Memoria histórica y pueblos originarios (América)

Memoría indígenas

Al sur del continente americano, a ambos lados de esa línea meramente imaginaria que argentinos y chilenos han trazado para separarse, los últimos miembros de la nación mapuche, aquella que rechazó heroicamente a los conquistadores españoles en el siglo XVI, intenta por los pocos medios que le quedan a su alcance, conseguir un territorio que les permita vivir y mantener sus tradiciones y su cultura.

Una parte esencial de su cultura está fundamentada en una cosmovisión del universo muy particular, donde el respeto a sus antepasados, a sus muertos, ocupa un lugar fundamental (para conocer algo más sobre el tema, se puede consultar el post Indios, aborígenes, indígenas; para ellos comunidades originarias).

Los restos óseos de las poblaciones originarias del continente americano, su identificación y restitución constituye una prioridad por razones no sólo humanitarias y sociales, sino fundamentalmente históricas. Permitir que los descendientes estipulen que harán con los restos es un asunto clave. Dentro del ámbito científico es uno de los campos más emotivos y complejos, e involucra aspectos éticos, teológicos, científicos y legales.

En torno a la restitución existe un debate en todo el continente americano, que tiene su inicio en Estados Unidos en los años setenta, en el marco de un fuerte movimiento en pos de los derechos indígenas. Que se traduce en la recuperación de restos humanos por partes de las comunidades originarias estadounidenses.

Este asunto se encuentra en el centro del debate entre la comunidad científica y las originarias; y es a su vez, motivo de discusión en cada una de ellas, existiendo distintas corrientes de opinión. Estas divergencias, han llevado, en algunos casos, a la necesidad de recurrir a la justicia; que ha mediado y legislado.

Empecemos por la comunidad científica. Tras décadas en las que preponderaba lo científico por encima del humanismo y las voluntades de los descendientes, surge una rama que aboga por escuchar y trabajar codo con codo con las comunidades originarias. Como resultado de estas ideas se redacta en el World Archaeological Congress (WAC) de 1986 el Acuerdo de Vermillion, un código deontológico que propone una forma de actuar diferente:

  1. Respeto por todos los restos humanos, cualquiera sea su origen, raza, religión, nacionalidad, costumbre y tradición.
  2. Respeto por los deseos del muerto en lo referente a la disposición de su cuerpo, si ello es conocido o puede ser inferido, en la medida que sea posible, razonable y legal.
  3. Respeto por los deseos de las comunidades locales y de los parientes o guardianes del muerto, en la medida que sea posible, razonable y legal.
  4. Respeto por el valor de la investigación científica de partes esqueléticas, momificadas y otros restos humanos (incluyendo homínidos fósiles) cuando se prueba que tal valor existe.
  5. El acuerdo sobre la disposición de restos fósiles, esqueléticos, momificados y otros restos debe ser alcanzado mediante una negociación sobre la base del respeto mutuo por el interés legítimo de las comunidades por la adecuada disposición de sus ancestros, así como el interés legítimo de la ciencia y de la educación.
  6. El expreso reconocimiento de que el interés de los diversos grupos étnicos así como el de la ciencia son legítimos y deben ser respetados permitirá alcanzar y poner en práctica acuerdos aceptables (en el futuro).

Este código al no ser de obligado cumplimiento, muchos científicos no lo aplican, con las consecuentes críticas por parte de los otros científicos y de las comunidades originarias.

Es importante resaltar que en la restitución de restos óseos a las comunidades originarias de América no se intenta relacionar los restos con un sujeto específico (ergo, identificación) sino devolverlos a la comunidad a la que pertenecieron. Pero en muchas ocasiones ¿qué relación pueden tener unos restos de una antigüedad de mil o más años con una comunidad actual? Es un dilema ético que ha creado y crea grandes quebraderos de cabeza.

Las comunidades originarias por su lado, han llevado una lucha desde mediados del siglo pasado, en pos de sus derechos y la restitución de los restos de sus ancestros. Tantos años de esfuerzo se vieron traducidos en algunos apartados de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007. Las resoluciones de este organismo, además de su valor jurídico, tienen importancia moral y política que los Estados no deberían de ignorar. Las disposiciones contenidas en dicha Declaración en lo que concierne a sitios y colecciones arqueológicas son:

Art. 11.

  1. Los pueblos indígenas tienen derecho a practicar y revitalizar sus tradiciones culturales y costumbres. Esto incluye el derecho de mantener, proteger y desarrollar las manifestaciones de su cultura pasadas, presentes y futuras, tales como sitios arqueológicos e históricos, artefactos, diseños, ceremonias, tecnologías, artes visuales y dramáticas y literatura.
  2. Los Estados garantizarán este derecho a través de mecanismos efectivos, los cuales pueden incluir la restitución, desarrollada conjuntamente con los pueblos indígenas, con respecto a su propiedad cultural, intelectual, religiosa y espiritual tomada sin su consentimiento libre, previo e informado o en violación a sus leyes, tradiciones y costumbres.

Art. 12.

Los pueblos indígenas tienen derecho a manifestar, practicar, desarrollar y enseñar sus tradiciones espirituales y religiosas, costumbres y ceremonias; el derecho a mantener, proteger y tener acceso privado a sus sitios religiosos y culturales; el derecho a usar y controlar sus objetos ceremoniales y el derecho a la repatriación de sus restos humanos.

  1. Los Estados deberán garantizar el acceso a y/o la repatriación de objetos ceremoniales y restos humanos que se encuentren en su poder a través de mecanismos justos, transparentes y efectivos desarrollados en conjunto con los pueblos indígenas involucrados.

Art. 31.

  1. Los pueblos indígenas tienen derecho a mantener, controlar, proteger y desarrollar su patrimonio cultural, conocimiento tradicional y expresiones culturales tradicionales y las manifestaciones de sus ciencias, tecnologías y culturas, comprendidos los recursos humanos y genéticos, las semillas, las medicinas, el conocimiento de las propiedades de la fauna y la flora, las tradiciones orales, las literaturas, los diseños, los deportes y juegos tradicionales. También tienen derecho a mantener, controlar, proteger y desarrollar su propiedad intelectual sobre su patrimonio cultural, conocimiento tradicional y expresiones culturales tradicionales. Los Estados deben tomar medidas efectivas para reconocer y proteger el ejercicio de esos derechos.
  2. Conjuntamente con los pueblos indígenas, los Estados adoptarán medidas eficaces para reconocer y proteger el ejercicio de estos derechos.

También es muy importante las causas por las que las poblaciones originarias permiten el trabajo conjunto con comunidades científicas; desde aquellas que sólo quieren las restitución de los restos a otras que pretenden, por ejemplo, conocer qué enfermedades padecieron sus antepasados (paleopatología), saber de qué se alimentaban (paleodietas), conocer exactamente su ascendencia (genética).

Sin embargo hay un punto crucial, muchas comunidades compartían territorio con otras y a veces es necesario el análisis científico para discernir a que comunidad pertenecían estos restos. Incluso hay ocasiones en que la ciencia no puede solucionar estos enigmas.

La ciencia siempre ha de posicionarse al servicio de los seres humanos y contar con el beneplácito de estos. Y más aún si cabe en aquellos ámbitos que tocan tan de cerca al propio ser, como es todo aquello que rodea su vida y su muerte.

 

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