien. En ello, poco se diferencian del régimen.

Bashar al-Asad dijo en su discurso que “Alepo será la tumba de las esperanzas y sueños de esos carniceros, si Dios quiere”. Resulta interesante que Raqqa, lugar donde reside el potencial de Daesh, ni se mencione. De hecho, los ataques por parte del régimen al bastión de Daesh han sido, cuanto menos, anecdóticos, dejando la ciudad a su suerte para que el terrorismo internacional se apoderara de ella, y dejando la situación de forma tácita en manos de la coalición anti-Daesh: los esfuerzos internacionales centrados en dicha amenaza han terminado de servir a su interés de que el terror que provoca pase desapercibido.

 Alepo es mucho más vital para el régimen, aunque acabe reducida a escombros. De ahí que haya centrado su actividad en dicha ciudad, y en otras regiones, como Idleb. Debido a que esta se encuentra fuera de su control sobre el terreno, se centra en tratar de recuperarla desde el aire, motivo principal por el que una de las peticiones de la oposición es el establecimiento de una zona de exclusión aérea que, al menos, sirva para paliar los efectos de los bombardeos sobre los civiles. “Alepo arde”o “Idleb se desangra” son campañas que han querido poner de manifiesto tal situación.

“Nuestra guerra contra el terrorismo seguirá, no porque nos gusten las guerras, sino porque ellos nos declararon la guerra a nosotros. El derramamiento de sangre no cesará hasta que el terrorismo sea arrancado de raíz, esté donde esté, y lleve la máscara que lleve. Igual que liberamos Tadmur (Palmira), y antes de ella otras ciudades, liberaremos cada centímetro de Siria de sus manos, ya que no tenemos otra opción que la victoria. En caso contrario, Siria se desvanecerá y sus hijos no tendrán ni presente ni futuro, aunque ello no significa que no creamos en la acción política”.

Hace años que la falta de horizonte de futuro, y la realidad de un presente humillante (los sirios gritaban que la muerte era mejor que la humillación porque “Al pueblo sirio no se le humilla”) llevaron a muchos a manifestarse contra el régimen. Algunos de ellos, en cantidades importantes si se tiene en cuenta la situación y la reducción masiva de la población, volvieron a hacerlo en marzo de 2016, para recordar los inicios de la masacre que vive Siria en forma de manifestaciones pacíficas. Nadie declaró la guerra al régimen: el régimen la lanzó contra quienes osaron desafiarlo, contra quienes decidieron trabajar a favor del prójimo y su futuro, y no por su propio beneficio. La “guerra contra el terrorismo” que libra Bashar al-Asad es su prioridad frente a una solución política. Sin lugar a dudas, “el terrorismo solo llevará a la destrucción de la patria y todos los sirios perderán”. Sin embargo, el primero que tomó las armas y recurrió a la represión no parece dispuesto a dejarlas, porque ello implica “trabajar por el prójimo”, ceder ante la realidad de que su presencia y negativa a marcharse enquista el conflicto y reconocer que es el primer responsable de la situación actual de Siria.

Qué razón tiene cuando dice que “los sirios son hermanos en la vida y en el martirio”. Partidarios y detractores son víctimas del ciclo de violencia iniciado por alguien que decidió sacrificar un país por mantener su poder.

Naomí Ramírez Díaz

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