Relatos breves: Libertad

Libertad

Cuando el avión abrió las puertas y pude asomar mi cuerpo al exterior para encarar los peldaños de la escalerilla, una bocanada de aire caliente abrasó mis pulmones.

No comprendía nada, el sobrecargo, poco antes de aterrizar nos comunicó que eran las ocho de la noche, pero afuera todavía brillaba un sol que iba viajando hacia el horizonte, buscando la noche. Y este calor insoportable bañó mi cuerpo de sudor en pocos segundos, el cual se había acostumbrado al frescor de las diez horas de vuelo.

No comprendía nada, y aunque debería estar contento por pisar tierra libre, sentía en la boca de mi estómago el desasosiego de que todavía no me encontraba entre conocidos, entre amigos; el miedo de no haber cruzado todavía esa última puerta tras la cual nadie pueda retenerte, tras la cual nadie te pueda obligar a volver, tras la cual el infierno se haya alejado de mi vista algo empañada por la lágrimas, de mi mareada cabeza que no alcanza a comprender esta nueva etapa de mi vida.

Mientras camino hacia el autobús que espera para llevarnos a la terminal acristalada que vemos a lo lejos, esa mareada cabeza mía empieza a recordar el horror dejado atrás: el horror de miles de compañeros y amigos muertos, el horror de las horas de tortura y de cárcel, el horror de un país cubierto de sangre, el horror de unos hijos dejados en las manos de mis padres en un polvoriento camino de la provincia de Buenos Aires, el horror.

Mientras hacemos la cola para sellar los pasaportes en el puesto policial, mi cabeza mareada no alcanza a comprender qué será del futuro: del futuro de los compañeros que han quedado atrás y sin posibilidad de escapar del infierno , del futuro de un país destrozado por la muerte, del futuro de una compañera atada a las rejas del presidio, del futuro de mis hijos indefensos, y con cara de no entender nada, en el asiento trasero del coche de mi padre, muy serio y acompañado por mi madre la cual no puede dejar de sollozar.

Ya he cruzado una puerta que dice “Salida”. Ya estoy definitivamente en España, pero sin embargo, miro hacia atrás para comprobar que nadie me sigue, que nadie pone los ojos en mí. Debe ser el pasado que me persigue; tendré que aprender a moverme libremente por una ciudad, recorrer las calles por el puro placer de hacerlo, llegar tarde a las citas, que un policía parado en una  esquina no sea una posibilidad de  emboscada, poder sentarte en un bar y paladear un café y fumarte un cigarrillo.

Le doy un arrugado papel al taxista: “la primera vez en Madrid”, no sé si lo pregunta o lo afirma. “No, pero no conozco el lugar”. “Está por el centro, en Malasaña”. Desde la radio nos acompaña Serrat: “… que le voy a hacer si yo, nací en el Mediterraaaneeeeo …”. La canción me trae recuerdos de un auditorio, de un escenario, del propio Serrat con el micrófono en la mano y cantando a un público entregado: “… nací en el Mediterraaaneeeeo … nací en el Mediterraaaneeeeo …”. Cuando acaba Serrat, cuatro pitidos nos anuncian que “son las nueve de la noche, las ocho en Canarias”, con la monotonía de haberlo dicho infinidad de veces. “Informa la Jefatura Central de Policía, que a las cinco de esta tarde han sido detenidos en el aeropuerto de Barajas tres peligrosos terroristas fuertemente armados. Se trata del argentino …”. Doy un respingo en el asiento trasero del coche. ¡Joder, el Flaco! Toda una gloria de aquel primer peronismo armado. Compartimos celda, mejor dicho camarote en la fragata Granaderos. Estrecho camarote, dos cuchetas estrechas, pasillos estrechos y estrecho patio donde poder estirar las piernas, … cuando tocaba o se le antojaba al jefe del infame buque-cárcel. ¿En qué andará metido el Flaco para pasearse por los aeropuertos con un 38 recortado en la sobaquera?; en eso coincidíamos. ¡De buena me he salvado! Otro argentino, con pasaporte falso en el bolsillo.

Llegamos al centro y empezamos a recorrer callejas estrechas, viejas casas apretadas unas a las otras, con pequeños comercios en los bajos. Una marea de mujeres mayores con la bolsa de la compra en la mano, una discute aquí con un frutero, otra más allá con el pescadero, otras cuchichean en voz baja en la esquina. El taxista desespera, frenazo por aquí, bocinazo más allá. “Tardaremos más en llegar a Espíritu Santo, de lo que tardamos del aeropuerto hasta aquí”; “no hay apuro”. Se parece a San Telmo en los días de feria en la plaza Dorrego.

“Este es el portal”. Una puerta vieja, roída por lo años, ¿cien, doscientos? Un zaguán oscuro, una escalera de madera con los peldaños comidos por los pasos que se han arrastrado por ellos dejando profundas huellas. Los escalones crujen, un niño pasa corriendo escaleras abajo, casi se lleva por delante mi maleta; una mujer, ¿su madre, su hermana mayor?, se disculpa y sigue la persecución: “Paquito, o te paras o te zurro”; en todos lados es lo mismo.

Al legar al rellano del primer piso una puerta verde, de un verde alegre, se destaca entre tanta oscuridad, la letra A encima la mirilla. Toco el timbre, alegre, como el verde de la puerta. Se abre la puerta y por primera vez desde mi llegada veo una cara conocida. “¡Hombre, al fin has llegado! No nos animamos a entrar en Barajas con la que tenía montada la Policía”. Me planta un beso en cada mejilla, el segundo me sorprende, “tendrás que acostumbrarte, aquí se dan dos; pero pasa, hombre, pasa”.

El desasosiego que sentía en la boca del estómago desaparece de golpe; frente a la puerta en el interior del salón un cuadro nos saluda. Yo he visto algo parecido, con el mismo estilo indiscutible. Sólo Rafael Alberti puede haberlo hecho, puede haber escrito la figura de la paloma de Picasso repitiendo una misma palabra, en cientos de tamaños diferentes, que se curvan, que se cruzan, que rebotan en el cuadro y los ojos de quien lo contemple, con esa letra tan peculiar de Rafael, como dibujada por un niño travieso, una sola palabra: “LIBERTAD”.

 

Juan Carlos D’Angelo

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