Carta abierta de Alaa Abd el-Fattah

huelga de hambre

 

A continuación os dejamos la carta que Alaa Abd el-Fattah, conocido activista y bloguero egipcio, sentenciado el 11 de junio, junto a otras 25 personas, a 15 años de prisión por participar en la manifestación contra la nueva Ley Anti-Protesta de Al-Sisi, escribe desde su celda ante el comienzo de la huelga de hambre que comenzaron el pasado 18 de agosto él y sus compañeros.

 Alaa Abd el-Fattah no es el único. El conocido bloguero se une a la campaña “¡Estamos hartos!” que iniciaron los detenidos Ahmed Douma, Mohamed Adel, Wael Metwally y Mohamed Abd el-Rahman por participar en manifestaciones, algunos de ellos con penas de hasta 15 años de cárcel. Días antes, las hermanas Hend y Rasha Mounir anunciaron una huelga de hambre desde sus celdas en la prisión de Qanater después de ser sentenciadas a una pena de por vida. Otros 40 detenidos se han unido a ellas desde entonces en la prisión. La huelga de hambre es, para los detenidos, una de las pocas maneras que tienen de ejercer control sobre sus cuerpos, y de seguir luchando por su libertad.

 No hay que olvidar que en Egipto desde el golpe de Estado del General Abdel Fatah Al-Sisi son más de 41.000 (según WikiThwra) los prisioneros políticos que aún siguen encarcelados. Esta carta se traduce el mismo día en que Ahmad Saif al-Islam, el padre de Alaa, fallece. Todo nuestro apoyo a la familia de Alaa, a todos los prisioneros políticos y a su lucha, que es también nuestra.

Al-zawra mustamirra!

 

A las 4 pm de hoy (18 de agosto), celebré con mis colegas mi última comida en prisión.

Decidí -cuando vi a mi padre luchando contra la muerte, atrapado en un cuerpo que ya no era objeto de su deseo– empezar una huelga de hambre hasta que consiga mi libertad. El bienestar de mi cuerpo no es importante mientras continúe siendo objeto de un poder injusto en un encarcelamiento sin fin, que no está controlado por ninguna ley o concepto de justicia.

 Había pensado en ello antes, pero lo aparté el pensamiento. No quería poner otra carga en mi familia – sabemos que el Ministerio del Interior no le hace la vida fácil a los que hacen huelga de hambre. Pero ahora sé que las dificultades de mi familia empeoran cada día que estoy en prisión. Mi hermana pequeña, Sanaa, y los manifestantes de Itihadiyya fueron arrestados sólo porque pedían la libertad de los que ya habían sido detenidos. ¡Metieron a mi hermana en la cárcel porque pedía mi libertad! Y de esta manera, los esfuerzos de nuestra familia se fragmentaron entre dos prisioneros, y el corazón de mi padre se ha agotado entre dos juzgados –mi padre, quien había pospuesto una necesaria operación más de una vez por este funesto caso del Consejo de la Shura.

Me han arrancado de mi hijo, Jaled, mientras aún estaba recuperándose del trauma de mi primer encarcelamiento. Luego vino el salvaje espectáculo del Ministerio del Interior mientras orquestaban “gesto humanitario” – mi visita a mi padre en el ICU. La policía intentó vaciar el ala del hospital y el pasillo de pacientes, doctores, familias y enfermeros antes de que me permitieran la visita. Acordaban fechas, nos las comunicaban y después las cancelaban. Al final me sacaron de la celda de la prisión al alba con la misma delicadeza con la que me arrestaron.

El general de la policía no podía asegurar que no me escaparía. Estaba convencido de que era todo una trampa, de que no había nadie enfermo y que conspirábamos para privarle de sus horas de descanso. Llegué al hospital encadenado al cerco de metal del vehículo policial, y, finalmente, en el ala del hospital, llevaron una cámara y nos grabaron sin nuestro consentimiento.

Esto me demostró que mi paciencia no ayudaría a mi madre, Laila, mi hermana, Mona, o mi mujer, Manal. Que mi espera no les mitigaría la dureza de mi encarcelamiento, si no que les haría prisioneros, como lo soy yo, objeto de los dictados y el humor de una organización libre de humanidad e incapaz de compasión.

Ya me he enfrentado a juicios y al encarcelamiento anteriormente, y les he dado la bienvenida. Los consideraba como un precio necesario y esperado por las posiciones de disidencia y una oportunidad para pelear por los principios y la garantía de la celebración de juicios justos. Cada audiencia o renovación o juicio era una oportunidad para ejercer presión contra la excepcional justicia, una oportunidad para apoyar a aquellos jueces quienes pensábamos estaban en lo cierto. Pensábamos que eran muchos y necesitaban nuestro apoyo. Cada día en prisión era una oportunidad para recordar a la sociedad que aún había muchos que estaban encarcelados injustamente, una oportunidad para presionar a los medios de comunicación, y a los grupos políticos, y así finalizar la erosión diaria de nuestros derechos.

Pero cuando finalmente me paré frente a mi juez civil encontré menos justicia que en el peor de mis juicios. Procedimientos, leyes, estándares, estaban ausentes. Aunque nos las arreglamos para llevar al público los detalles de muchos casos, ni un solo juez habló contra los juicios que estaban teniendo lugar en la Academia de Policía de Tora. Como para los políticos, quienes se contentaban con mendigar misericordia por nuestro historial revolucionario, sin mencionar en ningún momento qué estaba sucediendo con la justicia en sí misma.

Mis días en prisión no nos están acercando a un Estado comprometido con sus leyes o a juzgados comprometidos con la justicia. La prisión, ahora, no me da nada, excepto odio.

Desde el comienzo del conflicto que comenzó entre el Estado y los islamistas, he declarado más de una vez que era imperativo no tomar parte en ello. Cuando el poder conservador tradicionalmente responsable de la estabilidad fuerza un proceso y se involucra en un conflicto que parece no tener final, a excepción de una total sumisión o aniquilación de una parte por la otra, entonces, el papel de aquellos que están con la Revolución es el de intentar poner freno y parar el conflicto.

He dicho en repetidas ocasiones que tenemos que posicionarnos en contra de las violaciones y crímenes de ambos lados, y ponernos en el lado de las víctimas, cualquiera que sea su identidad. También he dicho que nos tenemos que alejar completamente del conflicto sin hacer declaraciones excepto cuando sean dentro de los límites del derecho a la vida, la dignidad del cuerpo y la libertad del individuo, hoy en día, los fundamentos de la vida están en peligro.

Yo no lucho en solitario para defender el fundamento de la vida. Mis camaradas son muchos, incluso si muchas de sus voces han desfallecido poco a poco en el basto ruido de la batalla que se libraba. Pero mis camaradas más cercanos en la lucha por el derecho a la vida, la dignidad del cuerpo y la libertad del individuo siempre ha sido mi familia.

Huelga de hambre

Mona organiza voluntarios para parar los juicios excepcionales, mi madre está en constante contacto con víctimas de tortura y proporciona – simplemente con su presencia en la calle – una cierta protección para jóvenes manifestantes y un testigo difícil de desacreditar. Manal comparte conmigo el trabajo de proporcionar los activistas y víctimas con la experiencia y la tecnología necesaria para organizar campañas y documentar violaciones. Sanaa organiza el apoyo y el cuidado de los injustamente encarcelados, y mi padre, en el juzgado, defiende a ellos y a nosotros. Destruye leyes probando su inconstitucionalidad, y establece los agravios con milagrosos veredictos de “inocencia”. Y de vez en cuando, se las arregla para poner a algún torturador en la cárcel.

Mis repetidos encarcelamientos eran un eslabón en la cadena de la lucha de mi familia. Juntos éramos parte de una lucha de miles que nunca se rinden y millones que a veces se levantan.

Hoy esa cadena está rota. Sanaa, quien solía cuidarme, está en prisión y necesita a alguien que la cuide. Manal trabaja en solitario para intentar proteges a Jaled de las consecuencias emocionales y prácticas de mi encarcelamiento. Mona y mi madre cuidan a mi padre inconsciente quien ya no me puede defender.

Por ello, pido tu permiso para luchar hoy –no sólo por mi libertad, sino por el derecho de mi familia a vivir. Como hoy, privo a mi cuerpo de comida, hasta que pueda estar al lado de mi padre en su lucha con su propio cuerpo, por la dignidad de las necesidades del cuerpo, y el abrazo de los seres queridos.

Pido vuestras plegarias. Pido vuestra solidaridad. Pido que continuéis lo que yo ya no puedo hacer: luchar, soñar, tener esperanza.

18 de agosto de 2014

El primer día de la huelga de hambre

 

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