Relatos breves: De nuevo

Con este breve relato, damos comienzo a lo que esperemos sea una serie de post que nos den pinceladas de sucesos acaecidos de una manera distinta, más próxima y sugerente.

Falcon

 

No son las 6 de la mañana y ya ha amanecido, la temperatura supera los 25ºC, será un día caluroso. El verano está comenzando y el fin del año está próximo.

No hay nadie en la calle, todo parece tranquilo, como siempre, aunque esta vez se escucha un ligero rumor lejano. No es lo único anómalo esta mañana, hay un vehículo estacionado en la vereda. No por el auto en sí; es un vehículo común, uno de esos modelos exitosos de la industria automovilística estadounidense que llena las calles y rutas de América y que aparece continuamente en las películas. Lo insólito, es que los vecinos de este barrio no acostumbran a dejar los autos en la vereda, cada casa tiene su propia cochera y es costumbre guardarlos a la noche. Es posible que sea algún familiar o amigo que haya venido a pasar las fiestas con sus seres queridos.

Se encuentra estacionado frente a la casa de los nuevos vecinos, una pareja que se trasladó al barrio hace algo menos de seis meses. Martín y Luciana, dos chicos jóvenes que han caído en gracia en la comunidad. Nada más instalarse, invitaron a los vecinos a un asado en su quincho, ganándose el favor de muchos de ellos. Siempre están dispuestos a ayudar en lo que se les pida. Son personas muy agradables en el trato, no generan problemas y son muy trabajadores, salen todas la mañanas bien temprano y regresan a media tarde. Hace un par de semanas que no se ve a Luciana, parece ser, según comenta Martín, que ha tenido que irse unos días a ayudar a su familia, que vive en el campo.

De repente, se abre la puerta de la casa, salen dos tipos con paso acelerado, se dirigen hacia el vehículo. No han llegado aún, cuando cruzan el umbral de la puerta otros tres hombres, uno de ellos tiene los brazos en la espalda, como si estuviera esposado y es llevado de los brazos por los otros dos. Tiene la cabeza tapada, camina medio rengo y tiene la ropa llena de sangre. Los dos primeros en salir, se han sentado en los asientos delanteros y han puesto el vehículo en marcha. Los otros dos se disponen en la parte trasera, con el hombre golpeado entre ambos. Entran holgados, es un auto ancho. No bien suben, arranca el vehículo. Nadie ha visto nada, nadie ha oído nada.

A estas horas no hay tránsito y llegar a las entrañas de la ciudad demora menos de media hora. Tiempo que aprovechan los cuatro hombres para comentar como se ha desarrollado el operativo, lugares comunes con otros que ya han realizado. Martín es perfectamente consciente de lo que ha sucedido e imagina lo que le depara el futuro. Por si tenía alguna duda, frases dirigidas a él del tipo “bueno Martincito ahora no vas a contar algunas cosas que queremos saber”; “ya sabemos bastante, tu amiguita Luciana ya cantó”; “ya verás cómo nos cuentas, somos muy persuasivos”; “tenemos unos amiguitos que hacen que los hijos de puta como tú hablen”. En estas, llegan a un edificio en la calle Lacarra, donde entran el vehículo. Estacionan en su plaza y bajan a Martín, que sale a trompicones, entran por una puerta y desaparecen. No se volverá a saber nada de Martín.

Quedarán su sangre y sus huellas por siempre en el vehículo, entremezcladas con las dejadas por Martina, Emiliano, Calos, Malena, María. Muchos han pasado ya por ese confortable pero frío y oscuro asiento. Siempre flanqueados por dos tipos que les van mentalizando, les vejan, les insultan. En el asiento del automóvil de al lado, está el recuerdo de Mario, Marta, Florencia, Federico, incluso el de Juanito, que no sabe aún  lo que es una década. Y en el de al lado, y en el de al lado y así en los más de 20 que hay en este tétrico y oscuro lugar. Asientos distintos, ensamblados en la misma cadena de montaje, quizás por las mismas personas.

La puerta se vuelve a abrir. De nuevo cuatro personas, de nuevo hombres, de nuevo con armas al cinto, de nuevo llevan a alguien, de nuevo atada y encapuchada, de nuevo el mismo vehículo. Mientras dos de ellos acercan el “paquete”, los otros dos abren el baúl y sacan todo lo que había en este, varias escopetas de repetición del 12 de un solo cañón, tres metralletas PAM, una de esas armas livianas de fabricación nacional y dos FAL, subfusiles de largo alcance y de gran potencia, ese tipo de armas que no gustaban a los rusos porque mataban en lugar de herir. Por último, varios cargadores y 7 granadas de expansión. A la vez, habían abierto el baúl del automóvil contiguo, para depositar lo extraído del primero. En el trasiego del traslado, en tono jocoso y divertido, le pregunta el uno al otro.

  • ¿Che, boludo, como voy a diferenciar después a mi niña cuando la quiera recuperar?
  • ¡Callá pelotudo, callá!
  • Te lo digo en serio, con ella me baje a más de uno de esos hijos de las remil putas. Le agarré cariño.
  • Dejá de hinchar, son todas iguales pelotudazo.
  • No, pero …
  • ¡Callá, carajo!, y ayudá a meter el paquete en el baúl. Mientras cierro el baúl del otro auto.

Una vez el “paquete” en el baúl y los cuatro subidos al vehículo, lo ponen en marcha y parten. A esta hora el tránsito hace imposible la circulación, a lo que hay que sumar el calor y la humedad típica de la ciudad que a estas horas se hacen notar. Así son las cosas y no queda más que armarse de paciencia. Estas circunstancias, no son precisamente el centro de los pensamientos de uno de los pasajeros

El trayecto se alarga por espacio de dos horas, debido a la congestión, tiempo en el cual se recorren concurridas calles, cruzándose decenas de miles de iguales sin que nada altere el transcurso marcado, son cuatro tipos en el vehículo más popular del momento. Hay miles como ese, que más dará que vayan en el 1, 2 o 4 personas.

Han tenido que salir del centro y tomar la autopista … rebasar los arrabales de la ciudad y llegar a lo que en esta ciudad se considera el conurbano, donde como sucede en las grandes metrópolis habitan más personas que en la propia urbe. La salida que toman desemboca directamente en su lugar de destino, en cuya entrada hay una barrera flanqueada por dos garitas donde impertérritos dos militares hacen guardia con el fusil entre las manos, tras intercambiar unas frases y mostrar las credenciales, les permiten el paso. Entre las garitas y el edificio al que se dirigen hay una playa de estacionamiento llena de vehículos, pero curiosamente hay dos espacios vacíos en la puerta trasera por la que entrarán. Estacionan el auto marcha atrás con la intención de dejar el baúl cerca de la puerta y se facilite la descarga del “paquete”.

Este estacionamiento es distinto, más amplio, descubierto, rodeado de autopistas, lo que lo convierte en un lugar difícilmente observable. Al igual que sucedía en el otro estacionamiento un modelo de vehículo destaca por encima del resto, de nuevo nuestro auto se encuentra rodeado de iguales, iguales que como sucedía en el otro aparcamiento guardan en su tapicería huellas imborrables.

Al cabo de unas horas salen los cuatro hombres. Hablan distendidamente y no muestran preocupación alguna, entran en el vehículo lo arrancan y se van. La noche ha caído y la fluidez del tránsito les permite regresar a su lugar de origen en 25 minutos. Cuando llegan, estacionan en su lugar y se bajan, uno de ellos que parece ser el que está al mando, le indica al que anteriormente se mostraba compungido por lo que le sucedería a su niña:

 

  • Romero andá a buscar a tu niña y de paso volvé también las otras al baúl.
  • Bueno, ahora mismo.

 

Una vez acaba la tarea, desaparece tras la puerta. La cual, permanece cerrada hasta que comienzan a despuntar los primeros rayos de sol del día siguiente. De nuevo cuatro hombres, de nuevo un operativo, de nuevo el mismo vehículo. A quien le tocará hoy, se dará alguien cuenta. De un tiempo a esta parte parece que nadie quiere ver, nadie quiere oír, parece que nada pasa.

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