La segregación identitaria en un estado etno-religioso. El caso de Israel

El Historiador israelí Shlomo Sand, en su magnifica obra “La invención del Pueblo Judío”, publicado en 2008, en su prefacio de la edición inglesa expresaba:

“Israel no puede ser descrito como un Estado democrático mientras se considere a sí mismo como el Estado del “pueblo judío”, en vez del órgano que representa a todos los ciudadanos dentro de sus fronteras reconocidas (sin incluir los territorios ocupados). A principios del siglo XXI el espíritu de las leyes de Israel indica que el objetivo del Estado es servir a los judíos, en vez de a los israelíes, y proporcionar las mejores condiciones para los supuestos descendientes de este ethnos en vez de para todos los ciudadanos que viven en él y hablan su lengua. De hecho, cualquiera que tenga una madre judía puede tener lo mejor de los dos mundos: es libre para vivir en Londres o Nueva York con la confianza de que el Estado de Israel es suyo, incluso aunque no desee vivir bajo su soberanía. Sin embargo, cualquiera que no proceda de entrañas judías y que viva en Jaffa o Nazaret sentirá que el Estado en que ha nacido nunca será suyo” 1.

Luego en el marco de lo que denomina “Identidades en Movimiento”, comienza narrando tres historias, vinculadas por diferentes cuestiones a su propia vida. Utiliza las historias de vida para retratar de manera didáctica la práxis, presuntamente multicultural, con la que el Estado Israelí, que se define como “Estado judío” (no hebreo, ni israelí a secas), estratifica a sus habitantes, y en el caso de los considerados “no judíos”, hay un desigual acceso a derechos, al no ser “nacionales”, aun cuando se trate de la población autóctona. Ello, porque el derecho está basado en la idea de un pueblo judío que es a la vez raza/nación, y por lo tanto y como tal, es quien detenta el poder y el derecho a reconocimiento de nacionalidad plena. Luego estarían “los que sobran”.

Quisiera comenzar con una síntesis de las historias de vida que nos relata Sand, para comprender mejor un relato nacionalista donde, paradójicamente,  la discriminación, se muestra como pluralismo

Primer relato: Dos abuelos emigrantes

“Su nombre era Shulek. Más tarde en Israel se le llamó Shaul. Nacido en Lodz, Polonia en 1910, de convicciones comunistas, vivió el gaseamiento de su familia por los nazis. Cuando los refugiados que huían del horror alcanzaron el área ocupada por los soviéticos, Shulek sabía de sobra que no tenía que presentarse como comunista: Stalin acababa de eliminar a los dirigentes del comunismo polaco. En vez de ello, Shulek cruzó la frontera germanosoviética con su vieja y nueva identidad, la de un judío confeso. En aquel momento la URSS era el único país dispuesto a aceptar refugiados judíos, aunque mandaba a la mayoría de ellos a sus regiones asiáticas. Shulek y su mujer fueron afortunados al ser enviados a Uzbekistán. En 1945 Shulek y su mujer regresaron a Polonia, pero, incluso sin la presencia del ejercito alemán, el país continuaba rechazando a los judíos. Una vez más, el comunista polaco se quedó sin una patria. Junto a su mujer y dos niños pequeños acabó en un campo de refugiados en las montañas de Baviera. Allí se encontró con uno de sus hermanos que, a diferencia de Shulek, rechazaba el comunismo y apoyaba el sionismo. Ironías de la historia, mientras que el hermano sionista obtuvo un visado para Montreal donde permaneció el resto de su vida, Shulek y su pequeña familia fueron trasladados por la Agencia Judía a Marsella, desde donde embarcaron hacia Haifa a finales de 1948.

En Israel, Shulek vivió como Shaul, aunque nunca se convirtió en un verdadero israelí. Incluso su carnet de identidad no lo clasificaba como tal. Desde la década de los sesenta el Estado hacía constar una religión para todos los ciudadanos, incluyendo a los que explícitamente eran no creyentes, y el de Shulek lo definía como judío por nacionalidad y religión. Sin embargo, él siempre fue más comunista que judío, y más yiddishta que polaco. Aunque aprendió a comunicarse en hebreo, no se preocupaba demasiado por el lenguaje y continuó hablando en yiddish con la familia y los amigos.

Shulek sentía nostalgia por la “tierra yiddish” de Europa del Este y por las ideas revolucionarias que habían bullido y fermentado allí antes de la guerra. En Israel, sentía que estaba robando la tierra de otro pueblo; aunque no fuera obra suya, continuaba considerándolo un robo. Su evidente distanciamiento no se debía al menosprecio que le mostraban los nacidos sabras, sino el clima del país. El cálido soplo del viento de Levante no iba con él y sólo intensificaba su añoranza de las fuertes nevadas que cubrían de blanco las calles de Lodtz. La nieve polaca lentamente se derritió en su memoria hasta que finalmente cerró los ojos. En su entierro, sus viejos camaradas cantaron la Internacional.

Bernardo nació en Barcelona en 1924 y años después pasaría a llamarse Dov. Su madre, como la de Shulek, fue toda su vida una mujer religiosa, aunque asistiera a una iglesia en vez de a una sinagoga. Sin embargo, su padre había abandonado pronto cualquier preocupación seria por el alma y, como muchos otros obreros metalúrgicos de la rebelde Barcelona, se convirtió en Anarquista. Después de 1944, tuvo que refugiarse en Francia, donde trabajó como minero, y luego embarcó como polizón hacia México, siendo detenido en Nueva York y devuelto a Europa con grilletes.

En 1948, estando en Marsella, sin tener una mínima conexión con el judaismo o el sionismo, idealizando las ideas cooperativistas de los kibbutz, se embarca a Haifa y es enviado rápidamente al frente de batalla en el valle de Latrun. Sobrevivió a aquella batalla y contrajo matrimonio con la mujer de su vida, que conoció en un Kibbutz. Fueron unidos en matrimonio junto a otras parejas, por un rabino, en un apresurado ritual.

Sin embargo, el Ministerio del Interior pronto descubrió que se había cometido un grave error: Bernardo, ahora conocido como Dov, no era judío. Aunque no se anuló su matrimonio, Dov fue convocado a una reunión formal para clarificar su verdadera identidad. En la oficina gubernamental a la que se le envió se sentaba un funcionario que llevaba un bonete negro en su cabeza. En aquel tiempo, el partido religioso-sionista Mizrahi, que ocupaba el Ministerio del Interior, era cauto y vacilante. Todavía no insistía en los territorios “nacionales” o en la política de exclusión identitaria.

La conversación entre los dos hombres transcurrió como sigue:

  • Usted no es judío –dijo el funcionario.

  • Nunca dije que lo fuera –replicó Dov.

  • Tendremos que cambiar su inscripción -dijo con indiferencia el funcionario.

  • No hay ningún problema -acordó Dov-, adelante.

  • ¿Cuál es su nacionalidad?

  • ¿Israelí? -sugirió Dov.

  • No existe semejante cosa -afirmó el funcionario.

  • ¿Por qué?

  • Porque no existe una identidad nacional israelí -el funcionario del Ministerio dijo con un suspiro- ¿Donde nació usted?

  • En Barcelona.

  • Entonces pondremos “nacionalidad: española”.

  • Pero yo no soy español. Soy catalán y me niego a ser clasificado como español. Contra eso es contra lo que luchamos mi padre y yo en los años treinta.

  • El funcionario se rascó la cabeza. No sabía mucho de historia, pero respetaba a la gente.

  • Entonces pondremos “nacionalidad: catalán”.

  • ¡Muy bien! -dijo Dov.

Así Israel se convirtió en el primer país del mundo en reconocer oficialmente la nacionalidad catalana.

  • Ahora dígame. ¿Cual es su religión?

  • Soy laico y ateo.

  • No puedo escribir “ateo”. El Estado de Israel no reconoce esa categoría. ¿Cual era la religión de su madre?

  • La última vez que la vi todavía era católica.

  • Entonces escribiré “Religión: cristiana”, dijo el funcionario con alivio.

Pero Dov, normalmente una persona tranquila, estaba empezando a impacientarse.

  • No llevaré una tarjeta de identidad que diga que soy cristiano. No sólo se opone a mis principios, también ofende la memoria de mi padre que era un anarquista que quemó iglesias durante la guerra civil.

El funcionario volvió a rascarse la cabeza, valoró las opciones y encontró una solución. Dov abandonó la oficina del Ministerio con una tarjeta de identidad azul que declaraba que tanto su nacionalidad como su religión eran la catalana.

A su debido tiempo, ambos emigrantes, Shulek y Bernardo, compartieron nietas israelíes.”

Segundo relato: Dos amigos “nativos”.

Ambos protagonistas del relato se llaman Mahmoud.

“El primer Mahmoud nació en Jaffa en 1945. En la década de los cincuenta todavía había algunos barrios árabes cuyos habitantes no habían huido a Gaza durante los combates y a los que se les permitía continuar viviendo en su ciudad natal. Este Mahmoud creció en los empobrecidos callejones de la ciudad, mayoritariamente poblada por emigrantes judíos. A diferencia de la población de la llanura de Sharon y de Galilea, los palestinos de Jaffa habían quedado reducidos y huérfanos; pocos de los habitantes originales de la ciudad se quedaron para proseguir con una cultura independiente, y la sociedad inmigrante se negaba a tratar o a integrarse con ellos.

Una válvula de escape del pequeño y estrecho gueto de la Jaffa árabe era el Partido Comunista Israelí. El jóven Mahmoud se unió a su movimiento juvenil donde encontró a israelíes de su misma edad. El movimiento también le permitió aprender hebreo bien y viajar y familiarizarse con “Eretz Israel”, que todavía era bastante pequeño. Además, lo llevó más allá de la insuficiente educación que había recibido en la escuela árabe y, estudió a Engels y a Lenin y trató de leer a los escritores comunistas de todo el mundo. Le gustaban sus jóvenes instructores israelíes y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus camaradas.

Mahmoud se hizo amigo de un chico israelí un año más jóven que él. Compartían una actitud y Mahmoud ayudó a su amigo a hacer frente a la intensa y desafiante vida callejera de Haifa. Su fortaleza física hacía que su joven amigo se sintiera seguro, mientras que la afilada lengua de este último en ocasiones le venía bien a Mahmoud. Crecieron muy unidos y compartieron sus secretos más íntimos. Su amigo supo que el sueño de Mahmoud era que lo llamaran Moshe y ser aceptado como uno más. Algunas tardes, mientras vagaban por las calles, Mahmoud se presentaba a sí mismo como Moshe, y conseguía convencer a tenderos y vendedores ambulantes de su judaísmo. Pero no podía mantener la identidad judía durante mucho tiempo y siempre volvía a ser Mahmoud. Su orgullo tampoco le permitía dar la espalda a su familia.

Como árabe, Mahmoud tenía la ventaja de estar exento del servicio militar. Sin embargo, su amigo recibió una carta de alistamiento que amenazaba con separarlos. Un fin de semana de 1964 se sentaron el la preciosa playa de Jaffa y se dedicaron a especular con el futuro. Dejando volar la fantasía, decidieron que, tan pronto como el amigo terminara su servicio militar, se dedicarían a viajar por el mundo, y quizá, si tenían suerte, no tendrían que regresar a Israel. Para sellar esta profética resolución, cuidadosamente se hicieron un corte en la palma de la mano, las estrecharon y como un par de niños pequeños se prometieron realizar juntos el gran viaje.

Mahmoud esperó más de dos años y medio a que el joven terminara su servicio militar. Pero el amigo regresó cambiado, en sus amores, emocionalmente coartado, confundido. Aunque recordaba su pacto, se mostraba vacilante: la efervescencia de Tel Aviv lo atraía y resultaba demasiado difícil resistir sus abundantes tentaciones. (…) Así que Mahmoud se rindió, reunió su dinero y se marchó. Atravesó Europa despacio, dejando cada vez más atrás Israel hasta que llegó a Estocolmo. Empezó a trabajar en una empresa de ascensores y se convirtió en un técnico instalador.

Pero durante los largos inviernos del norte todavía soñaba con Jaffa. Cuando quiso casarse, regresó al lugar que una vez había sido su tierra natal pero que la historia había decidido, cuando él tenía tres años, que iba a dejar de serlo. Encontró a la mujer adecuada, se la llevó a Suecia y allí formó con ella una familia. De alguna manera, el palestino de Jaffa se convirtió en un escandinavo y sus hijos crecieron hablando sueco. Ellos enseñaron a su madre el idioma nativo. Mucho tiempo antes, Mahmoud había dejado de desear que su nombre fuera Moshe.

El otro Mahmoud nació en 1941, en un pequeño pueblo, hace mucho desaparecido, cerca de Acre. En 1948 se convirtió en un refugiado cuando con su familia llegó a líbano huyendo de los combates y su lugar de nacimiento quedó arrasado. Sobre sus ruinas se levantó un próspero pueblo judío. Una noche sin luna, después de la guerra, Mahmoud y su familia silenciosamente cruzaron de vuelta la frontera y se encaminaron hacia la casa de unos parientes en el pueblo de Jadida, en Galilea. De esta manera Mahmoud pasó a formar parte de aquellos que durante muchos años estaban clasificados como “absentistas presentes”: refugiados que habían permanecido en su país de nacimiento pero habían perdido su tierra y sus posesiones. Este segundo Mahmoud era un niño soñador, con talento, que solía entretener a sus profesores y amigos, con su elocuencia e imaginación. Como el primer Mahmoud, se unió al Partido Comunista y pronto se hizo famoso dentro de sus filas como periodista y poeta. Se trasladó a Haifa, que entonces era la ciudad de Israel con mayor mezcla de judíos y árabes. Allí se encontró con hombres y mujeres jóvenes israelíes, y su poesía atrajo cada vez más público. Su atrevido poema “tarjeta de Identidad”, escrito en 1964, entusiasmó a toda una generación de jóvenes árabes, tanto de dentro de Israel como más allá de sus fronteras. El poema empieza con un orgulloso desafío a un funcionario del Ministerio del Interior israelí:

¡Anota!

Soy un árabe

y el número de mi tarjeta de identidad es el cincuenta mil

Tengo ocho hijos

y el noveno llegará después del verano.

¿Te vas a enfadar?

Israel obligaba a que sus ciudadanos indígenas no judíos llevaran una tarjeta de identidad en la que su nacionalidad se recogía no como palestina o israelí, sino como árabe. Paradójicamente, de esta manera Israel se convirtió en uno de los poquísimos países del mundo que reconocían no solamente la nacionalidad catalana, sino también la árabe (…) Mahmoud pronto fue etiquetado como sedicioso. En la década de los sesenta Israel todavía temía más a los poetas que a los shahheds (mártires). Sufrió repetidas detenciones, fue sentenciado a arresto domiciliario y durante bastantes periodos se le prohibió abandonar Haifa sin permiso de la policía. Sufrió la persecución y las restricciones con una sangre fría más que poética, y se consoló con los amigos que peregrinaban a su piso en el barrio Wadi Nisnas de Haifa.

Entre sus alejados colegas, se encontraba un joven comunista de Jaffa. Este camarada no sabía hablar árabe, pero las traducciones al hebreo de los poemas de Mahmoud encendieron su imaginación y lo encaminaron hacia la literatura. Una vez licenciado del ejército, viajaría a Haifa de vez en cuando para visitar al poeta. Sus conversaciones no solamente fortalecían su fe en la lucha sino que también eran una útil disuasión contra escribir versos pueriles.

A finales de 1967, el joven visitó de nuevo Haifa. Cuando participó en la conquista de Jerusalén Este, tuvo que disparar sobre el enemigo e intimidar a sus aterrorizados habitantes. Los israelíes estaban intoxicados por la victoria; los árabes estaban ahogados en la humillación. El joven amigo de Mahmoud se sentía mal y olía mal con el hedor de la guerra. Deseaba abandonar todo y dejar el país. Pero también quería un último encuentro con el poeta al que admiraba.

Durante los combates en la Ciudad Santa, Mahmoud fue esposado y conducido a la cárcel por las calles de Haifa. El soldado lo vio después de su liberación. Pasaron una noche de borrachera, sin acostarse, inmersos en los vapores del alcohol detrás de ventanas empañadas por el humo del tabaco. El poeta trató de persuadir a su joven admirador para que se quedara y resistiera, en vez de huir a ciudades extrañas y abandonar su común tierra natal. El soldado dejó que saliera toda su desesperación, su repugnancia por la atmósfera de triunfalismo, su distanciamiento del suelo sobre el que había derramado sangre inocente. Al final de la noche acabó vomitando. A mediodía el poeta lo despertó con una traducción de un poema que había escrito al amanecer, “un soldado sueña con lirios blancos”.

En 1968 un poema palestino sobre un soldado israelí capaz de sentir remordimientos por su propia violencia y por haber perdido la cabeza durante la batalla, un soldado capaz de sentirse culpable por tomar parte en la conquista de la tierra de otros, se percibía en el mundo árabe como una traición; semejante soldado no existía. El poeta de Haifa fue rotundamente reprobado, incluso acusado de colaboración cultural con el enemigo sionista. Pero no por mucho tiempo; su prestigio continuó creciendo y pronto se convirtió en un símbolo de la orgullosa resistencia de los palestinos en Israel.

Finalmente, el soldado abandonó el país, pero el poeta lo había hecho antes que él. Ya no podía seguir asfixiado por la policía, sometido a una continua persecución y acoso. Las autoridades israelíes rápidamente derogaron su cuestionable ciudadanía. Nunca olvidaron que el atrevido poeta fue el primer árabe en Israel en hacer pública su propia tarjeta de identidad, cuando se suponía que no tenía ninguna identidad en absoluto.

El poeta viajó de una capital a otra, mientras crecía su fama. Por último, durante la efímera iniciativa de Oslo, se le permitió regresar y establecerse en Ramallah, en la Ribera Occidental. Pero se le prohibió la entrada en Israel. Solamente cuando falleció un compañero poeta, las autoridades transigieron y permitieron a Mahmoud pasear unas horas su mirada por los escenarios de su infancia. Ya que no llevaba explosivos. Posteriormente se le permitió entrar unas cuantas veces más.

Mientras tanto, el soldado pasó muchos años en París, estudiando y paseando por sus bellas calles, pero finalmente fue flaqueando. A pesar de su distanciamiento, lo invadía la añoranza por la ciudad en que había crecido y por ello acabó regresando al doloroso lugar donde se había forjado su identidad. Su tierra natal, que afirmaba ser el “Estado del Pueblo judío” lo recibió de buen grado.

En cuanto al poeta rebelde que había nacido en aquel suelo, y al viejo amigo que había soñado con llamarse Moshe, el Estado era demasiado cerrado como para incluirlos a ellos.

Por si no lo habéis imaginado, el Mahmoud poeta al que se refiere al autor es nada menos que el afamado Mahmoud Darwish.

Tercer relato: dos estudiantes (no) judías:

La primera nació y creció en París y recibió el nombre de Gisele, en recuerdo a su abuela. Era una chica animada e impetuosa cuya primera reacción siempre era decir que no. Sin embargo, era una estudiante excelente, aunque a duras penas tolerada por los profesores. Sus padres la disculpaban en todo, incluso cuando de repente decidió estudiar la Lengua Sagrada. Ellos esperaban que hubiera sido una científica, pero a ella se le metió en la cabeza vivir en Israel. Estudió Filosofía en la Sorbona y aprendió yiddish y hebreo al mismo tiempo. Eligió el yiddish porque era la lengua que hablaba su abuela, a la que nunca conoció, y el hebreo porque quería que fuera la lengua de sus futuros hijos.

Su padre había sido recluido en los campos de internamiento. Se salvó gracias sobre todo a la ayuda de prisioneros alemanes, y así tuvo la fortuna de poder regresar a París después de la guerra. Su madre, Gisela, que había sido detenida con él en el verano de 1942, fue enviada directamente de Drancy a Auschwitz. No sobrevivió. Él se unió al Partido Socialista Francés donde conoció a su futura mujer. Tuvieron dos niñas y a una de ellas le llamó Gisele.

Ya en el liceo, Gisele era una anarquista asociada con los remanentes de los grupos de mayo del 68. Cuando cumplió los diecisiete, repentinamente anunció que era sionista. (…) Sabía que muchos de los que habían sobrevivido a los campos de exterminio se habían ido a Israel pero que su abuela había perecido. Gisele buscaba mujeres judías que le recordaran a ella y se preparó para realizar la aliyah. (…)

Gisele había estado en la Agencia Judía para organizar su viaje a Israel. Allí le dijeron que podía estudiar en la Universidad Hebrea de Jerusalén y podía acogerse a los habituales beneficios de la emigración pero que no sería considerada judía a menos que se convirtiera al judaísmo. Gisele, que siempre había insistido en que ella era judía y que estaba orgullosa de su típico apellido judío, sabía que su madre, a pesar de su total identificación con su marido, era una gentil. También sabía que para la religión judía la identidad religiosa de una criatura procede de la madre, pero había considerado que se trataba solamente de un pequeño detalle burocrático. Siendo joven e impaciente, y estando convencida de que la historia de la familia de su padre proporcionaba suficiente base para su autoidentificación, había esperado que esas cuestiones se resolvieran con facilidad.

Con impertinencia, en francés, había preguntado al funcionario de la Agencia Judía si él era un creyente. Le contestó que no. Entonces le preguntó cómo una persona no religiosa, que se consideraba a sí misma como judía, podía aconsejar a otra persona no religiosa, que también se consideraba a sí misma judía, que se convirtiera al judaísmo para poder unirse al pueblo judío y a su país. El representante del pueblo judío replicó secamente que así era la ley, añadiendo que en Israel a su padre no se le habría permitido casarse con su madre ya que sólo se permitía el casamiento religioso. De repente Gisele comprendió que, por así decirlo, ella era una bastarda nacional. Aunque pensaba en sí misma como una judía y aunque al volverse sionista estaba considerada por otros como judía, no era lo suficientemente judía como para satisfacer al Estado de Israel.

Gisele no quiso considerar la conversión. No soportaba a los clérigos de ninguna creencia y, habiendo oído hablar sobre la vergüenza y la hipocresía que existía en torno a la conversión al judaismo ortodoxo, retrocedió con repugnancia. Todavía quedaban huellas del anarquismo radical en su personalidad y sin demora tachó a Israel de la lista de destinos deseables. Decidió no emigrar al Estado del pueblo judío y renunció a aprender hebreo.

Después de haber realizado en francés la conversación final con su profesor israelí, acabó diciendo, con un marcado acento hebreo: “Gracias por todo, hasta la vista o tal vez adios”.

El profesor pensó que podía discernir una entoncación yiddishta en su voz. Después de todo, ella había aprendido yiddish. No volvió a saber de ella. Años más tarde se encontró su nombre en un respetable periódico de París. Había escrito un artículo sobre el comportamiento de Israel en los territorios ocupados; bajo su nombre se la presentaba como psicoanalista. Sin duda muchos judíos franceses la clasificaron inmediatamente como una judía que se aborrecía a sí misma, mientras que los antisemitas probablemente pensaron que la suya era una profesión típicamente judía.

La otra estudiante, de nombre Larissa, nació en 1984 en una pequeña ciudad de Siberia. A principios de la década de los noventa, poco después del colapso de la Unión Soviética, sus padres emigraron a Israel donde fueron enviados a una de las así llamadas ciudades en desarrollo de la Alta Galilea. Allí Larissa creció en medio de un equilibrado grupo de niños emigrantes e israelíes y pareció que se integraba bien. Empezó a hablar hebreo como cualquier sabra, y estaba contenta consigo misma y con su vida diaria en Israel. Algunas veces se disgustaba cuando la llamaban rusa y la hacían rabiar por el color rubio de su pelo, pero era así como los jóvenes locales trataban a los niños recién llegados.

En el año 2000, a la edad de dieciséis años, fue al Ministerio del Interior para obtener su primera tarjeta de identidad. Fue recibida cordialmente por una funcionaria que le entregó un impreso para rellenarlo. Cuando llegó a la pregunta sobre nacionalidad, ingenuamente preguntó si podía escribir “judía”. La funcionaria leyó su solicitud y, disculpándose, contestó que no. Ella estaba en la misma categoría que su madre y por ello debía cargar con el insultante tratamiento de “rusa”. Más tarde diría que en aquel momento sintió el mismo dolor que tuvo cuando le llegó la menstruación, algo que se produce por naturaleza y de lo que no te puedes librar.

Larissa no era la única chica en la ciudad que llevaba esta marca de Caín. En el colegio incluso formaron una hermandad de chicas no judías. Se apoyaban las unas a las otras e intentaban emborronar la información sobre la nacionalidad de sus tarjetas de identidad para hacerla ilegible, pero aquello no funcionaba y tenían que seguir llevando el documento incriminatorio. A los diecisiete todas se apresuraron en sacar el permiso de conducir, ya que allí no se detallaba la nacionalidad y podía sustituir a la tarjeta de identidad.

Entonces llegó el “Viaje a las Raíces” que organizaba la escuela a los campos de exterminio de Polonia. Surgió un problema. Para obtener el pasaporte Larissa tenía que presentar su tarjeta de identidad en el colegio. El miedo a que toda la clase descubriera su secreto, así como los limitados medios económicos de sus padres, la llevaron a renunciar al viaje. No llegó a ver Auschwitz, que gradualmente ha ido reemplazando a Masada como el lugar de formación de la memoria en la moderna identidad judía. Sin embargo, fue reclutada para el servicio militar y, aunque trató de utilizar su estatus nacional ruso para evitar su incorporación a filas, su solicitud fue denegada.

En realidad, el servicio militar le vino bien a Larissa. Por un momento se olvidó de la pequeña cruz que había recibido de su abuela materna cuando abandonó Rusia de pequeña. Una vez que se puso el uniforme, sintió que pertenecía a Israel y se convenció de que a partir de entonces se la tomaría por una israelí en todos los aspectos. Dio la espalda a la detestada y tambaleante cultura rusa de sus padres, eligiendo relacionarse solamente con sabras y evitando a los rusos. No había nada que la agradara más que se le dijera que no aprecia rusa, a pesar del sospechoso color de su pelo. Incluso llegó a considerar la posibilidad de convertirse al judaísmo y de hecho llegó a buscar al rabino militar, pero desistió en el último momento. Aunque su madre no era religiosa, Larissa no quería abandonarla en una identidad aislada.

Después de su servicio militar, Larissa se trasaladó a Tel Aviv y encajar en la animada y despreocupada ciudad fue fácil. Tenía una nueva sensación: la nacionalidad que se detallaba en su tarjeta de identidad no tenía importancia y su continuo sentimiento de inferioridad era simplemente una invención subjetiva. Sin embargo, algunas noches, cuando estaba enamorada de alguien, la acosaba una preocupación: ¿Qué madre judía iba a querer tener nietos no judíos de una nuera gentil, de una shickse?

Empezó a estudiar historia en la universidad. Allí se sentía bien y le gustaba pasar el tiempo en la cafetería de estudiantes. En su tercer año se matriculó en un curso titulado Naciones y nacionalismo en la Edad Moderna, después de oír que el profesor no era demasiado estricto y que el trabajo no era difícil. Más tarde se dio cuenta de que había nacido algo más que le llamó la atención.

Durante la primera clase, el profesor preguntó si alguno de los estudiantes presentes estaba registrado por el Ministerio del Interior como otra cosa que judío. No se levantó ninguna mano. El curso le resultó atractivo aunque algunas veces las lecciones eran aburridas y el profesor tendía a repetirse. Empezó a entender la naturaleza excepcional de la política de identidad israelí. Rememorando situaciones que había vivido en su crecimiento, las vio bajo una nueva perspectiva; tomó conciencia de que por su forma de pensar, si no por su ascendencia, ella era una de las últimas judías en el Estado de Israel.

Avanzado el semestre, cuando tuvo que elegir un tema para un ensayo, se acercó discretamente al profesor.

  • ¿Te acuerdas de la pregunta que hiciste el primer día de clase?

  • ¿A qué te refieres?

  • Preguntaste si alguno de los estudiantes presentes no estaba clasificado como judío. Yo tenía que haber levantado la mano, pero no fui capaz de hacerlo.

Después añadió con una sonrisa:

  • Se puede decir que una vez más fracasé en salir del armario.

  • Bueno, entonces escribe un ensayo sobre lo que te llevó a “aparentar”. Puede que me estimule para empezar a escribir un libro sobre una confusa nación que aparenta ser un errante pueblo-raza.

Su ensayo recibió una calificación alta. Fue el empujón final que rompió la barrera de la ansiedad y del conflicto mental.

A estas alturas el lector puede haberse imaginado que el profesor de Historia de Larissa en Tel Aviv también era el profesor de hebreo de Giselle en el lluvioso Paris. En su juventud fue amigo de Mahmoud, que se convirtió en el poeta nacional palestino. Este profesor era el yerno de Bernardo, el anarquista de Barcelona y el hijo de Shulek, el comunista de Lodz.

También es el autor de este conflictivo libro, escrito entre otras razones para poder intentar comprender la lógica histórica general que pueda subyacer en estos relatos sobre la identidad personal.1

La Manipulación étnico-nacionalista y la segregación de la población autóctona de Israel/Palestina:

Casos como el que con ironía destaca Sand, de que Israel fue el primer país en reconocer una “nacionalidad árabe” (atribuida a la población autóctona palestina) y una Catalana, a un emigrante procedente de la península Ibérica, como subterfugio para cumplir con una condición impuesta por las Naciones Unidas al momento de reconocer el Estado de Israel, que fue el que las poblaciones minoritarias (pensando en las palestinas) deberían tener derechos de ciudadanía, es un elemento de la gestión pública israelí. La cual mantiene, por un lado, a inmensos bolsones de población palestina bajo el estatuto de refugiados en territorios ocupados, o autónomos (si es que puede hablarse de autonomía), segregados y sin derechos, bajo ley marcial, en el caso de Gaza y Cisjordania, y sin control sobre sus fronteras, gestión financiera y recursos hídricos, entre otros.  La población que quedó “dentro de las fronteras del 48”, está bajo el régimen civil israelí, en algunos casos, como los palestinos jerosolimanos, “con tarjeta de residencia”, y en otros con pasaporte israelí, pero nacionalidades arbitrarias, dictadas ya sea por la política de gestión identitaria del Ministerio del Interior Israelí, o la discrecionalidad de los funcionarios, como vimos con el catalán-israelí. El modelo objetivamente, es similar en muchos aspectos al primer multiculturalismo, basado en guetos, para la “protección” de los “aborígenes”, en algunas colonias británicas, francesas, holandesas y belgas, modelo que se mantuvo hasta hace pocas décadas en Sudáfrica, famosa por las leyes de separación racial o “apartheid” y la creación de bantustanes, similares a los territorios ocupados en Palestina, donde la población tenía los movimientos restringidos y era sometida a una ley diferente a la de los ciudadanos de pleno derecho, blancos, con el argumento de las diferencias culturales (y el supuesto colonial de que las mismas se debían traducir en diferentes marcos legales y diferente grado de acceso a derechos y al poder, como subalternos en el caso de los nativos)

Es en este contexto que el día de ayer, la Agencia de Noticias Judías de México, publica, como un hito “democrático”, bajo el titular “Renace la Nación Aramea, y ocurre en Israel”, que “desde ahora todo cristiano en Israel podrá optar por colocar “Arameo/a” en su cédula de identidad”. También aporta el dato, dudoso por cierto, de que, mientras en el entorno musulmán (incluyendo la ciudad de Nazaret) la población cristiana casi ha desaparecido “En Israel, en cambio, es el único país en el Medio Oriente donde la comunidad cristiana crece. Lo ha hecho en un 1.000% desde 1948“.

También en este artículo, firmado por Marcelo Kisievski, se utilizan curiosas definiciones inexistentes, para referirse al mapa de la cristiandad en Israel (y la región): “Ahora se podrá hablar de tres iglesias o ramas cristianas israelíes: la Iglesia Aramea-Maronita (cuya mayoría se encuentra en el Líbano), la Iglesia Aramea-Católica, y la Iglesia Aramea-Ortodoxa.”

El artículo completo puede leerse en el siguiente enlace:

http://www.enlacejudio.com/2014/09/19/renace-la-nacion-aramea-ocurre-en-israel/

¿Profundización de la democracia o rizar el rizo de la etnicidad, para reproducir y  encubrir la desigualdad de derechos y el mantenimiento del poder en manos de un grupo étnico transestatal? 

Varias consideraciones al respecto:

Primero,  poner como ejemplo de política el consignar en documentos de identidad la etnia/raza o nación, de una persona, son prácticas que no suponen integración democrática, sino más bien segregación, siendo que, a la vieja usanza decimonónica, que favorecieron todo tipo de racismo, limpiezas étnicas, apartheid, o sumisión en condiciones de desigualdad y que están basados en “derechos de sangre”, han sido abolidos en la mayor parte del mundo democrático. Únicamente perviven en algunos regímenes semidemocráticos o totalitarios, como las monarquías totalitarias de Oriente Próximo,  y recuerdan al Apartheid sudafricano o al sistema segregacionista vigente en los Estados Unidos, hasta bien entrados los años 60, para vergüenza de ellos mismos y del mundo. Nunca el poner en un documento de identidad “nacionalidad” (étnica) y/o religión, supone un avance en reconocimiento de derechos o constituye un elemento democrático.

Segundo, porque se hace en un contexto de un Estado, que se define como “judío”, con lo cual, los habitantes autóctonos como estos palestinos entre cuyos antepasados sin duda hay arameos, pero también hebreos, filisteos, asirios, cananeos, etc. son considerados, al etiquetarlos como “arameos” o como cualquier otra etiqueta que no sea “judío/a”, como ciudadano de segunda categoría, y “de origen extranjero”.

Tercero, se soslaya hablar de “palestinos”, que es la identidad fraguada en paralelo con la israelí, e incluso el sentimiento de los palestinos, previo a la llegada de colonos sionistas, pero que a la vez se consideraban “sirios del sur”; considerando a Palestina, como una provincia siria, entendiendo por Siria, no al actual país con ese nombre, sino al de toda la región de Levante y Mesopotamia, definición tanto geográfica como cultural, y por el que se conoce a la región, al menos desde la época de los griegos (y antes desde el Imperio Asirio).

Es verdad que  las identidades están en movimiento, y así se pasó al auge del nacionalismo árabe (sobre todo auspiciado por Inglaterra) a las identidades islamistas dominantes actuales, para desgracia de sí mismos. En el caso de los palestinos musulmanes que, al asumir identidades islámicas, como sucede desde hace 30 años en la mayoría de la región, generan dinámicas excluyentes donde los cristianos y otras minorías, se alejan y con justa razón, de sentimientos comunitarios/nacionales compartidos, tras el fracaso de un nacionalismo árabe. Si bien, fue un intento por crear una identidad compartida,  partió de bases falsas, fue apropiado por militares represores, mientras la ciudadanía se alejaba enarbolando nuevamente identidades premodernas, religiosas y arcaizantes, también por motivos sociológicos, políticos y psicológicos varios. Cabe destacar,  que en la región de Levante y Mesopotamia, aunque la población mayoritaria se sienta musulmana y árabe, realmente son asirio-arameos, fenicios, y otras etnias locales, mayoritariamente semitas pero que durante 800 años tuvieron por lengua el arameo o siriaco en una rama de dialectos,  luego arabizados, mestizados en parte con el elemento nuevo que llega desde la Península Arábiga; especialmente en el caso de los musulmanes, pero donde en el ultimo siglo  la “arabidad” se asume al asumir en el mismo pack la identidad del conquistador árabe musulman. Al reforzar el factor religioso, se refuerza en paralelo la autopercepción étnica de “árabe”,  especialmente entre los arabófonos sunníes de toda la región. Pero las identidades siguen en movimiento. Esto también pasará, en una o dos generaciones cuando se compruebe el callejón sin salida en que se han metido.

En cuarto lugar, no existen iglesias llamadas “arameas”, sino que los grupos cristianos palestinos pertenecen a tres tradiciones diferentes: la tradición siriaca (Siriana Ortodoxa, Siriana católica, Caldea y Maronita), de tradición armenia (católica) y de tradición Greco-Melkita (Ortodoxos y católicos).

Finalmente, en quinto lugar, sobre  la afirmación del crecimiento de más de 1000% de la población “cristiana” (ya no dice aramea) en Israel…. seguramente se deba a que están contabilizando a rusos llegados de Europa del Este y trabajadores extranjeros, incluso refugiados sudaneses cristianos. De ninguna manera se sostiene, si se considera a la población local, palestina. En Palestina, por la historia reciente, cristianos y musulmanes están más cohesionados que en el entorno bajo la identidad palestina.

Para cerrar, lo haré nuevamente con Shlomo Sand,

El mito del ethnos judío como un cuerpo histórico autoaislado que siempre prohibió, y que por ello debe seguir prohibiendo, a los de fuera unirse a él resulta dañino para el Estado de Israel y puede llevar a su desintegración desde dentro. Mantener una identidad étnica excluyente y discriminar a una cuarta parte de los ciudadanos (árabes y aquellos que no son considerados judíos de acuerdo con una historia insensata y la Halajá) lleva a recurrentes tensiones que en algún momento pueden producir violentas divisiones que serán difíciles de cicatrizar.

Oriente Medio es actualmente la región más peligrosa del mundo para aquellos que se consideran a sí mismos judíos. Entre las razones, está el rechazo de los sionistas a la existencia de un pueblo israelí, al que consideran simplemente como la cabeza de puente de un “pueblo judío” comprometido en una colonización que debe continuar, y al que los sionistas prefieren envolver en una autocerrada ideología etnocéntrica2.

El sionismo, nacido en el centro y este de Europa, se parece inequívocamente a las corrientes etnobiológicas y etnorreligiosas dominantes en el entorno en el que se originó. Los contornos de la nación no se consideraron establecidos por el lenguaje, por una secular cultura cotidiana, por la presencia en el territorio y por un deseo político de integrarse en un colectivo. En vez de ello, el origen biológico, combinado con fragmentos de una religión “nacionalizada”, constituyó el criterio para la inclusión en el “pueblo judío”. Era imposible unirse a esta nación sobre la base de una voluntaria inclusión secular igual que es imposible dejar de pertenecer al “pueblo judío”, y estos elementos originarios todavía están en vigor hoy día en Israel: esta es la verdadera fuente del problema.3

Ricardo Georges Ibrahim

1. SAND, SHLOMO, “La Invención del Pueblo Judío”. Págs 19 a 20. Editorial Akal. Madrid 2008

2 Ob. Cit. Cap. V págs 328 y 329

3 Ob cit. Posfacio ¿Un pueblo sin una tierra, una tierra sin un pueblo? Algunas respuestas a mis críticos. Pag. 344

4 Ob cit. Posfacio ¿Un pueblo sin una tierra, una tierra sin un pueblo? Algunas respuestas a mis críticos. Pag. 345

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