Sobre Daesh y sus hermanas

Elias Khoury, escritor y pensador libanes, nos da las claves del surgimiento de Daesh, no aludiendo solo a factores externos, sino analizando el fracaso de la izquierda en el mundo árabe. El título es un juego con uno de los temas de la gramática árabe, quizá porque al igual que Daesh, sigue una lógica propia que cambia la sintaxis de la frase, o de la región. El texto original del 13 de octubre en Al-Quds puede encontrarse aquí.

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“La victoria de la revolución iraní en 1979 provocó una situación de éxtasis revolucionario entre los jóvenes libaneses y palestinos en Beirut, ciudad a la que inundó el lema: “Hoy, Irán; mañana, Palestina”, en carteles pegados a los muros de la misma.

En aquel momento, la revolución palestina y sus aliados libaneses de izquierdas, vivían una crisis de horizonte político, tras la entrada militar siria en Líbano, el asesinato de Kamal Jumblatt y el fin del sueño de la victoria nacional en la guerra civil libanesa: El peso militar palestino regresó al sur, mientras que el movimiento nacional comenzó a tambalearse bajo la represión del régimen sirio. Así, sus filas comenzaron a dividirse, especialmente en el sur, con el ascenso del movimiento Amal, marco chií aliado del régimen sirio.

La revolución iraní llegó como una sorpresa que trastocó todos los esquemas, y como un indicador temprano de la caída de la utopía socialista que sería sustituida por la islamista. Tuve la oportunidad de ir a Teherán con una gran delegación palestina presidida por Yasser Arafat, ciudad en la que me asaltaron sentimientos encontrados. Por una parte, caí en el efecto de la magia de Jomeini, su carisma y su capacidad de dirigir una de las más grandes revoluciones populares de la historia contemporánea; por otra, sentí frustración, especialmente tras reunirme con mis compañeros de izquierdas de las organizaciones Fedayan-e Khalq y Mujahedin-e Khalq, que tenían mucho miedo a que los clérigos dominaran la revolución. Un miedo que pronto se hizo realidad, al ser eliminados ambos grupos y cometerse el genocidio de grupos de izquierdas independientes, destruirse el partido comunista Tudeh y acabarse con el Movimiento de Liberación de Irán, una de las formas de acción islámica progresista, influida por el pensamiento de Ali Shariati.

La tormenta de la revolución iraní supuso para muchos de nuestros compañeros palestinos y libaneses una salida de su crisis de pensamiento, y comenzaron las llamadas a adoptar la opción islámica como medio para volver a construir su relación con las masas, y como nuevo marco de pensamiento tras el colapso del marxismo –sobre todo en su versión maoísta- fracasada la revolución cultural y desplomada la Banda de los Cuatro, el bloque de Mao en el Partido Comunista chino.

Si no hubiera sido por el deslizamiento ideológico hacia el islam, no se habría vivido la experiencia del Movimiento Tawhid en Trípoli, que terminaría con una serie de asesinatos que culminaron con el del destacado líder popular tripolitano Jalil ‘Akawi “Abu Arabi”. La islamización izquierdista de Fath liderada por Munir Shafiq y un cuadro de efectivos e intelectuales, no logró solucionar la situación de aislamiento de la izquierda, a pesar de que había ofrecido un gran modelo de lucha y muchas víctimas: Abu Hasan Qasim, Marwan, Hamadi, etc. Pero pronto llegaron los propios islamistas al campo, desde la Yihad Islámica a Hamas, y con Al-Qaeda, la escena cambió radicalmente, especialmente tras la ocupación estadounidense de Iraq. Además, apareció un nuevo factor para darle a la lucha un cariz de barbarie: la pugna confesional suní-chií, que se expandió como la pólvora, revelando que la utopía islamista no era más que una forma de autodestrucción y suicidio social.

Sin embargo, la cultura política laica y de izquierdas se negó a ver, o era incapaz de ver la profundidad de la tesitura. El Partido Comunista iraquí, atrofiado debido a la represión de Saddam y como resultado de la crisis de desintegración que afectó a la izquierda tras la caída del Imperio Soviético, se unió al Consejo de Gobierno que crearon los estadounidenses y dejaron a Abu Mus’ab al-Zarqawi, y con él a Al-Qaeda, la misión de resistir a la ocupación estadounidense. Por otra parte, el partido chií Dawa comentó a prepararse para su acceso a la autoridad en Iraq bajo la ocupación.

No vimos dónde nos llevaba el inevitable desplome de las dictaduras anunciado por las revoluciones de la Primavera Árabe. Lo más probable es que las corrientes políticas laicas pensaran que los modelos tunecino y egipcio serían los dominantes, dos modelos basados en el apoyo del movimiento popular en el Estado para derrocar la dictadura. En Túnez, el ejército fue apartado y la movilización popular se apoyó en la tradición sindicalista y laica. En Egipto, el movimiento popular aceptó la salida ofrecida por el ejército y se echó a un lado.

Las excepciones tunecina y egipcia, con sus diferencias y debilidades, no pueden aplicarse en los países que no tienen ejército, como Libia o Iraq, o donde su ejército se ha convertido en una milicia de la autoridad, como en Siria. Por ello, Siria entró en una guerra civil, seguida por Libia. Y en la guerra civil se ha creado un modelo islámico que imita a los iraníes y a Hezbollah, pero desde su opuesto suní. Así, nuestros países se han convertido en un escenario de luchas regionales que han encontrado su expresión local más perfecta en Al-Nusra, Daesh y sus hermanas.

Lo instrumentos de la guerra civil apartaron a los jóvenes de las revoluciones de la revolución. Por ejemplo, las coordinadoras sirias ya no tienen nada con qué responder a la máquina de represión salvaje empleada por el régimen, y el ESL, al que nadie apoya, ha comenzado a desintegrarse en beneficio de los islamistas, a los que llega con profusión el dinero del Golfo y a quienes se les han abierto la fronteras turcas.

El echar a los revolucionarios de las revoluciones es la desgracia que viven nuestros países hoy, que se desploman entre el puño de la dictadura y el de Daesh, dos puños que se mueven bajo un cielo ocupado por los aviones de la coalición internacional estadounidense, que no tiene un objetivo concreto y que bien puede convertirse en un mecanismo de desintegración debido a las contradicciones que lo azotan.

No es culpa de Daesh y sus hermanas que no tuviéramos vista, sino que la culpa es de la incapacidad de las fuerzas de cambio, en todas sus corrientes, de materializar un proyecto nuevo tras la caída de la utopía de la izquierda y su desintegración. Así que vino Daesh para llenar un vacío político y espiritual con la ilusión del Estado del Califato, que no es más que un proyecto de interminables guerras civiles y regionales.

No se trata de una burbuja venida de la nada, sino que es el resultado de la derrota de las fuerzas del cambio, y por ello no ha de extrañar que los oficiales de Daesh atraigan a los baasistas expulsados del ejército iraquí tras su disolución, ni tampoco ha de resultar sorprendente que se convierta en un elemento de atracción internacional, en un tiempo posmoderno y pos-valores producto del neoliberalismo. Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente es que la desgracia que vivimos no constituya el principio de una nueva conciencia que empiece a materializar un proyecto alternativo.
Y aquí hay que llamar la atención sobre lo que sucede en Palestina tras la victoria de la perseverancia resistente en Gaza. Los palestinos que viven el horror de la ocupación saben que puede estar acechándoles un horror mayor, el horror de su incapacidad de lograr la unidad en la lucha con un proyecto de resistencia que los englobe a todos, y permita que la diferencia y la pluralidad de islamismos y laicismos sea un factor de unión, no de enfrentamiento.

La nueva apuesta árabe empieza en Palestina, y los palestinos han de saber que la responsabilidad de quien posee la brújula de la zona debe ofrecer un modelo para salir del abismo de la desintegración”.

Traducción del árabe: Naomí Ramírez Díaz

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