El 5 de junio, ¿alguien lo recuerda?

En el texto cuya traducción se presenta, el libanés Elías Khoury se hace eco del silencio ante el aniversario de la derrota árabe de 1967 contra Israel, la Naksa (retroceso, derrota), y la relaciona con la situación actual:

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“Tanto el emir del Frente de Al-Nusra como el secretario general de Hezbollah se han pronunciado recientemente en público, mientras planeaba en el horizonte el aniversario del 5 de junio; pero el denominador común de ambos discursos fue precisamente no mencionar la guerra de junio (de 1967). Es cierto que Nasrallah habló de su preparación para enfrentarse a Israel, pero sus palabras se enmarcan en un contexto diferente, como respuesta a unas declaraciones israelíes en las que se decía que el Estado sionista era capaz de expulsar de sus casas a un millón y medio de libaneses. Sin embargo, lo único que importaba a Nasrallah era defender al régimen de la dictadura en Siria. Al-Golani, al que llaman “el Conquistador”, no ha emitido postura alguna en referencia al Estado ocupante, ni siquiera para justificar que haya utilizado el Golán sirio ocupado como apodo.
El resto de jugadores, desde Asad hijo -en época de cuyo padre Israel ocupó el Golán-, pasando por Al-Bagdadi o Qasim Suleimani, y así hasta el final de la dinastía de líderes de este tiempo revuelto, tampoco se han pronunciado, y han seguido sus guerras de destrucción, que entrarán en nuestros libros de historia como la época de la gran decadencia iniciada en la derrota del 5 de junio.
Todos han obviado el 5 de junio, y la razón no es solo que estén ocupados en sus guerras de destrucción, sino que se debe a que saben que su poder y autoritarismo están en deuda con ese día negro en que los árabes fueron derrotados. La derrota fue el inicio del ascenso de dos salvajismos: el del despotismo y el de las corrientes fundamentalistas. El despotismo que se erigió sobre los escombros de la derrota destrozó las sociedades árabes y las humilló, además de que jugó un papel principal en la anulación de la respuesta a la derrota, que tomó la forma de resistencia palestina. Por su parte, el fundamentalismo, tanto suní como chií, ascendió gracias a la financiación petrolera, y se erigió, a un tiempo, como montura, sinónimo, antagonista y copia del despotismo.
Estamos en el tiempo de la derrota de junio, ni más ni menos. La respuesta de los pueblos se retrasó 40 años, pero se vislumbró en el horizonte con los levantamientos revolucionarios populares que se extendieron por el Levante árabe desde Túnez. Exceptuando pequeños levantamientos como la intifada de los estudiantes egipcios en el 68, y los intentos de lucha armada en Iraq, la única respuesta a la derrota vino de manos de la resistencia palestina, que combatió a Israel y a todo el sistema árabe, antes de comenzar a hundirse tras los Acuerdos de Oslo.
La derrota descubrió la mentira de la dictadura y su incapacidad de defender las patrias. Así, los movimientos nacionalistas que gobernaron en nombre de la respuesta a la Nakba se transformaron en fuerzas salvajemente déspotas, y los árabes fueron conducidos a la humillación de junio. Incluso el carácter populista y las reformas sociales del naserismo se esfumaron con Sadat y Mubarak, y la flagrante dictadura dejó de preocuparse por otra cosa que no fuera proteger el pillaje e inclinarse ante EEUU e Israel. Por su parte, la parodia baazista de Naser y Gaddafi se convirtieron en absolutos monstruos, y en un instrumento para aplastar a la sociedad y destruirla, evocando los ejemplos de mayor bajeza: una mezcla entre el gobierno mameluco y el ejemplo norcoreano.
La derrota dio a luz al dictador a cuya vera creció el monstruo del fundamentalismo, enfrentándose ambas bestias habitualmente, pero también aliándose, tras acordar que la derrota pasara de ser un momento histórico del que aprender, a una eternidad derrotista de la que es imposible librarse.
Por tanto, a pesar de los análisis que dicen que las revoluciones árabes no tienen relación alguna con Palestina, y que la cuestión palestina es un tema marginal, y que ya no es la causa de nadie, la esencia de lo que sucede en el Levante árabe está ligada con la derrota de junio
La derrota anunció la necesidad de la caída de los regímenes despóticos, pues los dictadores no habían construido ejércitos, sino aparatos de represión policial contra sus pueblos. Cuando se descubrió su incapacidad y su vergüenza, se convirtieron en verdaderas bestias, especialmente tras fracasar en su intento de limpiar la honra de junio en octubre (de 1973). Los fundamentalismos, por su parte, han crecido a orillas de la pobreza y la marginación, y después se han unido a la globalización, mediante el flujo de dinero petrolero y su participación en la guerra fría, que dio lugar a Al-Qaeda y sus ramas.
Hoy, el infierno se conforma a nuestro alrededor, en nuestras ciudades y pueblos, y nuestros países se convierten en un campo de lucha entre dos bestias, dos fundamentalismos que se atraen: la guerra entre ambos tiene lugar a la sombra de los aviones de guerra estadounidenses que miran la sangre y se excitan con la imagen de su extinción.
Al-Golani ha enviado un mensaje tranquilizador a Occidente, Irán busca un acuerdo con EEUU, Asad pequeño lucha contra Daesh para atraerse la simpatía de EEUU. Al-Golani no ha encontrado qué decir más que amenazar a los alauíes y los drusos, y la multitud quiere recuperar Ramadi con consignas sectarias. Qasim Suleimani, por su parte, salta desde Iraq a Siria y se lleva combatientes, para tranquilizar a los derrocados temerosos de extinguirse.
Todos esos asesinos no son más que el eco de la derrota. Tal vez sean sus últimos ecos salvajes, pero trabajan como instrumentos para dividir la región y destruirla, y con ello logran lo que intentó la derrota de junio: convertir el mundo árabe en tierra de sumisión y muerte.
La lectura de nuestra realidad como eco de la derrota de junio no tiene nada que ver con el discurso nacionalista dominante, pues dicho discurso se extinguió a manos de sus dueños el día que convirtieron su poder golpista en un gobierno de mafias y bandas. Se trata, sin embargo, de un intento de extraer la lección de la derrota, que se refleja fundamentalmente en la necesidad de derrocar a la dictadura, que no puede defender las patrias, y a quien no le importa más que quedarse en el poder.
Por eso, es necesario que leamos las revoluciones populares árabes como un intento de recuperar la libertad y dignidad aplastada de la gente. Y también hemos de leer el conflicto de las dos bestias dictatorial y fundamentalista como un último intento de salvar el tiempo de la decadencia. Es cierto que las revoluciones populares están hoy cercadas por un salvajismo total y que nuestra región está pasando por el infierno de la desmembración, pero también es cierto que esta etapa negra en la que se elevan las banderas de las guerras religiosas y sectarias no llevará a sus héroes más que a la extinción. El arma que humilla a la gente matará a quien la lleve, y el discurso sectario vacío no hará más que completar al dictatorial embalsamado. La etapa de los reyes de taifas no será más que un hoyo en que enterremos las ilusiones de la resurrección del pasado y los disfraces apocalípticos que la acompañan”.

Traducción del árabe: Naomí Ramírez Díaz

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