ELIF SHAFAK Y SU “ARQUITECTO DEL UNIVERSO”

Elif Shafak. Foto tomada del blog http://www.elifsafak.us/en/

La escritora Elif Shafak. Foto tomada del blog http://www.elifsafak.us/en/

Elif Shafak es una escritora turca contemporánea, nacida en Estrasburgo en 1971, siendo hija de una diplomática turca. Ha vivido y estudiado en Madrid, y recientemente publicó su último libro, “El arquitecto del universo”. Ver: http://www.abc.es/cultura/libros/20150409/abci-entrevista-escritora-turca-elif-201504081911.html

Elif es una fiel exponente de la narrativa mediooriental, donde tiene mucho peso la novela histórica, con lo cual su obra forma parte de la misma tradición del egipcio Naghib Mahfouz o del libanés Amin Maalouf. Como ellos, nos transporta con lujo de detalles a otras épocas pero de entornos conocidos y locales. Todos estos autores aura conocidos en occidente siempre evocan en sus obras lo local, que en el caso de Naghib Mahfouz es Egipto y especialmente El Cairo, donde nos lo muestra en distintas épocas o bien Maalouf con Historias de Levante, Mesopotamia y su Líbano que está siempre presente, en obras como Orígenes o Los Desorientados.

En el caso de Shafak, su centro es siempre Estambul y en esta última obra, nos lleva con ella a la vida estambulí del siglo XV.

Menos conocida que Maalouf o Mahfouz, Elif Shafak es una escritora digna de ser leída, y que no defraudará. Además de escritora es graduada en Relaciones Internacionales de Oriente Medio, en la Universidad Técnica de Ankara, y cuenta en su haber una Maestría en Ciencias de Género y Estudios de la Mujer.

Representa a toda una generación de turcos comprometidos con revisar su historia y legado cultural con nuevos ojos y con ideas democráticas y libertarias que la han llevado a cuestionar muchas situaciones políticas y chocar con el poder, sea por diferentes declaraciones o por sus libros, como el de “La Bastarda de Estambul”, donde aborda el que fuera hasta hace poco tema tabú en su país, como el genocidio armenio. Esto le valió ser llevada a los tribunales por “atentar contra la identidad turca”, juicio del que tras duros tres años, fue absuelta.

Les dejo por un lado, un video con un maravilloso monólogo que habla de romper barreras culturales y desarrollar la capacidad de empatía para superar las identidades monolíticas, que pueden y de hecho generan y generaron horrores en la humanidad. Otro tema común con Amin Maalouf, el de la identidad, un tema actual en Oriente Próximo donde se está en un momento de revisión que nos ha llevado del etnicismo sectario nacionalista, avasallador de los derechos a las diferencias y de la diversidad, además de falsear los propios orígenes (nacionalismo turco, nacionalismo árabe, etc.) al auge de las identidades islamistas retrógradas que parecen hoy dominar el espacio social en la región. Ideología tan totalitaria y alienadora como las que busca suplantar. Las políticas de la ficción

Finalmente, dos maravillosas historias del Estambul de los tiempos del Sultán Suleiman (s. XV), que forman parte de la historia mayor que se narra en su último libro, “El arquitecto del Universo”.

  • Una historia de Estambul que podría ser la de muchos lugares:

Esta historia habla de los miedos, la peste, la ignorancia y la búsqueda de chivos expiatorios y transcurre en el siglo XVI.

“Primero apareció en las afueras de la ciudad, en los tugurios que rodeaban el puerto de Scutari, y se propagó a toda velocidad como un incendio descontrolado, saltando de casa en casa, la maldición esparcida por el viento. La muerte se asentó en Estambul como una bruma que se negaba a disiparse, colándose por cada resquicio y grieta. (…)

Poco a poco la gente dejó de desplazarse de un lado a otro; alejándose de las aglomeraciones, se sumió en la soledad. (…) Los estambulitas nunca habían temido tanto mezclarse con las muchedumbres. Nunca habían temido tanto ofender a Dios.

Pues Él, el Dios de los primeros tiempos de la peste, era malhumorado por naturaleza. Todos andaban preocupados por si se les escapaba una palabra desacertada, les tocaba una mano inoportuna o les llenaba las fosas nasales un olor nocivo. Atracaron las puertas y tapiaron las ventanas para impedir que los rayos del sol propagaran la enfermedad. Cada barrio fue cercado, cada calle se convirtió en una ciudadela en la que nadie se atrevía a adentrarse.

Hablaban a susurros, encorvados y vestidos con ropa discreta, envueltos en recato. Las telas toscas reemplazaron los suaves linos; se abandonaron los elaborados tocados. Enterraron las monedas de oro que guardaban en tarros y cofres. Las esposas de los ricos escondieron sus joyas y se pusieron las ropas de sus criadas con la esperanza de ganarse el favor de Dios. Hicieron promesas de ir de peregrinaje a La Meca el año siguiente y dar de comer a los pobres de Arabia. Estambul regateaba con Dios, ofreciendo hábitos, corderos sacrificiales y plegarias, perdiendo, perdiendo sin cesar. (…)

El hecho de que los ricos y los poderosos también murieran era un consuelo para algunos, una señal de impotencia para otros. Cuando un hombre caía enfermo, sus esposas discutían entre sí sobre quien lo atendería. Por lo general se encargaba la mayor o, si había alguna, la estéril. En ocasiones se enviaba a la concubina.  Sin embargo había hombres que tenían cuatro esposas y una docena de concubinas y aun así morían solos. (…)

El luto era un lujo que pocos podían permitirse. La muerte tenía que dejar de acosar a los vivos para que lloraran a los muertos como era debido. (…)

Hicieron regresar los barcos sin descargar sus mercancías; dieron órdenes a las caravanas de cambiar de ruta. La enfermedad, como todos los males, había llegado de Occidente. Se trataba a los viajeros con recelo, fuera cual fuese su procedencia.  Prófugos, derviches itinerantes, nómadas, vagabundos, gitanos…, nadie que no tuviera raíces era bien acogido.

A mediados del verano la enfermedad golpeó al gran visir Ayas Pasha, un hombre que se creía todopoderoso. De pronto, ni los muros del palacio eran lo bastante gruesos para mantener el contagio a raya. (…)

Atrás quedaron los tiempos en que la gente evitaba ser vista en la calle. Ahora todos corrían a las mezquitas, las sinagogas y las iglesias para rezar y arrepentirse, arrepentirse y rezar. Sus pecados habían provocado esa calamidad. (…)

“Hemos pecado”, decían los imanes. “El pecado ha entrado en el mundo”, decían los sacerdotes. “Debemos arrepentirnos”, decían los rabinos.  Y así lo hacía la gente, a millares. Muchos se volvieron piadosos, pero ninguno tanto como el sultán. Se prohibió el vino y se castigó a los vinicultores; los instrumentos musicales ardieron en hogueras. Se cerraron las tabernas, se precintaron los burdeles, los fumaderos de opio permanecieron vacíos como cáscaras de nueces desechadas. Los predicadores solo hablaban de la peste y la blasfemia, y lo entretejidas que estaban entre sí como la trenza de una odalisca.

Luego la gente dejó de culpabilizarse casi al unísono. Eran otros lo que habían llevado esa desgracia a la ciudad, con su irreverencia y su libertinaje. El miedo se convirtió en resentimiento, y el resentimiento en rabia.  Y la rabia era una bola de fuego que no podías tener demasiado tiempo en las manos; había que arrojarla a alguien.

A finales de julio entró una muchedumbre en el barrio judío que rodeaba la torre de Gálata. Marcaron las puertas con alquitrán, apalizaron a los hombres y aun rabino que se resistió lo mataron a golpes. Corrió el rumor de que un zapatero judío había envenenado todos los pozos, cisternas y arroyos de Estambul, propagando la enfermedad. Arrestaron a decenas de ellos y algunos confesaron su delito. El hecho de que hubieran obtenido las confesiones bajo tortura era un detalle insignificante. ¿Acaso los judíos no habían sido expulsados de las ciudades de Sajonia años atrás, y muchos más ardieron en la hoguera en las tierras de Frangistán? Había una razón por la que llevaban la desgracia allá donde iban: un mal augurio los seguía como una sombra. Secuestraban a los hijos de los cristianos para utilizar su sangre en oscuros rituales. Las acusaciones aumentaron como un río cargado de lluvia.  Al final el sultán Suleiman pronunció un firman. Los cadíes locales ya no podrían dictar veredictos sobre líbelos de sangre y los pocos jueces que a partir de entonces se encargaran de esos casos preferirían no hacerlo. Las acusaciones disminuyeron.

No fueron los judíos sino los cristianos. Sucios hasta la raíz, nunca iban al hammam. No se lavaban después de copular con sus esposas. Bebían vino y, como si eso no fuera suficiente pecado, lo llamaban la sangre de Jesús, a quien se atrevían a llamar Dios.

Peor aún, comían carne de cerdo, un animal que se revolcaba en su propia porquería, y devoraban carne podrida con gusanos. La peste la debían haber contraído esos devoradores de cerdos.

A los mismos hombres que habían aterrorizado a los judíos se les vió más tarde atacando los barrios cristianos.

Un talabartero de Eyup asumió el mando de la turba. Predicó que los judíos y los cristianos eran las Gentes del libro, y que, si bien estaban equivocados, no eran malos. Ellos no eran los culpables; lo eran los sufíes, con sus cantos y danzas. ¿Quién podía ser más peligroso que alguien que se llamaba a sí mismo musulmán y sin embargo no tenía nada que ver con el islam? ¿No decían que no temían al infierno y no deseaban el cielo? ¿No se dirigían a Dios como a un igual e incluso afirmaban que había un dios bajo su manto? La blasfemia les había traído la desgracia. La turba patrulló las calles, esgrimiendo porras y atrapando a herejes. El subashi[1]  no la detuvo y sus guardias no las arrestaron luego.

El viernes, después de la oración de la noche, marcharon sobre las serpenteantes calles de Pera. Hombres y niños de apenas siete años, con una antorcha en la mano, a los que se les unieron más por el camino, irrumpieron en las casas de mala reputación, sacaron a  rastras a las rameras y a los proxenetas, y prendieron fuego a los edificios. A una mujer, que era tan gruesa que apenas podía moverse, la ataron a un palo y le propinaron latigazos, dejándoles surcos rojos en los pliegues de carne. A una hunsa, una hermafrodita, la desnudaron, le escupieron y le afeitaron de la cabeza a los pies y la sumergieron en mierda. Pero, a decir de todos, fue una mujer enana la que soportó el castigo más duro, aunque nadie sabía muy bien por qué. Corrió el rumor de que estaba muy unida al comandante de los eunucos blancos y que era capaz de más de una argucia. A la mañana siguiente, poco después del amanecer, los perros callejeros la encontraron cubierta de sangre y heces secas, con la nariz rota y varias costillas fracturadas, pero todavía con vida.

Solo cuando el populacho, resuelto a castigar a la nobleza, empezó a jactarse de que iba a invadir el palacio intervino el subashi, deteniendo a once hombres. Los ahorcaron aquel mismo día, y dejaron sus cuerpos colgando en la brisa a la vista de todos. Al concluir la peste, Estambul tenía cinco mil setecientas cuarenta y dos almas menos y los cementerios estaban a rebosar”.

  • Teologías imperiales y teologías populares

Otra historia de Estambul, en tiempos del sultán Suleyman el Kanuni/Solimán el magnífico.

Los protagonistas son el Gran Muftí del Imperio, llamado Chelebi, y un “hereje” conocido como Majnun Shayj (Shayj loco).

La escena comienza con el despliegue del Gran muftí, llegando a la plaza donde se celebraría el juicio por herejía, a Majnun Sheij, que era un estudioso sufí, montado en un elefante indio del Sultán, para que el mayor número de personas posibles lo vean entrar así a la plaza donde se celebraría el juicio.

Majnun Sheij era un hombre “de facilidad de palabra y experto en marifa, conocimientos místicos, intuitivos. Sus sermones eran populares y lo escuchaban tanto los creyentes como los escépticos de todas partes del imperio. Sus enseñanzas aturdían, consternaban y turbaban a los ulemas. La aversión era mutua. No transcurría un día sin que Majnun Sheij criticara o ridiculizara la burocracia religiosa. “Cuando uno alcanza una conciencia superior –decía-, debe prestar atención al núcleo interno de la fe antes que al haram y el halal, lo lícito y lo ilícito”. Los sufíes, que habían alcanzado un nivel superior de comprensión, no estaban sujetos a los decretos de los ulemas. Estos habían sido inventados para las masas, para los que no querían pensar y esperaban que otros pensaran por ellos.

Majnun Shaij hablaba de amor, de Dios y de sus semejantes, los seres humanos, del universo en su totalidad y de la más minúscula partícula. La oración era como una declaración de amor, y el amor debía estar desprovisto de miedo y de expectativas. No había que temer abrasarse en las calderas o anhelar una hurí virgen, puesto que el cielo y el infierno, el sufrimiento y la alegría, estaban aquí y ahora. ¿Cuánto tiempo vas a encogerte ante Dios cuando podrías empezar a amarlo?, preguntaba.  Sus seguidores, un variopinto grupo de artesanos, campesinos y soldados, escuchaban su oración hipnotizados. Sus ideas atraían a los pobres, sus actitudes a los ricos. Incluso las mujeres, las odaliscas ignorantes y los eunucos resentidos lo tenían en gran consideración; incluso los judíos, los cristianos y los zoroastrianos, que tenían un libro que nadie había visto aún. (…)

– ¿Sabe de lo que se le acusa? , (Le preguntó el Gran Muftí)

-De lo que llamáis herejía. Pero es una acusación infundada.

-Eso ya lo veremos. ¿Es cierto que ha afirmado que usted y todo el mundo somos Dios?

-Lo que dije era que el Creador está presente en cada individuo. Ya seamos un herrero o un pasha, todos tenemos en común la misma esencia vital.

– ¿Cómo es posible?

-No solo estamos hechos a Su imagen y semejanza sino que también tenemos su esencia divina.

-¿Es cierto que ha afirmado que no teme a Dios?

-¿Por qué iba a temer a mi Amado? ¿Acaso teme usted a sus seres amados?

De la multitud se elevó un murmullo.

– ¡Silencio!, gritó alguien.

– Entonces reconoce haber afirmado que se asemeja a Dios.

– Usted cree que Dios se parece a usted. Furioso, rígido, ávido de venganza… Yo, en lugar de creer que lo peor de los seres humanos se encuentra en Dios, sostengo que lo mejor de Dios se encuentra en los seres humanos.

El estudioso Ebussuud Efendi pidió la palabra:

-¿Es consciente de que lo que acaban de pronunciar sus labios es pura blasfemia?

-¿Lo es? – Majnun Sheij guardó silencio, como si por un momento considerara la posibilidad.

A Ebussuud se le ensombreció el rostro.

– En lugar de sentir arrepentimiento parece mofarse del alto tribunal. Su mente está a todas luces pervertida.

– No me burlaba. Además, usted y yo no somos tan distintos. Lo que usted aborrece en mí ¿no existe también en usted?- ¡Por supuesto que no! No podríamos ser más diferentes –replicó Ebussuud- Y su Dios sin duda no es el mío.

 -¿No está cometiendo shirk, hablando de mi Dios y de su Dios como si hubiera más de uno?

Se oyeron susurros entre la multitud.

Tosiendo el Gran Muftí los interrumpió.

– Háblenos más de Dios entonces.

La respuesta de Majnun Sheij fue que Allah no era un rey, un rajá o un padishah que observaba desde las alturas, sentado sobre un trono celestial, anotando todos los pecados para poder castigarlos cuando llegara el día.

– Dios no es un mercader, ¿Por qué debería hacer cálculos?

Dios tampoco es un escribano, ¿Por qué debería apuntarlos?

Insatisfecho con su respuesta, el tribunal continuó interrogándolo desde todos los ángulos. Cada vez llegaban respuestas similares. Al final oyeron estas palabras en boca del acusado:

– Donde usted pone el límite y me hace callar, es el único comienzo para mí. Lo que usted llama haram para mi es puro halal. Usted dice que debo guardar silencio, pero cómo voy a permanecer callado cuando Dios habla a través de mí.

A medida que la emoción de las horas anteriores menguaba, la gente comenzó a aburrirse. Tenían obligaciones que atender, estómagos que llenar, mujeres a las que complacer. Poco a poco la multitud se dispersó. Sólo continuaron allí los discípulos del hereje, con la devoción visible en sus rostros.

 – Le concedemos una última oportunidad –anunció el Gran muftí- . Si admite que ha hablado de forma sacrílega sobre Dios y se compromete a no volver a repetir nunca más semejantes obscenidades, quizá obtenga el perdón. Ahora dígame de una vez ¿Se arrepiente?

– ¿De qué? Replicó Majnun Shayj, irguiendo los hombros mientras parecía tomar una decisión. Amo tanto al Amado como el amado me ama a mí. ¿Por qué arrepentirme de su amor? Seguro que hay otras cosas por las que sentir remordimientos. La avaricia. La crueldad. La decepción. Pero el amor… nunca habría que arrepentirse de él. (…)

Se hizo un silencio que se prolongó convirtiéndose en una espera violenta. El gran muftí lo rompió para declarar:

– Que conste en acta que el acusado ha tenido oportunidad de ver el error de sus actos. Él ha decidido su final. Dentro de tres amaneceres será ejecutado. Todos sus seguidores serán detenidos. Los que se arrepientan de sus pecados salvarán la vida. Los demás tendrán el mismo final. (…)

Al final Majnun Sheij y sus nueve discípulos fueron ejecutados en la horca y sus cuerpos arrojados al Bósforo. El último discípulo, que había escapado porque se hallaba de viaje cuando se celebró el juicio, esperó junto a la bahía donde la tierra se adentraba en el mar. Sabía que las mareas del Bósforo arrastrarían los cadáveres hasta allí. Uno por uno los recogió, los lavó, los besó y les dio sepultura. A diferencia de otras tumbas islámicas en Estambul, las de ellos no tendrían lápida[2].”

Por Ricardo Georges Ibrahim

 

[1] Título otomano que significa comandante de la ciudad o castillo.

[2] ELIF SHAFAK, “El arquitecto del Universo”. España.  Editorial Lumen. 2015. Traducción de Aurora Echeverría.

 

Anuncios

One Comment to “ELIF SHAFAK Y SU “ARQUITECTO DEL UNIVERSO””

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

UNA NUEVA IZQUIERDA

buscando alternativas

A %d blogueros les gusta esto: