En las rodillas de mi padre

pampa gringa

“Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri,

¡qué sé yo qué tienen todos estos barrios!”.

Roberto Arlt, “Silla en la vereda”, 1930.

Si uno rebusca con cuidado en la información que hoy día ofrece Internet puede conseguir, aunque más no sea a retazos, y compaginar la historia de la mafia argentina.

A muchos puede sonarles un poco raro la existencia de este cuerpo social, arrimado a la delincuencia, tan nombrado en su terruño siciliano de origen y en innumerables películas y series televisivas norteamericanas. Pero esta mafia que ni fue poderosa ni duró muchos años en la historia del país,  desapareció en la década de los ’30, acorralada por la policía, el ejército y su propia incapacidad de “ganar adeptos” entre la población.

Pero su presencia quedó grabada en la conciencia de muchos argentinos: los nietos de los inmigrantes italianos que sus padres nacieron en las zonas aledañas a la ciudad de Rosario y toda esa franja de pampa húmeda que abarca el sur de la provincia de Santa Fe y los departamentos cordobeses fronterizos con ella: lo que muchos dieron en llamar por aquellos años la pampa gringa. Un territorio al que fueron a parar, casi deportados una masa ingente de italianos que fundaron, o les hicieron fundar innumerables colonias a lo largo de las dos líneas paralelas que señalaban el ferrocarril General Roca y la ruta 20, que unía, y sigue uniendo, Buenos Aires y Córdoba, pasando por Rosario. El corazón mismo de la pampa gringa.

El imaginario colectivo de estos gringos, que llegaron hacinados en las bodegas de los barcos, se los hacinó en barracones en lo que hoy es el moderno y elegante Puerto Madero y viajaron hacinados en vagones de ganado del ferrocarril, hasta irlos desperdigando a lo largo de su trayecto en pequeños grupos.

Unos cuantos de ellos, casi todos orsogneses[1], fundaron todas las pequeñas poblaciones, que aún hoy subsisten entre Rosario y Marcos Juárez, donde las líneas paralelas delimitaban los poblamientos. Allí, en algo que se conocía como el Campo Quirno[2], desembarcaron mis abuelos, nacieron mis padres y alrededor de ellos fructificó la mafia argentina.

A mis abuelos y mis padres les tocó vivir de forma directa la aparición, las violentas andanzas y la más violenta desaparición de los mafiosos, a los que cantaba Roberto Arlt en los versos que encabezan esta nota.

Muchas veces escuché a mi padre referir una anécdota que pintaba a la perfección quiénes eran estos mafiosos, hasta puede que la primera vez estuviera sentado en sus rodillas, escuchando lo que yo seguramente creía un cuento más de los tantos que contaba cuando se le aflojaba la lengua después de algunas copas de vino peleón.

Mi padre se había criado en un pequeño pueblo en las cercanías de Marcos Juárez, al este de la provincia de Córdoba, lo más profundo de la pampa gringa. Por la zona merodeaban los secuaces de Francesco Marrone y Giovanni Galiffi, dos sicilianos que dominaban la mafia rosarina. En octubre de 1931, mi padre estaba por cumplir los 18 años pero ya militaba en la Federación Agraria Argentina[3] y conocía sobradamente todos los pueblos y ciudades de la comarca.

En los alrededores de Marcos Juárez, en la estancia El Calchaquí, vivían los Ayerza, ricos propietarios de campos. Su hijo Abel, un muchacho apenas mayor que mi padre, en aquel fatídico octubre fue secuestrado a punta de pistola junto a Sebastián Hueyo, hijo del Ministro de Hacienda.

Hueyo fue liberado al día siguiente, en un pueblito cercano a Rosario, con una carta en la que se exigía 120.000$ de la época. La familia del secuestrado, temiendo que los mafiosos cumplieran su amenaza de muerte en caso de no hacer llegar la cantidad exigida, en una complicada operación, la cifra pedida.

Pero al mes de haber realizado el pago Abel Ayerza no aparecía. Sin embargo, los mafiosos encargados de recibir el dinero del rescate, mandaron a los cómplices que lo retenían en una pequeña chacra[4] de Corral de Bustos, la señal convenida para que lo liberaran: un telegrama en el que le decían a los hermanos Vincenzo y Paolo Di Grado que junto a Giovanni Vinti, “manden al chancho[5], urgente”.

Pero el analfabetismo del trío de custodios les jugo una mala pasada: entendieron maten en lugar de manden y el pobre Abel Ayerza apareció días después cerca de Chañar Ladeado, muerto, por supuesto.

Se dan cuenta por qué la mafia argentina no pudo hacer carrera como la norteamericana: la ignorancia de sus miembros y la persecución que la Policía, y especialmente el Ejército, los sometió. Los Ayerza era gente importante y no se podía permitir que fueran secuestrados y asesinados por unos pobres sicilianos brutos e ignorantes.

 Juan Carlos D’Angelo

 

[1] Italianos provenientes del pequeño pueblo montañés de Orsogna, en la provincia de Chieti, a pocos kilómetros de la costa adriática de Pescara, la más importante ciudad de la región de Abruzzo e Molise, que fuera una de las zonas más deprimidas y retrasadas del estado italiano, que hacía pocos años había visto la luz.

[2] Campo Quirno: extensa zona del departamento cordobés de Marcos Juarez. Debe su nombre a Norberto Quirno Costa, un político porteño que fue-¡oh, casualidad!- vicepresidente y ministro del Interior de Julio A Roca. Tanto los Quirno como los Costa existentes desde la época colonial habían acumulado con el tiempo gran cantidad de tierras que les fueron muy útiles para arrendar a los gringos inmigrantes escapados de una Europa enconstantes guerras y hambrunas generalizadas.

[3] La Federación Agraria Argentina, en contraposición a la Sociedad Rural, nucleaba a los pequeños y medianos propietarios y arrendatarios, fundamentalmente en las provincias de Córdoba y Santa Fe.

[4] Por chacra se entiende una pequeña propiedad en el campo.

[5] Chancho: cerdo.

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