UN “LAWRENCE DE ARABIA” VENEZOLANO: RAFAEL DE NOGALES MÉNDEZ, UN TESTIGO INCÓMODO DEL GENOCIDIO ARMENIO, ASIRIO Y DE OTROS CRISTIANOS ORIENTALES

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¿Aventurero? ¿Espía alemán? ¿O sincero admirador del ejército otomano?

Rafael de Nogales Méndez, fue un venezolano que se enroló al servicio del Imperio Otomano y que llegó a ser Bey, siendo cristiano y extranjero. Fue un testigo privilegiado, del otro lado de la trinchera del espía británico Lawrence, que en sus crónicas tituladas “Cuatro años bajo la media Luna”, un libro de más de 400 páginas escrito en 1924 narra desde su agudo sentido de la observación, cómo y quienes eran los miembros del régimen de los Jóvenes Turcos, que embarcan a la ruina al Estado Otomano, haciendo entrar al país en la Primera Guerra Mundial, y cometiendo matanzas y genocidios de armenios y asirios, entre otros pueblos.

Impresiona el nivel cultural de este militar, que hablaba más de cuatro lenguas: alemán, francés, italiano, turco otomano, además de su lengua nativa el español. Una mirada del mundo que lo rodea más europea que latinoamericana, y también en cierto sentido otomana, ya que al describir a los diferentes pueblos con los que toma contacto, así como los lugares que habitan, repite los clichés y tópicos de la clase aristocrática turco otomana, respecto a los pueblos sometidos.  Y en su discurso, en general negativo hacia kurdos, árabes, armenios y otras etnias, salen sin embargo bien parados turcos y circasianos.

Nogales fue testigo de las matanzas de armenios de Van, y también de las matanzas menos conocidas de asirios en Siirt, en Alta Mesopotamia (hoy provincia turca fronteriza con Iraq).

Bestia negra de turcos y armenios. En el primer caso, por ser testigo incómodo de acontecimientos que, según él, le valieron como cristiano y extranjero intentos de asesinato por parte del régimen de los Jóvenes Turcos, y de armenios, porque también menciona que los armenios iniciaron el levantamiento en Van y que masacraron aldeas musulmanas.

Fiel al ejército otomano, niega responsabilidades directas al mismo en el genocidio de armenios y otras minorías, pero acusa a las “fuerzas irregulares” / paramilitares, mayoritariamente kurdas que siempre los acompañaban, de perpetrar las mismas. No sabemos hasta qué punto sus escritos, buscan resarcir responsabilidades y no quedar mal parado frente a los ganadores de la Primera Guerra Mundial, pero tienen un valor inestimable porque es el único caso de testimonios directos escritos en prosa española, y desde alguien que tuvo responsabilidades militares en el ejército otomano.

Su detallismo y minuciosidad en las descripciones nos deja cuadros vivos de quienes eran las personas que habitaban Anatolia, Mesopotamia y Levante hace tan solo 100 años, como eran sus costumbres, ciudades y lugares, personajes políticos de la época y su subjetividad en cuanto a calificaciones que también representan la mentalidad y las ideas que circulaban entonces acerca de estos pueblos.

  • Cuestiona la entrada del Estado Otomano en la Primera Guerra Mundial:

Nos da el dato de que Teufik Pachá[1] (Ahmet Tevfik Pacha, último Gran Visir del Imperio Otomano, fallecido en 1936) y el príncipe Sabagh-Ed-Din Effendi, abogaban abiertamente por la paz y la neutralidad de Turquía en la Primera Guerra Mundial. “Pero sus esfuerzos resultaron vanos ante las artimañas del Comité de Unión y Progreso, que halagando al Clero por medio de la perspectiva de una Guerra Santa, acabó por vencer sus escrúpulos y por obligar al pueblo a aceptar la guerra.

Entre los argumentos más poderosos de que llegó a valerse el citado comité a fin de convencer a las masas titubeantes, figuraban la constante amenaza de Rusia por el Cáucaso y el temor de que Francia e Inglaterra fueran a tratar de apoderarse de Siria y Palestina.

De no haberse declarado Turquía a favor de Alemania, Bulgaria tampoco lo habría hecho, y de haberse declarado los turcos en contra de ella, los demás estados balcánicos hubieran seguido su ejemplo, seguramente”.

Pero va más allá y relata la intención planificada del Régimen de los Jóvenes Turcos de una limpieza étnica de armenios y otros pueblos cristianos:

“En consecuencia, y para dar más efecto a sus argumentos, decretaron los Jóvenes Turcos sobre la marcha la abolición de las “Capitulaciones”, la derogación de las deudas y tratados existentes con los países de la Entente, la expansión de las fronteras nacionales a la sombra del Panislamismo, y la eliminación eventual de los armenios y demás cristianos otomanos por medio de una Guerra Santa”.

  • Su visión sobre las causas del resentimiento musulmán contra los cristianos otomanos.

Cabe destacar que parte de una visión muy generalista y limitada (la del poder) dado que parte de observar a determinadas comunidades armenias, sobre todo urbanas, y burguesas y quizá algunas comunidades también urbanas griegas, y generaliza como si viviesen en la misma situación que el campesinado, “reya” (rebaño) atado a la tierra y sometido a numerosos impuestos, por la aristocracia otomana y el estado. Por otra parte, a partir de 1852, los cristianos también deben hacer el servicio militar obligatorio, y en la Primera Guerra Mundial no solo son reclutados desde los 15 a los 50 años, dejando en los campos solo a mujeres, niños y ancianos, sino que además los envían a las primeras líneas del frente. De hecho, es una de las primeras causas de emigración a América de los cristianos levantinos. Pese a ello, no disminuye, sino que aumenta, en la medida en que era promovido por las autoridades, el odio a las minorías, especialmente a las cristianas y las matanzas.

Sin embargo dirá.

“A pesar de lo mucho que se ha venido hablando de los Jóvenes Turcos (o el Comité de Unión y Progreso) y sus tremendos crímenes, es de sorprender que sean tan pocos los que conocen la historia y sobre todo el origen de esa extraña secta, que de partido político progresista y honrado acabó por convertirse durante la guerra en el non plus ultra de la barbarie.

Para llegar a comprender tan extraña metamorfosis, hay que tener presente que las conquistas de los antiguos emperadores otomanos fueron debidas, más que a otra cosa, al valor de su guardia pretoriana, llamada el “cuerpo de los genízaros”, ya que mientras éstos derribaban imperios y avanzaban hasta las puertas de Viena y de Varsovia, el pueblo turco seguía tranquilamente dedicado a sus quehaceres domésticos y sin tener que preocuparse para nada de cuestiones políticas. En esa época, moros y cristianos eran hermanos y trabajaban fraternalmente por el bien de su patria común.

Después del exterminio de los jenízaros, que llevó a cabo el sultán Mahmud II en 1826, se estableció en Turquía el servicio militar obligatorio, del que quedaban exentos, en virtud del Hati-Sherif de Gülhane, únicamente los cristianos, súbditos otomanos mediante el pago de una cuota relativamente insignificante, en tanto que los musulmanes, y de preferencia los agricultores que carecían de medios abundantes, se veían obligados a servir en las filas a veces hasta por espacio de diez a doce años consecutivos.

Este sistema injusto y arbitrario en alto grado (como casi todas las disposiciones de los antiguos autócratas otomanos) tuvo por consecuencia que a medida que los cristianos, súbditos del Imperio, se iban enriqueciendo y usando sus caudales para educar a sus hijos, los musulmanes, y sobre todo los agricultores mahometanos del centro y este de Anatolia, iban empobreciendo visiblemente y descuidando cada día más el cultivo de sus campos y sus quehaceres familiares.

Así siguieron las cosas hasta 1876, cuando ascendió al trono el Sultán Abd- Ul-Hamid, quien, comprendiendo al vuelo la imposibilidad de conciliar la arrogancia y opulencia de los cristianos otomanos con la pobreza y el despecho de las masas agricultoras musulmanas, y no deseando mal ponerse ni con unos ni con otros, o caer acaso víctima de ambos, inauguró desde luego su famoso régimen de maromas políticas y contemporizaciones maquiavélicas, régimen que llegó a ser con el tiempo casi proverbial y se conoce aún en el Cercano Oriente con el nombre de “sistema hamidiano”.

La ira, harto justificada, de los agricultores muslímicos de Anatolia, unida al bandolerismo montaraz de los kurdos, acabaron, como era natural, por precipitar las célebres matanzas de 1896, que los mismos armenios habían provocado con su propaganda nihilista de 1886, y, más que todo, por medio de su arrogancia y su desmedido apetito nacionalista, ya que creyéndose seguros del apoyo de Rusia, pretendían nada menos que apoderarse por la fuerza de las provincias turcas de Bitlis, Van y Erzerum (en las que ellos apenas representaban el 30% de la población, por término medio) para fundar con ellas una Armenia libre, en la cual los armenios hubieran estado mandando y gobernado en nombre de Rusia sobre el restante 70% de la población, consistente casi exclusivamente en mahometanos. Que a semejantes pretensiones no habían de acceder sin más ni más los turcos ni los kurdos, era de esperarse. He aquí, pues, la verdadera razón por qué los otomanos odiaban y siguen aborreciendo tanto a los armenios”.

  • Cómo describe a los integrantes del régimen/gobierno de los “Jóvenes Turcos” y el “Comité de Unión y Progreso”.

De Enver Pasha, uno de los instigadores del genocidio armenio y de otros pueblos cristianos del imperio, al que parece admirar dirá:

“Enver Pachá, el famoso caudillo de los jóvenes turcos durante la Guerra Mundial, es de modesta cuna, frisa hoy en los 53 años, y ha descollado siempre por sus brillantes cualidades y un patriotismo a toda prueba.

Dotado de un carácter afable, que raya casi en lo humilde, tampoco es Enver ni militar brillante, ni político de luces, pero sí un hombre de hierro y de un espíritu de iniciativa sorprendente en un oriental.

Sin su apoyo y su amistad sincera, creo difícil que los alemanes hubieran podido sentar pie en Turquía conforme lo hicieron durante la guerra. Él les sirvió de puente primero, y de palanca después. Pero, en honor de la verdad, se ha de señalar que Enver nunca se vendió a ellos, sino sólo se dejó fascinar por la gallardía de su brillante oficialidad. En vez de esclavo de los alemanes, fue Enver más bien su discípulo agradecido y el apóstol del militarismo prusiano en el Cercano Oriente”.

En cambio, de Yemal Pasha, dirá:

“Yemal Pachá, el verdugo de los cristianos libaneses y de los árabes, es un cualquiera, cruel y cobarde hasta la exageración. Como militar, no lo creo capaz de poder formar un pelotón siquiera, mientras que como marino, ¡no se diga!

No obstante, fue Yemal Pachá, Ministro de Marina casi vitalicio de los Jóvenes Turcos, Gobernador General y Militar de Siria y Palestina, hasta que los alemanes, para quitárselo de encima, lo convidaron a que fuera a visitar al Káíser.

Cuando regresó, se encontró con que éstos habían hecho nombrar a otro entretanto en su lugar. Pero le dejaron el Ministerio de Marina (sin Marina) que él siguió entonces regentando hasta el final de la guerra bajo la tutela del Almirante Von Souchón.

Como administrador no ha sido Yemal, a decir la verdad, sino un la…n [sic] desvergonzado. Su codicia es un tonel sin fondo. Mientras que como político sólo una solemne nulidad, desde el momento en que, pretendiendo ser amigo de la Entente, hizo morir de hambre a gran parte de la población cristiana del Monte Líbano, en tanto que a los árabes los martirizó hasta el extremo de mandar ahorcar caprichosamente, en plena plaza pública de Damasco, entre otros notables, a un hijo del Jerife Huseín de la Meca, provocando así un conflicto que tuvo por consecuencia natural la secesión de Arabia, primero, y luego la de Siria y Palestina”.

Sobre Talaat Pasha:

“Entre los directores paisanos del citado comité, no hubo sino uno que resaltara por su personalidad. (Talaat Pasha) Era el hebreo renegado (dönme) de Salónica, Talaát, principal organizador de las matanzas y deportaciones, que, pescando en aguas turbias, lograra elevarse desde la humilde categoría de empleadillo de correos a la de Gran Visir del Imperio”.

  • El Ejército otomano y su (no) papel en el genocidio armenio, según Rafael de Nogales.

“Y ya que del ejército turco estoy hablando, agregaré, sin temor de equivocarme, que el ejército regular otomano ha sido inocente de las matanzas armenias. Él no sólo las desaprobó, sino hasta las hubiera impedido a viva fuerza, de haberlo podido hacer.

Creerlo cómplice o querer hacerlo responsable de los errores cometidos por algunos de sus miembros, que formaban parte del Comité de Unión y Progreso, sería por tanto, no solamente injusto, sino hasta contrario a la verdad en todo el sentido de la palabra”.

  • Descripción de los líderes políticos armenios y la lucha entre autonomistas y secesionistas:

“El único entre los políticos armenios de Turquía que llevaba la estampa de “jefe de verdad”, era Nubar, el principal conductor y promotor del movimiento emancipador de la Armenia turca. Yo no lo llegué a conocer personalmente, pero sus actos me lo hacen suponer un hombre justo y sinceramente patriótico.

Y entre los jefes militantes armenios, súbditos otomanos, tampoco hubo sino uno que llamara la atención por sus cualidades verdaderamente militares. Era Aram, a quien yo tuve el honor de tener sitiado en la ciudad de Van, capital de Armenia, desde mediados de marzo hasta principios de abril de 1915.

Andranik, en cambio, no era sino un archiasesino y jefe de guerrilleros envalentonado.

Ahora, y para terminar este pequeño resumen, me voy a permitir la siguiente observación: las matanzas armenias efectuadas en Turquía durante la Guerra Mundial obedecieron mayormente y fueron consecuencia natural de la revolución emancipadora de los armenios orientales, encabezada y dirigida por los partidos extremistas de los ramgavars y hunshakistas, quienes se oponían abiertamente y en ocasiones hasta por medio de las armas a los esfuerzos conciliadores de los dashnakistas, partidarios de la autonomía”.

“Harzen-Er-Rum, o Erzerum, que antes de la guerra contaba con una población de unos setenta mil habitantes (veinte mil de los cuales eran armenios) es una de tantas ciudades feudales de la Edad Media, situada sobre el borde meridional de cierta altiplanicie de origen volcánico que lleva su nombre y en que nace el Eufrates Occidental de entre una serie de pantanos helados y cubiertos de una espesa capa de nieve. Supe entre otras cosas interesantes, que días antes de estallar la guerra se habían negado los armenios a formar parte de los chettis, o cuadrillas de irregulares con que el gobierno se había propuesto invadir el Cáucaso después de declarada aquélla. Y que después de rotas las hostilidades, el Diputado a Cortes por Erzerum, Garo Pasdermichán, se había pasado con casi toda la tropa y los oficiales armenios del III Ejército a los rusos, para luego regresar con ellos incendiando villorrios y acuchillando sin misericordia a cuantos pacíficos aldeanos musulmanes caían en sus manos.

Semejantes sangrientos desafueros tuvieron por forzoso corolario que las autoridades otomanas desarmaron a toda prisa a los gendarmes y demás soldados armenios que quedaban aún en el ejército (por no haber podido escapar, probablemente) y los utilizaran en la construcción de carreteras o yendo y trayendo provisiones a través de las montañas.

La deserción, en alto grado injustificable de las tropas armenias, unida a los desmanes que cometieron después, es decir, a su regreso, en los sectores Bash-Kaleh, Serail y Bayaceto, no dejaron de alarmar a los turcos y de hacerles temer que el resto de la población armenia en las provincias fronterizas de Van y Erzerum se fuera a sublevar también y atacarlos por la espalda, conforme sucedió efectivamente pocas semanas después de mi llegada, cuando los armenios del vilayato de Van se alzaron en masa a espaldas de nuestro ejército expedicionario en Persia, dando así lugar a los sucesos tristes y sangrientos que no eran sino de esperar en semejantes circunstancias.

Las matanzas y deportaciones en masa, sea dicho de paso, tuvieron su origen en la sublevación a mano armada de 1885, sublevación que los elementos subversivos armenios habían iniciado en las provincias de Trebizonda, Erzerum y Bitlis sobre una base francamente nihilista y separatista.

Esta revuelta, sofocada por los regimientos irregulares kurdos llamados hamidíes, a quienes la sublime Puerta había encargado de la pacificación de dicha zona, tuvo por consecuencia una serie interminable de represalias sangrientas de ambos lados, que acabaron por exasperar a los turcos y por precipitar las matanzas de 1894 y 95, las cuales empezaron con la de Sasoún (en agosto de 1894) y terminaron con las de Trebizonda, Ak-Shehir, Bitlis, Zeitún, Kurún, Marrash y sobre todo con la de Erzerum, que costó la vida a tal vez más de cinco mil combatientes.

 En vista de estos acontecimientos, que ponían en peligro a la cristiandad del Asia Menor, propuso el gobierno inglés a las demás potencias una intervención armada en Turquía. Pero Rusia y Francia se opusieron a ello, por temor sin duda de que semejante paso fuera a fortalecer en demasía el poderío de la Gran Bretaña en las costas de Levante.

Al verse desamparados por Europa, se apoderaron los armenios por sorpresa, en agosto de 1896, del Banco Imperial Otomano en Constantinopla, amenazando con hacerlo volar si las potencias no venían en su auxilio.

Tamaño desacierto sólo sirvió de pretexto a los turcos para matar a garrotazos a más de seis mil de ellos en las calles más céntricas de dicha capital, sin que las potencias hubieran podido protestar siquiera contra semejante crimen. De ahí en adelante se siguieron sucediendo las matanzas, aunque en menor escala, por toda el Asia Menor, hasta el advenimiento de los Jóvenes Turcos, en 1908, quienes pusieron fin a ellas.

Empero, al estallar la Guerra Mundial, recomenzaron dichas matanzas con una violencia tal, que de los dos millones y medio de armenios que solían existir en Turquía antes de 1914, creo que ya no queda ni medio millón, inclusive los tres o cuatrocientos mil que habitaban Constantinopla y Smirna y que, a causa de no se sabe qué milagro, pudieron escapar con vida de las deportaciones.

De haber sido los armenios más prudentes y menos ambiciosos, tendrían hoy probablemente el control sobre Turquía. Pero se pusieron a cazar estrellas y a tratar de avasallar a los turcos de las provincias orientales, con el resultado fatal que conocemos ya y que deploramos como buenos cristianos, puesto que los armenios representaban, no obstante sus grandísimos defectos, un núcleo civilizador que habría podido servir de puente primero, y de base después, a la penetración pacífica de la civilización occidental en el Cercano Oriente”.

  • Plan de Exterminio/limpieza étnica de cristianos

“No cabe duda de que las matanzas y deportaciones obedecieron a un plan muy bien trazado del partido retrógrado, encabezado por el Gran Visir Talaát Pachá y las autoridades civiles a su mando, para acabar primero con los armenios, y luego con los griegos y demás cristianos, súbditos otomanos, en el Imperio. Prueba de ello nos la ofrecen las matanzas de Sairet, Djesiret y los distritos en su alrededor, durante las cuales perecieron no menos de doscientos mil cristianos nestorianos, sirio-católicos, jacobitas etc., que nada tenían que ver con los armenios, y habían sido siempre fieles súbditos del Sultán. Lo mismo que la deportación de los armenios de Angora (actual Ankara), quienes eran casi todos católicos romanos y prefirieron la muerte antes que apostatar, volviéndose musulmanes, como lo hizo la mayor parte de los armenios gregorianos, a quienes los turcos habían dejado la misma alternativa.

Y para ilustrar la criminal indiferencia con que las autoridades civiles otomanas contemplaban el martirio y el suplicio del millón y medio de cristianos que pereció durante dichas matanzas, creo que basta recordar la siguiente frase que profirió el Gran Visir Talaát Pachá durante cierta entrevista suya con el ministro americano, Mr. Morgenthau:  «¿Las matanzas? — ¡qué va! — ¡Aquello sólo me divierte!»

  • Descripción de las matanzas en Van

“Abril 21. Al despuntar el alba, me desperté al ruido de tiros y descargas. Los armenios habían atacado la villa. En el acto monté a caballo, y seguido de alguna gente armada, fui a ver lo que pasaba.

Pero cuál no sería mi asombro al darme cuenta de que los agresores no habían sido aquellos, después de todo, sino las mismas autoridades civiles, que, apoyadas por los kurdos y los facinerosos del vecindario, se hallaban asaltando y saqueando el barrio armenio, en que tres o cuatrocientos artesanos cristianos se defendían desesperadamente contra esa turba de forajidos, quienes, tumbando puertas y saltando tapias, penetraban en las casas, y después de acuchillar a sus indefensas víctimas, obligaban a las mujeres, madres o hijas de aquellos desgraciados a arrastrar sus cuerpos por los pies o por los brazos hasta la calle, donde el resto de la canalla los remataba, y después de despojarlos de sus ropas dejaban sus cadáveres botados por doquiera a merced de los cuervos y chacales.

A pesar del vivo tiroteo que barría las calles, logré por fin acercarme al beledíe reis de la villa, que dirigía la orgía, para ordenarle que cesara la matanza, cuando éste, con gran sorpresa mía me informó que él no se hallaba sino obedeciendo cierta orden escrita y terminante del gobernador general de la provincia… de exterminar a todos los armenios varones, de los 12 años de edad en adelante.

En vista de ese decreto, de carácter netamente civil, y cuya ejecución yo, como militar, no podía impedir aunque quisiese, ordené a los gendarmes que se retiraran y esperé a que pasara la tormenta.

Al cabo de hora y media de carnicería no quedaban de los armenios de Adil-Javús sino siete supervivientes que yo había logrado arrancar a sus verdugos sólo a fuerza de pistoletazos.

Rodeado de aquellos infelices, que se asían de la cola y de las crines de mi bestia como de un áncora de salvación, y seguido de una turba de fieras humanas hartas de sangre y cargadas de botín, me dirigí hacia el centro de la villa, a través de una apretada muchedumbre, formada en su mayor parte de mujeres turcas y kurdas, que, de paso sea dicho, habían presenciado aquella escena atroz inmóviles como las esfinges, sentadas a lo largo de las calles o desde lo alto de las azoteas.

Cuando eché pie a tierra ante el serrallo, vino a mi encuentro el kaimakán y en nombre del gobierno me dio las gracias por haber salvado la villa de aquel tremendo ataque de los armenios.

Estupefacto ante tanta osadía, no supe al principio qué contestarle. Y al rogarle que tuviera clemencia con mis prisioneros, me lo prometió con la mano puesta sobre el pecho y hasta agregó con aire grave y austero que me respondería por sus vidas con su propia cabeza (bashim üserinde). Ello no obstante los hizo degollar aquella misma noche, y sus cadáveres fueron arrojados al lago junto con los de otros 43 armenios que habían tenido ocultos Dios sabe dónde.

Partimos con rumbo hacia Van y nos alejamos rápidamente de aquella kasaba, que vista desde lejos semejaba el lugar más pacífico del mundo.

La tripulación se componía del capitán, de una escolta de gendarmes y de cuatro armenios que hacían las veces de maquinistas y marineros.

Sintiéndome un poco cansado, echéme a dormir. Cuando desperté eran ya las cinco de la tarde, pero todavía estábamos lejos de la orilla. Y en tanto me hallaba paseando sobre la cubierta, junto a la máquina noté que de los cuatro armenios ya no quedaban sino dos. ¿Qué se habían hecho los otros dos? Es pregunta que no se debe hacer nunca en Oriente, a no ser que uno quiera pasar por inexperto. Las autoridades civiles del Sultán matan sin hacer ruido, y de preferencia de noche, como los vampiros … sirviéndose para la ejecución de sus carnicerías por lo general de lagos profundos, en que no haya corrientes indiscretas que arrojen los cadáveres a la orilla … o de cavernas solitarias en las montañas donde los canes y chacales les ayuden a borrar las huellas de sus crímenes.

Y en llegando a las primeras casas del poblado vino a nuestro encuentro el jefe militar de Artamid para saludarnos y felicitarnos por haber llegado vivos, puesto que el trayecto que acabábamos de recorrer se hallaba, según decía él, infestado de comitadchis armenios. Y efectivamente. A los pocos momentos de haber llegado nos convenció el parpadeo de varios disparos en esa dirección que nos habíamos salvado por pura casualidad.

La plazoleta en que estábamos conversando se hallaba fantásticamente iluminada por las llamaradas, que como sierpes de fuego gigantescas surgían de entre las ruinas de la iglesia incendiada. Y por las ventanas de las casas circunvecinas asomaban en todas direcciones los rifles de nuestros bashi bazuks, por lo general tipos pintorescos, cargados de cartucheras y cananas, que usaban rifles de repetición y llevaban al cinto una cuchilla de hoja ancha o una pistola máuser. Entre ellos noté también algunos kurdos, pertenecientes a cierto grupo de varios centenares, que había de llegar en la madrugada siguiente para ayudar a acabar con los armenios, los cuales seguían ocupando algunas posiciones y edificios en torno de la villa.

Viendo que el fuego del enemigo iba arreciando, y no pudiendo soportar por más tiempo el olor a carne chamuscada de los cadáveres armenios arrojados dentro de las ruinas humeantes de la iglesia, nos fuimos escurriendo cautelosamente por entre los jardines, hasta que nos detuvo la blanca fachada de una bella quinta en que me había de alojar aquella noche.

Y a pesar del fuego intermitente que siguió alterando el silencio de la noche, dormí tranquilo hasta la mañana siguiente, cuando me vino a despertar una gritería infernal, seguida de tiros y descargas cerradas … Eran los kurdos que habían llegado y atacado a los armenios por la espalda.

En esto pasó un cuarto de hora. Y en tanto me hallaba desayunando en el balcón de mi casa en compañía de varios jeques kurdos que habían venido a saludarme, se desarrolló ante nuestra vista una de las películas más tremendas que uno se pueda imaginar.

Acosados por las balas de los karduchos, que los iban derribando por docenas, corrían los armenios por aquí y por allá, como conejos espantados, al paso que no pocos de ellos se sentaban en el suelo esperando estúpidos la muerte, cual carneros atados al altar del sacrificio y sin hacer el más mínimo esfuerzo para salvarse. Sólo un reducido grupo de jóvenes seguía defendiéndose desesperadamente, recostados contra una tapia, hasta que rendidos al fin por el cansancio, fueron cayendo unos tras otros bajo los culatazos y las cuchilladas de los kurdos, quienes se servían del arma blanca siempre que podían para ahorrar cartuchos.

Y mientras aquello ocurría en los jardines, iban y venían las patrullas de comitadchis registrando los pozos y las casas de los musulmanes en busca de armenios rezagados, a quienes al hallarlos rajaban la cabeza de un yataganazo o dejaban tendidos en el suelo de una cuchillada en la garganta. Excuso decir cómo me sentiría yo al tener que presenciar con la sonrisa en los labios semejante bacanal de barbarie, en que los cuerpos ensangrentados de las víctimas retorcíanse y se estiraban temblorosos en medio de las convulsiones de la muerte, y aquellos gritos de agonía indecible, que aún me parece escuchar cada vez que me acuerdo de ellos.

Poco antes del consumatum est, condujeron los comitadchis ante mi presencia a dos jóvenes de categoría distinguida, quienes al verme levantaron los brazos implorando mi protección. Deseoso de salvarlos a todo trance, los hice encerrar en un edificio contiguo, con la orden explícita de que nadie los tocara mientras yo no dispusiera de su suerte. Mas en eso se presentaron algunos kurdos, que fingiendo ignorar mi orden, los sacaron de allí por la puerta de atrás y les pegaron cuatro tiros. El son de los disparos y un prolongado grito de agonía, me hicieron comprender en el acto lo que había sucedido. Pero me hice el desentendido, puesto que entre los orientales es signo hasta de poca cortesía dejar entrever sus emociones o protestar contra lo que ya no tiene remedio. Y al dirigir la vista hacia la iglesia, que continuaba ardiendo como un volcán de fuego, noté un grupo de bashibazuks repartiendo panes entre las mujeres de los armenios asesinados.

Esa terrible escena, que representaba la barbarie marchando mano a mano con la caridad, no dejó de sorprenderme grandemente, y me convenció de que el Oriente es y seguirá siendo siempre la patria de los contrasentidos. Allí visten las mujeres pantalones mientras los hombres llevan enaguas; cuando entran en un templo se quitan el calzado y se ajustan el fez en la cabeza; y cuando montan a caballo suben y bajan las cuestas al galope, mientras que por tierra llana andan al paso.

El turco es, por regla general, incapaz de pronunciar la palabra no (hair). Cuando dice hoy quiere decir mañana, y cuando dice mañana (yarim), quiere decir nunca. ¡Orlarosoun!

A derecha e izquierda del camino revoloteaban vociferantes bandadas de negros cuervos disputándose con los canes los cadáveres putrefactos de los armenios botados por doquiera, en tanto que al Tramonte surgían de en medio de un bosque de deshojados álamos los minaretes y las pardas cúpulas de la ciudad de Van, capital de Armenia.

Esta se recuesta contra la fachada meridional y casi perpendicular de un solitario peñón, cuya escarpada cumbre se eleva a unos ochenta metros y se extiende por espacio de tres cuartos o un kilómetro de Oriente a Poniente a través de la llanura, coronada por una almenada muralla de ciclópeas proporciones y un antiquísimo castillo, cuyo origen, según la voz del vulgo, se remonta a los tiempos de la reina Semíramis de Asiria.

Un par de kilómetros hacia el mediodía columbrábase el llamado “barrio de las quintas” o de Aikesdán que comunicaba con la villa por medio de una carretera ancha, bien construida y flanqueada por chalets y casas de campo rodeadas de jardines o de sementeras que regaban los canales de un antiquísimo acueducto, llamado Semíramis-Su en honor de su ilustre fundadora.

Las casas armenias situadas fuera de la zona del fuego de los sitiados habían sido casi todas destruidas por el populacho musulmán durante su afanosa busca de tesoros, pues en Oriente son contados los que depositan sus fondos en los bancos. Los más entierran su dinero en las paredes o bajo el piso de su casa, y en ocasiones hasta entre las vigas de las azoteas. Claro está que para buscar tesoros la gente tenía que derrumbar las casas.

Si los 30.000 o 40.000 armenios encerrados en Van, en vez de organizar bandas de música, gobiernos provisionales y acuñar medallas y cruces militares, hubiesen emprendido la ofensiva y, armándose aunque sólo fuera de garrotes, hachas y cuchillos, hubiesen intentado una salida en masa, quién sabe si no nos hubieran arrollado a la larga y quizás hasta obligado a retirarnos a la provincia de Bitlis, cortando así la retirada a nuestro ejército expedicionario en Persia y salvando la vida a millares de sus correligionarios, los cuales iban pereciendo diariamente en los pueblos vecinos y en el resto del vilayato de Van bajo las cimitarras de los kurdos y las balas de nuestros voluntarios.

La única artillería de que disponían los sitiados consistía en un par de lanzabombas, construidos por ellos mismos; pero en cambio se hallaban protegidos por una masa sólida de edificios de adobes, de dos y hasta tres pisos de alto, que cortaban en todas direcciones callejuelas tortuosas y fáciles de defender por medio de trincheras y barricadas. Además de con millares de pistolas máuser, cuyo efecto, repito, semejaba a corta distancia el de ametralladoras, contaban los sitiados con un crecido número de carabinas, fusiles rusos y máuseres que habían ido adquiriendo durante años, y con una cantidad considerable de granadas de mano, que nos habían de causar con el tiempo no pocas bajas.

Una hora, poco más o menos, después de este incidente, partió el batallón “Lazistán” con trescientos kurdos de a caballo para apoderarse de la aldea de Shabahgs, si mal no recuerdo, en que se hallaban fuertemente atrincherados de 400 a 400 armenios. Y cuando los laz, apoyados por el fuego de la artillería, se lanzaron a la bayoneta, arremetieron también los karduchos cuesta arriba, y, cayendo sobre los armenios por retaguardia, los acuchillaron sin misericordia.

En esto se separó Ahmed Bey, y deslizándose cautelosamente, semejante a un tigre hacia su presa, siguió acercándosele, hasta que ya sólo a un par de metros de distancia medio se enderezó y levantó el arma, que volvió a dejar caer, sin embargo, inmediatamente, pues el armenio, impulsado quizás por un presentimiento, se había vuelto rápidamente en dirección suya.

Y en tanto que este buscaba con la mirada ansiosa la causa de su estremecimiento, se juntaron en torno de su cuello dos bracitos de marfil, y una voz infantil comenzó a balbucear palabras ininteligibles en su oído. Angustiado por aquel abrazo tan a destiempo y no osando separar las manos de su rifle, quiso el armenio desembarazarse de él al principio a fuerza de palabras cariñosas, y al ver que sus frases no surtían efecto, por medio de un movimiento suave del codo derecho. Pero todos sus esfuerzos resultaron vanos ante aquellos dos bracitos, que seguían abrazándolo tiernamente, mientras que palabras arrulladoras continuaban asaltando sus oídos.

 Vencido al fin por su cariño de padre, volvió el armenio la cara hacia su hijita, instintivamente, durante la fracción de un segundo apenas, pero que bastó para perderle, pues en el acto brincó Aghmed Bey y de un balazo le levantó la tapa de los sesos.”

  • Matanzas de Siirt

“Todavía antes de mediodía del 18 de junio llegamos frente a Sairt, que con sus casas blancas y estrechas hacia lo alto revelaban su origen babilónico. Seis alminares, de los cuales uno era inclinado, se perfilaban como agujas de alabastros en el turquino cielo de Mesopotamia.

Rebaños de ganados y negros búfalos pacían tranquilos en la llanura circunvecina, mientras un grupo de lanudos dromedarios soñoleaba en torno de una fuente solitaria.

El sentimiento de calma momentánea que había evocado en mi mente atormentada aquel ameno cuadro, fue, sin embargo, bruscamente interrumpido por el espectáculo atroz que ofrecía cierta colina al lado del camino, coronada de millares de cadáveres medio desnudos y ensangrentados, amontonados unos sobre otros, o entrelazados en el postrer abrazo de la muerte.

 Padres, hermanos, hijos y nietos yacían allí conforme habían caído bajo balas y los yataganes de sus asesinos. De más de un montón de aquellos sobresalían las extremidades temblorosas de los agonizantes. De más de una garganta abierta de una cuchillada se escapaba la vida en medio de bocanadas de tibia sangre. Bandadas de cuervos picoteaban por doquiera los ojos de los muertos y de los agonizantes, que en sus miradas rígidas parecían reflejar aún todos los horrores de una agonía indecible, en tanto que los perros carroñeros clavaban sus afiladas dentaduras en las entrañas de seres que palpitaban todavía bajo el impulso de la vida.

Aterrado ante tan horrendo cuadro, y, pasando a saltos por encima de los montones de cadáveres que obstruían el paso a nuestras bestias, entramos por fin en Siirt, donde la policía y el populacho se hallaban todavía saqueando las casas de los cristianos.

En el Serrallo me encontré con varios subgobernadores de la provincia, reunidos en Consejo bajo la presidencia del jefe de la gendarmería local, el capitán Nasim Effendi, que había dirigido la matanza en persona.

Por sus conversaciones comprendí en el acto que ésta había sido dispuesta el día antes por Dyevded Bey, y que éste había salido aquella madrugada con rumbo a Bitlis para dar comienzo a aquella otra carnicería de que me habían hablado ya en el camino los oficiales del Bash-Kaleh-Tabur.

Uno de dichos subgobernadores, con quien yo mantenía muy buena amistad, hasta me previno, bajo toda reserva, que Halil había decretado mi muerte para impedir que fuera a revelar más tarde en Constantinopla o en el extranjero lo ocurrido, pues, según decía él (esto es, Halil) había sido yo el único cristiano y testigo ocular en aquel ejército que había visto cosas que no debería haber presenciado jamás un cristiano.

Entretanto me había alojado en una hermosa casa de nestorianos, saqueada como todas. Del mobiliario no quedaban sino algunas sillas rotas. Manchas de sangre cubrían el suelo y las paredes. En un rincón olvidado encontré un diccionario inglés junto con una pequeña imagen de la Virgen María, escondidos allí probablemente a toda prisa por alguna criatura. 

Entre los cuadros poco edificantes que tuve que presenciar con la sonrisa en los labios figuraba una procesión, encabezada por un piquete de gendarmes, que conducían en medio a un venerable anciano. Su negra túnica y birrete morado revelaban claramente su categoría de obispo nestoriano. De una herida en la frente le brotaban gotas de sangre, que al deslizarse por sus pálidas mejillas parecían convertirse en rojas lágrimas del martirio. Y al pasar junto a nosotros se me quedó mirando, como adivinando que yo también era cristiano, pero siguió adelante, en dirección de la colina aquella donde, al llegar, se paró con los brazos cruzados en medio de su rebaño, que le había precedido ya en el camino de la muerte, y cayó hecho trizas bajo el hierro de sus asesinos.

Al rato bajó otro gentío, arrastrando tras sí varios cadáveres de niños y de ancianos, cuyas cabezas iban dando bandazos sobre el empedrado, al paso que los transeúntes los acompañaban de esputos y de maldiciones.

Y así, sucesivamente, se fueron desarrollando ante mis ojos escenas a cual más triste y cual más sangrienta, hasta que, cansado por fin de presenciar tanta miseria, me fui a mi casa, resuelto a ya no seguir sirviendo bajo las banderas de Halil Pachá, que permitía tamaños crímenes de lesa humanidad.

En esos tiempos no valía gran cosa una vida humana en aquellos parajes. ¡Desgraciado del que ostentare dientes de oro! Los kurdos hubieran sido capaces de seguirle durante días enteros para arrancárselos después de haberlo acuchillado.”

  • Matanza de Bitlis, Mush y otros sitios de Alta Mesopotamia

“Aquel día, o sea el 25 de junio, fue también la fecha en que Dyevded Bey hizo ahorcar a Kakighián Effendi juntamente con doscientos armenios más de nota en Bitlis, después de haberles arrancado, a guisa de empréstito forzoso, la suma de cinco mil libras oro, que luego se repartieron entre él y Halil. Y no satisfecho aún con semejante crimen, mandó conducir a todos los armenios varones de dicha ciudad, en grupos de cincuenta, hasta un lugar solitario en las vecinas montañas, donde los hizo asesinar y sepultar en fosas excavadas por ellos mismos. Los únicos a quienes dejó con vida fueron una docena o dos de artesanos, porque le hacían falta en los talleres militares.

Las mujeres jóvenes fueron repartidas entre la canalla, al paso que las ancianas, deportadas junto con los niños menores de doce años.

De ese modo perecieron en un solo día cerca de quince mil armenios en la ciudad de Bitlis y sus alrededores.

Los pocos armenios que lograron escapar a la matanza de Bitlis, fueron a refugiarse entre sus connacionales en el distrito de Mush, y en parte también entre los refugiados de Slivan y de Bisherik, que al verse acosados por los kurdos de Belek, Békran y de Shego, se fueron retirando paso a paso hacia la sierra fragosa y bravía del Sasoún y del Monte Antok, que avanza como la primera atalaya del sistema montañoso del Antetáuro sobre las tostadas llanuras de Diarbekir.

Aquellos refugiados, de ojos  tristes y fieros, cuyo número podía ascender a unos treinta mil entre hombres, niños y mujeres, fuéronse batiendo en retirada, hasta que, acosados sobre las crestas de plata de los volcanes y los picachos que coronan aquella oscura y pujante serranía, acabaron por arrojarse, con la espalda vuelta hacia el vacío, al fondo de los precipicios, para no caer en manos de los kurdos y los voluntarios del gobernador Dyevded Bey, quien, a causa de su patriotismo, fanatismo o instintos sanguinarios, llámese como se quiera, había acabado por convertirse en el ángel exterminador de los armenios en las provincias orientales y en dócil instrumento de Halil Bey, que le manejaba a su antojo para vengarse de los cristianos, por la ayuda moral y material que éstos habían prestado a los rusos durante la batalla de Dilman y la conquista subsecuente de la provincia de Van.

Después del exterminio de los armenios, caldeos, sirios-católicos y nestorianos de la ciudad de Bitlis, fuése Dyevded, acompañado del entonces ya teniente coronel Kiasim Bey (según me lo contó más tarde el mismo Dyevded) al valle de Mush, a fin de castigar a los rebeldes de ese distrito y a los de las montañas del Sasoún. (Tal era el modo como los turcos solían expresarse cuando hablaban de sus carnicerías …)

Una vez incomunicadas Mush y sus dependencias del distrito de Sasoún por medio de fuertes cordones de gendarmería y ashiretes kurdos, levantó Dyevded Bey un empréstito forzoso, como de costumbre, al cual siguieron toda clase de atropellos y crímenes que tuvieron por consecuencia el exterminio de gran parte de la población armenia de dicho vilayato, al igual que una sublevación general entre los moradores de las ochenta o cien aldeas cristianas en el valle de Mush, y hasta en la ciudad misma, donde los armenios cometieron el error estratégico de siempre, atrincherándose en los edificios principales y en las iglesias, que la artillería otomana no tardaba, como era natural, en reducir a escombros.

De esa manera perecieron en Mush y sus contornos cerca de cincuenta mil armenios en menos de quince días.

En algunas de las aldeas circundantes, como Aledchán, Magrakóm y Késkeg, se cometieron crímenes horrendos. Parte de las mujeres y niños fueron acorralados y quemados vivos, mientras los restantes encontraron la muerte entre las ondas del Eufrates.

Durante esa época comenzaron, so pretexto de “armas escondidas”, las deportaciones en masa y las matanzas en las ciudades de Mardin, Diarbekir, Mesireh, Karput etc., que acabaron con casi toda la población cristiana y por consiguiente con la mayor parte del comercio e industrias más florecientes en las provincias de Mamouret-El-Asis y Diarbekir.

Después de las matanzas de Diarbekir, pasó la ola de sangre y persecución a la provincia de Adana y el norte de Siria (Zeitún, Urfa, Marrash, etc.) se hallaban ya llenas de deportados procedentes del centro y norte de Anatolia, excepto Smirna y Constantinopla, donde las deportaciones fueron suspendidas a instancias de Austria y Alemania.

 Las provincias de Van y Bitlis, Diarbekir y en parte la de Mamouret-El-Asis, fueron las únicas en que se celebraron matanzas en el verdadero sentido de la palabra.

En los restantes vilayatos del imperio se cristalizó la persecución en forma de deportaciones en masa, que dieron casi el mismo resultado, pues de las innumerables caravanas de millares y docenas de millares de deportados que salían de las regiones costaneras del Mar Negro y del centro y oeste de Anatolia, con rumbo a los desiertos de Siria y Mesopotamia, tres cuartas partes, y en ocasiones quizás el 90 o 95% de sus tripulaciones, solían sucumbir en el camino a causa del tifus y de las privaciones.

Los que no perecían de hambre, caían a la larga víctimas de los bandoleros kurdos y circasianos, y no pocas veces hasta de sus propias escoltas de gendarmes, quienes, cansados al fin de bregar con aquellos infelices, se deshacían de ellos a culatazos, o los obligaban, a fuerza de balazos, a atravesar a nado ríos caudalosos, en que dichas caravanas de esqueletos ambulantes se sumergían para no volver a reaparecer ya nunca más.

Yo he visto en las márgenes del Éufrates los cuerpos carcomidos de decenas y quizás hasta centenares de niños y mujeres armenios sirviendo de pasto a los buitres y chacales.

La presencia de dichos cadáveres no dejó de sorprenderme grandemente, pues las autoridades civiles otomanas solían borrar las huellas de sus crímenes, por regla general con mucho cuidado, para que el revoloteo de los cuervos y el vaivén de los perros carroñeros no fuera a revelar a los viandantes el sitio do había estado cebándose la hiena con la Media Luna estrellada sobre la frente.”

  • Reflexiones finales

“Cuatro Años bajo la media luna”, el libro de donde se extrajeron estas partes, tiene casi 500 páginas, y se puede descargar de manera gratuita del siguiente enlace: Cuatro Años Bajo la Media Luna

De más está decir que en las ciudades que se menciona (Van, Siirt, Mush…) no quedan cristianos, sean armenios (mayoritarios en Van), o asirios (mayoritarios en Siirt y en Hakkari). Sus tierras y propiedades, demolidas o incautadas y repartidas a familias kurdas y circasianas. Sus aldeas, desaparecieron de los mapas o les dieron nuevos nombres en lengua turca, cosa de borrar la memoria y toda huella de la presencia de los pueblos autóctonos, cristianos, en la región.

Rafael de Nogales Méndez, fue un testigo incómodo de estos hechos y el único que los dejó reflejado en lengua española. Continuó su vida de aventurero en diversos países: Estados Unidos, México, y finalmente Panamá, donde falleció en 1936.

100 años después de estos hechos, los descendientes de los sobrevivientes de este genocidio que permanecieron en la región, aunque desplazados de sus tierras, se ven obligados a vivir en carne propia, hechos que aún están muy frescos en nuestra memoria histórica, porque apenas han pasado en muchos casos, dos generaciones. Los verdugos también actúan escudándose en guerras “santas” religiosas, nuevamente instrumentalizando el islam desde bases criminales, fanáticas y prácticas de la misma barbarie: desplazamientos forzosos en Mosul, Alepo, Hasake, Raqa y otras ciudades. Confiscación de bienes, secuestros, asesinatos, esclavitud de mujeres, decapitaciones,  infames impuestos de sumisión y sometimiento a estos nuevos invasores llamados Estado Islámico (ISIS), Al Nusra u otras denominaciones por el estilo. Y esto no es reciente, ya desde 2002, las poblaciones cristianas asirias de Iraq, han sido víctimas de bombas y asesinatos en iglesias, secuestros y amenazas de muerte. Nuevamente asistimos a prácticas que creíamos superadas, como el marcar las viviendas con símbolos, la letra árabe nun (n), de “nasrani”, para desalojar a sus moradores y ocupar sus casas. Nuevamente diásporas, nuevamente genocidio o un genocidio/limpieza étnica que continúa.  Esta vez el destino se comparte con otras minorías, especialmente yezidis y shabaks, y también musulmanes que les hacen frente y/o no comparten su ideario inspirado en el wahabí /salafismo.  Finalmente, nuevamente indiferencia internacional.

Por Ricardo Georges Ibrahim

[1] https://en.wikipedia.org/wiki/Ahmet_Tevfik_Pasha

 

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