I- LA SOCIEDAD Y LA VIDA BAJO EL ESTADO OTOMANO EN EL PERIODO CLASICO

Ricardo 1

LAS MATRICES DE PENSAMIENTO EN ORIENTE PROXIMO. EL DEBATE EN TORNO A LA MODERNIDAD Y LA IDENTIDAD

 I- LA SOCIEDAD Y LA VIDA BAJO EL ESTADO OTOMANO EN EL PERÍODO CLÁSICO 

                                                                                                                                                                                       Por Ricardo Georges Ibrahim

Os dejo la segunda parte de la serie temática de cinco, sobre matrices de pensamiento en Oriente Próximo. En esta ocasión el tema es la vida y organización bajo el Estado Otomano, haciendo hincapié en las instituciones, estratificación social, y canales de ascenso social en una sociedad compleja y muy diferente a las sociedades occidentales del mismo período, lo cual es importante de destacar para no caer en mecanicismos y en razonar por analogía, aplicando categorías propias de una realidad y condiciones sociales e históricas diferentes a las de nuestra región. No pretendo dar opiniones categóricas ni cerradas, pero sí, racionalizar ideas que desde los discursos ideológicos que se han hecho “sentido común”, provenientes de uno u otro campo ideológico, podamos al menos ponerlos en cuarentena y repensarlos a la luz de la historia reciente y de otras formas de ver la realidad, quizá ni mejores ni peores, pero al menos alternativas y que buscan poder vislumbrar nuevos proyectos y horizontes que no reproduzcan o apliquen mecánicamente ideas enlatadas, sin digerir o adaptar, ni caer en el embelesamiento chovinista (nacionalista o religioso), hermético y cerrado que termina también alienando a nuestras propias sociedades y a reproducir la lógica de la fragmentación. Como un punto de partida, esta segunda parte referida al modo de vida bajo el Estado Otomano en su período clásico (hasta finales del siglo XVIII). Para la caracterización de cada institución, mayormente he recurrido a Gustave Von Grunebaun “El Islam II, desde la caída de Constantinopla hasta nuestros días”.

¿En qué tipo de sociedad y bajo qué instituciones vivieron nuestros antepasados, hasta el siglo XVIII? Es decir, hasta que irrumpieron con una fuerza avasalladora los valores de libertad, igualdad y fraternidad, que dieron nacimiento al mundo contemporáneo, liberando, al menos filosóficamente al hombre de sus ataduras frente a otros hombres, por privilegios, herencia, derechos de conquista, y organizaciones jurídicas que cristalizaban las desigualdades según pertenencias (de clase, de raza, de religión, de casta).

Por lo pronto, nuestras sociedad, al igual que los pueblos bajo el Imperio Austro-húngaro, eran mucho más diversos y esas diferencias gozaban de reconocimiento, aunque desigual, dentro de los respectivos Estado Otomano y el mencionado Austro-húngaro, si los comparamos con el entonces occidente “bárbaro”, como lo consideraban los otomanos, donde las sociedades eran mucho más homogéneas tanto a nivel étnico como religioso, en el seno de cada una de ellas. Un Occidente del que creían que no había nada que aprender, y donde no se percibió el fermento de la revolución francesa y el cambio tanto material, como de mentalidades que esto originó, y que fuera el antecedente de la Revolución Industrial y las corrientes positivistas, que independizaron la moral y la ciencia de tutelas religiosas, y que daría paso a una nueva hegemonía occidental a nivel político y material. Recién con las perdidas de Egipto en manos de la Francia napoleónica, y de pérdidas sucesivas en el orden militar, el mundo otomano comenzará a cambiar su percepción etnocéntrica y a querer introducir reformas para “no quedarse atrás”, del mundo europeo. Actitud que también emprenden otras sociedades como Japón y Rusia. Pero antes de entrar en el tema de los cambios sociales, materiales y de las ideas, que dejo para otra oportunidad, me quiero centrar en el punto de partida, sobre el cual se operaron estas transformaciones, para entender la profunda sacudida de cimientos que implicaron las posteriores reformas y las nuevas ideas que rápidamente se desarrollaron a escala mundial, transformando el mundo conocido.

CONCEPTOS BÁSICOS PARA COMPRENDER EL SISTEMA OTOMANO TRADICIONAL:

Cuatro conceptos básicos impulsaron el pensamiento, la acción y la organización del sistema otomano tradicional. Estos eran: el devlet, o los medios por los cuales la sociedad se organizó como un Estado; el mukata´a, instrumento por el cual la autoridad del Estado era confiada a sus favoritos para fines administrativos; el kanun ve adet, o los conceptos de ley y costumbre que formaban la base de la autoridad, y el hadd, la idea de “status” y campo de acción del individuo, que limitaba y determinaba las relaciones individuales en la sociedad otomana. Cabe decir que las instituciones estatales otomanas, tienen sus fuentes en las de los Estados abbasí y Omeya, y también bebió del Estado bizantino, sultanato de Rum y las cortes persas, pero que fueron perfeccionadas y organizadas con un sentido más preciso y legalista.

  1. EL DEVLET.

La sociedad otomana estaba dividida en clases, horizontal y verticalmente. La división básica horizontal era la existente entre el reducido número de gobernantes y la amplia masa de súbditos. Los miembros de la clase dominante eran llamados osmanlis u otomanos. Para ser aceptado como miembro de esta clase los individuos tenían que reunir tres condiciones: 1) profesar lealtad al sultán y a su Estado; 2) aceptar y practicar la religión musulmana y todo el sistema de pensamiento y acción que eran parte integrante de ella, y 3) conocer y practicar el complicado sistema de costumbres, comportamiento y lenguaje conocido como “la manera otomana” (adab). Aquellos a quienes faltaba uno de estos requisitos eran considerados miembros de la clase de los súbditos llamada re´aya o “rayas” (, o “la protegida grey” del sultán. Miembros de la “raya” podían ascender automáticamente a la clase otomana, si reunían los requisitos necesarios, y los de la clase otomana podían descender a “rayas”, perdiendo requisitos o dejando de practicar alguno de ellos.

El término “raya” se aplicaba a todos los súbditos, fueran cristianos o musulmanes, durante el siglo XVI, y únicamente durante la época de la decadencia se restringió el uso del término a los súbditos cristianos del sultán.

Cada una de estas dos grandes clases tenía su función y su lugar en la sociedad otomana. Se consideraba a los miembros de la clase dirigente otomana esclavos del sultán. Sus propiedades, personas y vidas estaban enteramente a la disposición del sultán, que podía disponer de ellas como le pareciese. Pero había una diferencia básica entre el concepto otomano-islámico de esclavitud y el que se tenía en occidente. A todos los niveles los esclavos otomanos eran considerados como miembros de la familia de su amo y con el mismo “status” social que éste. Así, los osmanlís, como esclavos del sultán, adquirieron su posición social y se convirtieron en la clase dominante. Su función básica era preservar la naturaleza islámica del Estado y gobernar y defender el imperio. Según la teoría otomana, el principal atributo de soberanía era el derecho a poseer todas las fuentes de riqueza del imperio, además de la autoridad necesaria para explotarlas. La función de aumentar, proteger y explotar la riqueza en beneficio del sultán y del Estado era el principal deber de la clase dominante. El primer deber de la clase de la “raya” era producir riqueza, o cultivando las tierras, o mediante el comercio y la industria. El Estado otomano abarcaba las organizaciones y jerarquías desarrolladas por ambas clases para desempeñar sus funciones. La clase dirigente estaba dividida en cuatro grupos con sus correspondientes funciones: la institución imperial (mülkiye) dirigida por el propio sultán, centraba la jefatura y dirección de las otras instituciones y de todo el sistema otomano; la institución militar (seyfiye) se encargaba de extender y defender el Imperio; la institución administrativa (kalemiye) organizada como Tesoro Imperial (hazine-l amire) estaba específicamente encargada de recaudar y emplear las fuentes de ingresos del imperio; y la clase cultural (ilmiye), que incluía a todos los otomanos que eran expertos en ciencias religiosas, estaba encargada de organizar y propagar la fe y mantener la ley religiosa (sharía), interpretarla en los tribunales, explicarla en las mezquitas y escuelas, estudiarla e interpretarla.

Cada una de las instituciones mantenía sus propias escuelas para educar a nuevos miembros en las técnicas y tradiciones particulares que les distinguían de los otros. Muchos de entre los nuevos miembros eran hijos de otros miembros, pero el ingreso en la clase dominante para tales individuos no se producía por derecho o por herencia, sino como resultado de una educación que les capacitaba para reunir las cualificaciones que se les exigía.

Muchos nuevos miembros eran reclutados por el sistema del devshirme, la leva de los mejores jóvenes cristianos para el servicio del sultán, su conversión al islam y su educación como otomanos en la escuela de palacio, fundada por Mehmet II y en otras escuelas que para este fin se mantenían en Estambul y en las provincias.

En la sociedad otomana, como en la Europa de aquella época, la religión era el elemento más importante en la vida de un individuo. La religión no era meramente una afirmación del punto de vista de un individuo o de un grupo acerca de la vida y de la posición del hombre. Era, más bien, una definición vinculante del comportamiento humano en todas las posiciones y aspectos de la vida. (…) Toda la existencia humana estaba expresada y organizada en términos religiosos. Era natural, desde este punto de vista, que un cambio en la posición social fuera acompañado por un cambio de religión, y que la conversión a otra religión fuese para el individuo un medio para acceder a la nueva clase1.

  • Los Millet.

Este sistema fue central para el mantenimiento de las autonomías de los diversos pueblos, y se toma el término como sinónimo de “nacionalidades”, aunque en un sistema teocrático, el componente étnico estaba subordinado al religioso, creando así una suerte de aristocracias reliosas, plurales, que tutelaban legalmente a sus respectivas comunidades.

Dirá Von Grunebaum “Las fundamentales divisiones verticales dentro de la clase de los súbditos estaban determinadas por la religión, y a cada grupo religioso importante le estaba permitido organizarse en una comunidad relativamente autónoma, llamada MILLET, bajo sus propias leyes y organización administrativa, dirigida por su propio jefe religioso. El jefe del millet musulmán era Sheikh al islam, que era también el jefe de la institución cultural de la clase dominante. El jefe del millet judío era el Gran Rabino (Haham Bashi). El patriarca ortodoxo dirigía el millet cristiano ortodoxo, y así en los demás casos. Cada jefe de millet gobernaba a su pueblo de acuerdo con las leyes de su religión y comunidad. Era responsable ante la clase dominante del cumplimiento de los deberes y responsabilidades de los miembros del millet, en particular de la seguridad colectiva y del pago de impuestos.

El millet se encargaba de muchas funciones sociales y administrativas que no se consideraban de la jurisdicción del Estado, tales como matrimonio, divorcio, nacimiento y muerte, sanidad, educación, seguridad interna y justicia. Cada millet mantenía sus propias escuelas, sus hospitales, el sistema de hacienda y los tribunales, tradición que ha sobrevivido en Oriente Próximo mucho después de que la organización en millets que la engendró se disolviese2. Efectivamente, podemos ver en el sistema político libanes de reparto de cupos de representación política por comunidades religiosas como un resabio del sistema de millets. También que en la inmensa mayoría de los países de la región, no existe el matrimonio civil y la mayoría de las funciones sociales siguen siendo administradas por cada grupo religioso.

Teóricamente al menos, los millets gozaban del mismo “status” en la sociedad otomana tradicional, pero en realidad el millet musulmán tenía una posición claramente superior por razones obvias. Era el único de los millets que tenía la misma religión que la clase dominante. Solamente después de haber sido miembro del millet musulmán podían las personas de otras religiones entrar a formar parte de la clase dominante. Sólo en el millet musulmán estaba prohibida la apostasía. Cuando surgían disputas entre miembros de varios millets, tales casos se decidían en los tribunales musulmanes, de acuerdo a la ley musulmana. Y por último, solamente el sheikh al islam, entre los jefes de los millets, tenía un papel significativo a la hora de tomar decisiones políticas en el Imperio”3.

Asimismo el sociólogo canadiense Will Kymlicka, en su propuesta de “ciudadanía multicultural”, recupera, pero en forma crítica, esta institución que en su época fue de avanzada y socialmente mucho más democrática a nivel de reconocimiento social de la diversidad, que los sistemas imperantes en Europa Occidental, donde desde la caída del Imperio Romano y con la excepción de Al Andalus, los diversos Estados bárbaros, mayoritariamente germánicos, persiguieron todo tipo de pluralismo. No es casual que los orientalistas teóricos del nacionalismo, tomen como origen, cuando no como modelo de Nación, a los Estados germánicos que se implantan en el otrora multicultural espacio civilizatorio romano de Europa Occidental, y hagan apología de la homogeneidad étnica y social en sus teorizaciones y propuestas de “Estado Nacional”, como los únicos deseables y susceptibles de “modernizar” en un sentido lineal y universal a todos los pueblos.

Recupero a Kymlicka para hacer, con sus palabras, un balance acerca de este sistema:

El sistema de los millet de imperio otomano, reconocía a musulmanes, cristianos y judíos como unidad de autogobierno (es decir un millet) y permitía la imposición de leyes religiosas a sus propios miembros. Cada millet, estaba sometido a la autoridad de la principal jerarquía eclesiástica (…)

Las tradiciones y las prácticas legales de cada grupo religioso, especialmente en materia de estatus familiar, fueron respetadas y vigentes en todo el imperio. Sin embargo aunque los millet cristianos y judíos tenían libertad para gobernar sus asuntos internos, sus relaciones con los gobernantes musulmanes estaban estrechamente reguladas. Por ejemplo los no musulmanes no podían hacer proselitismo, y tenían que pedir autorización para erigir nuevas iglesias. Había limitaciones a los matrimonios mixtos, y los no musulmanes tenían que pagar impuestos especiales en lugar de hacer el servicio militar. Pero dentro de estos límites, disfrutaban de un completo autogobierno y obedecían sus propias leyes y costumbres. Su libertad de culto colectiva estaba garantizada, así como la propiedad de sus iglesias y monasterios, y también podían dirigir sus propias escuelas.

Por lo general era un sistema humanitario, tolerante con las diferencias de grupo y notablemente estable. Según Braude y Lewis, durante casi medio milenio los otomanos gobernaron uno de los imperios más diversos de la historia. Todo parece indicar que su sociedad poliétnica y plurirreligiosa funcionaba. Musulmanes, cristianos y judíos practicaban su culto y estudiaban codo a codo, enriqueciendo sus distintas culturas.

Pero no era una sociedad liberal, ya que no reconocía ningún principio de libertad o conciencia individual. Puesto que cada comunidad religiosa se autogobernaba, no había ningún obstáculo externo a que este autogobierno se basase en principios religiosos, incluyendo el cumplimiento de la ortodoxia religiosa. Por tanto, había poco o ningún espacio para la disidencia individual dentro de cada comunidad religiosa, y poca o ninguna libertad para cambiar la propia fe. Aunque los musulmanes no intentaron eliminar a los judíos, o viceversa, eliminaron a los herejes de su propia comunidad. La herejía, (y el cuestionamiento de la interpretación ortodoxa de la doctrina musulmana) y la apostasía (abandonar la propia fe religiosa) eran crímenes punibles en el seno de la comunidad musulmana. También en las comunidades judía y cristiana existían restricciones a la libertad de conciencia individual.

El sistema de millet era en realidad una federación de teocracias. Era una sociedad profundamente conservadora y patriarcal, totalmente antitética con los ideas de libertad personal observados por los liberales desde Locke hasta Kant y Mill.

(…) Los otomanos aceptaron el principio de tolerancia religiosa, entendido como la voluntad de una religión dominante de coexistir con otras (Braude y Lewis), pero no aceptaron el principio, bastante distinto, de libertad de conciencia individual”4.

  • Los Gremios:

Tenían sus propios códigos (de comercio, de organización, de competencias, etc.), y sus representantes y jefes reconocidos y aceptados para mediar en conflictos, los llamados “Aho”. Normalmente se relacionaban determinados gremios con cofradías religiosas, pero otras veces a determinados colectivos. Por ejemplo, los grandes arquitectos del Imperio otomano, los que gozaban de mayor prestigio, han sido los armenios. Como el famoso mimbarbashi (jefe de arquitectos), Sinan Bey, creador de numerosos edificios públicos como la Mezquita Azul de Estambul. En este caso, converso al islam y donde consolidó la fortuna producto de su profesión vinculado a las grandes obras públicas, con el prestigio social de ascender a la categoría de Osmanlí, simplemente al cambiar de fé. Hoy mismo, en Mardin, en el sudeste de Turquía, los joyeros que trabajan la plata son en su inmensa mayoría “surianis” (sirianos/asirios), con lo cual hay otra relación clara en el trabajo corporativo artesanal organizado en gremio, con determinados oficios. A través de los gremios se realizaban muchas funciones económicas y sociales que no se consideraban en el campo de acción ni de la clase dirigente ni de los millets, particularmente aquellas referidas a la regulación económica y a la seguridad social.

Quisiera mencionar también otra institución de sociabilidad que perdura hasta hoy, aparte de los millets o los gremios, que son a nivel local las yamaas (cofradías, asociacones, hermandades), que revisten diversas formas pero están presentes en la sociedad tradicional y que son espacios de alguna manera cívicos, que llevan los asuntos públicos vinculados a un templo religioso, o una serie de templos/Mezquitas/iglesias del mismo grupo religioso, sea cristiano o musulmán, que administran bienes comunes, organizan el culto, crean redes de ayuda y solidaridad y que conforman en definitiva un tejido social vivo, que perdura en la medida en que cumple una función comunitaria, en las sociedades mesoorientales de hoy día.

  1. LA MUKATA´A:

Significa “separación” de partes de las fuentes de ingresos del sultán, mediante el cual el sultán alineaba y transmitía su autoridad a sus representantes.

“El sultán, como soberano, tenía el derecho a aprovecharse de todas las fuentes de riqueza de su Estado. Estas fuentes eran directamente desarrolladas por campesinos, artesanos y mercaderes de la “raya”, que pagaban una parte de su ganancia como impuesto a cambio de la protección y el gobierno del sultán. Este impuesto pertenecía al sultán y a la clase dirigente y constituía la riqueza del imperio, y su explotación, expansión y defensa constituían uno de los primeros deberes de la administración. El sultán podía adjudicar, y de hecho lo hacía, este derecho totalmente y a perpetuidad, a veces como propiedad privada (mülk), pero más a menudo como fundaciones piadosas (Vakif, plural Evkaf) establecidas con el fin de proporcionar ingresos con objetivos específicos, tales como el mantenimiento de mezquitas y escuelas y la distribución de alimentos, así como al mantenimiento de la clase cultural dedicada a la contemplación y al estudio. Pero el sultán retenía su derecho al grueso de los impuestos, como posesiones imperiales. (Havass-i Hümayun), que eran utilizados en proporcionar ingresos y servicios para sí mismo, su familia, su corte y sus esclavos, es decir, todos los miembros de la clase dirigente. La administración del gobierno otomano, estaba organizada de acuerdo a objetivos financieros que marcaban su existencia. La estructura o jerarquía de esta administración estaba fijada en relación a estos bienes imperiales, que estaban subdivididos en unidades conocidas como “Mukata´a” (“separadas”; en árabe qata´a = dividir), asignadas a miembros de la clase gobernante para fines de explotación, es decir, de administración. Exceptuando ciertos cuerpos militares y administrativos, a cuyos miembros se les pagaba totalmente con salarios del tesoro, todas las funciones del gobierno estaban organizadas en relación a estas unidades porque todas las dependencias del gobierno percibían ingresos de alguna forma, ya se tratara de la recaudación de impuestos o de otras funciones a cambio de las cuales los oficiales que las realizaban tenían derecho a recaudar honorarios (bakshish)5.

Había tres clases de mukata´a:

  • Timars:

Timar no puede, sino en sentido muy amplio, ser traducido por feudo, ya que la relación del propietario y el campesino era casi enteramente económica y no incluía ninguno de los derechos y obligaciones mutuas que caracterizaban normalmente al feudalismo europeo. Los timars, normalmente eran concedidos en lugar de salarios por funciones militares y administrativas. En el siglo XV, y antes, casi todas las conquistas otomanas, sobre todo en los Balcanes, se dividían en timars, que eran distribuidos entre los oficiales y soldados del ejército que había realizado la conquista. En lugar de que el Tesoro intentara recaudar el producto de las posesiones imperiales y después se lo devolviera a sus empleados en forma de salario, concedía a las personas a las que debía dinero el trabajo de recaudar sus propios salarios, ahorrándose así muchas molestias y gastos y asegurándose una eficiente administración de sus fuentes de producción. A cambio de los timars, los concesionarios mantenían y proporcionaban al ejército otomano la caballería de los Sipahi, que formaron las bases del ejército hasta bien entrado el siglo XVI6.

  • Emanet (Administración fiduciaria):

Administración fiduciaria detentada por el emin (agente). Mientras que el concesionario del timar no recibía salario y se quedaba con todo el producto de la concesión, al emin se le pagaba un salario regular y tenía que entregar el producto total de su recaudación al Tesoro7.

  • Iltizam:

La “finca de impuestos” (iltizam) , era el tipo más común era el tipo de mukata´a más corriente cuyo concesionario era llamado mültezim, y que combinaba elementos del timar y del emanet. Como el concesionario del timar, el de la granja de impuestos podía quedarse con los impuestos que recaudaba en provecho propio pero no podía quedarse con toda la recaudación, sólo con parte de ella, y tenía que entregarle el balance al Tesoro. La mayor parte de Anatolia y de las provincias árabes, conquistadas a final del siglo XV y en el XVI, fueron administradas de esta manera.

Cada concesionario se comprometía a entregar al Tesoro una suma anual determinada, y se le permitía quedarse con el excedente como ganancia propia. A partir del siglo XVI muchos timars, aunque no todos, fueron transformados en “fincas de impuestos” y concedidos a miembros de la clase del deshvirme para mantener su ascensión al poder”8.

  1. LAS BASES LEGALES:

Las bases legales y consuetudinarias de la organización y acción corporativa o individual de la sociedad otomana dependían de un sistema dual de ley, la Sharía, o ley religiosa, y el Kanun, o ley civil. La ley básica de la sociedad otomana, como en todas las sociedades islámicas, era la Sharía, considerada como un “corpus” de inspiración divina, de regulaciones y principios políticos, sociales y morales que, en teoría, cubrían todos los aspectos de la vida. Pero la Sharía no estaba profundamente desarrollada sino en el campo del comportamiento personal, que estaba considerado en detalle en el Corán y en la primitiva tradición islámica. Nunca fue desarrollada con igual detalle en lo que se refiere a los asuntos de ley pública, y en particular en cuanto a la administración y organización del Estado. En este campo había principios generales que daban pie a la interpretación y legislación de cuestiones específicas por las autoridades civiles. Los jueces musulmanes del imperio otomano reconocían el derecho del sultán a tomar iniciativas y legislar sobre aquellas materias que no quedaban cubiertas en detalle por la Sharía. Este derecho era ejercido por medio de la proclamación de leyes y decretos conocidos como kanuns, que no eran válidos legalmente más que cuando iban acompañados de Fetvas, opiniones legales de los juristas musulmanes, que certificaban que no estaban en contradicción con los principios o detalles de la Sharía.

Los ulemas tenían el derecho de invalidar cualquier ley administrativa que, a su juicio, estuviese en conflicto con la Sharía, pero raramente lo hacían, ya que como parte de la clase dirigente estaban bajo la autoridad del sultán y podían ser suspendidos en sus funciones9.

  1. LAS REGLAS DEL COMPORTAMIENTO PERSONAL:

El comportamiento individual en la sociedad otomana estaba estrechamente conectado con el concepto de un “hadd” individual o “límite”, que estaba determinado por un conjunto de factores concernientes a su familia, posición, clase y rango. Dentro de este hadd, el otomano era relativamente libre para actuar como quisiera, sin ninguna limitación, excepto la impuesta por los dictados del comportamiento otomano tradicional.

Aplicado a cada puesto de gobierno y detentado como una especie de mukata´a, el concepto de hadd significaba que cada funcionario era autónomo y virtualmente independiente dentro de su propia esfera, y siempre y cuando no violara sus límites, no podía sufrir injerencia alguna, ni siquiera por el más alto funcionario en ejercicio de sus funciones. Además el burócrata tenía que limitar su atención y su interés enteramente a su campo de acción particular e ignorar las condiciones y los asuntos que caían dentro del hadd de sus colegas. Dirá Von Grunebaun “Como resultado, hubo pocos individuos que llegaran a conocer, comprender y describir por escrito la estructura otomana completa, y esta tradición ha sobrevivido hasta tiempos modernos en el aspecto de que los burócratas de Próximo Oriente no deben saber nada de las actividades de los departamentos que les rodean, e incluso cuando tales actividades son similares, influyentes o conectadas con sus propias funciones e intereses.

De acuerdo con el hadd de cada otomano, éste tenía su sheref (honor) personal, que era la contraseña directa y vital a su status y posición en la clase dirigente. Cualquier violación de los derechos definidos por su hadd era una ofensa a su sheref, y no solamente un insulto personal, sino también un ataque, que exigía castigo, a su status y posición, si se quería mantener aquellos. Como los límites de los hadds individuales no estaban escritos, si un derecho particular era asumido por otro, este derecho se perdía, a menos que el acto fuese recusado o vengado de alguna manera. (…) Cuando el honor de un hombre resultaba afrentado por una persona más poderosa, la sociedad aceptaba el hecho de que en tal situación la venganza era imposible de momento, y cualquier protesta simbólica era suficiente para que al parte agraviada mantuviese su status. Pero cuando el enemigo era débil o vulnerable, se esperaba de la persona ofendida que vengase la humillación con todo su poder, atacando y castigando a su ofensor para conseguir la venganza total (intikam), proceso necesario si la parte ofendida quería mantener su posición.

El factor fundamental del comportamiento de un individuo era la idea de intisab, una “relación” tácita establecida por consentimiento mutuo entre dos individuos, uno más poderoso que el otro. El miembro más débil se ponía a la entera disposición del más poderoso para fomentar la riqueza y posición de este último, y el más poderoso le trataba a su vez como a un protegido, arrastrándole con él en su ascensión hacia el poder y la riqueza. Cuando el fuerte perdía su posición o descendía en los rangos de la sociedad otomana, sus protegidos del intisab generalmente caían con él; y si a un miembro de la sociedad se le infligía el intikam, también se le infligía al otro. Este lazo de lealtad era la característica básica de la clase dirigente de la sociedad otomana. La mayoría de los nombramientos para un cargo administrativo eran determinados por los lazos y las lealtades personales, más que por consideraciones primarias de eficiencia y habilidad de los individuos en cuestión10.

A grandes rasgos este era el mundo, fuertemente aristocrático, característico de la sociedad otomana de entonces, donde había una estratificación social general, a partir de determinadas coordenadas de la cual la más importante era la religión, y luego el status social hacia dentro de cada grupo. En menor medida a los gremios de pertenencia. También había un abismo en las formas de vida entre la población urbana y la rural, especialmente acentuado en determinadas regiones que eran prácticamente autónomas y quedaban fuera del área de influencia de la burocracia Estatal con sede en Estambul, que delegaba el control social a grupos tribales y aristócratas locales, a cambio de lealtad y de recaudar una cantidad fija de impuestos al año.

En los siglos siguientes veremos que este último efecto de delegación se profundizará, y agravará la economía de las zonas periféricas, con verdaderas hambrunas en el siglo XIX, por los ingentes esfuerzos tributarios y también de reclutamiento de hombres para la guerra. Hubo revueltas campesinas a lo largo de todos estos siglos, generalmente reprimidas por poderes locales, pero siempre en tanto movimientos mesiánicos o étnicos o religiosos localizados. Una sociedad estamentaria y fragmentada por numerosos millets controlados por sus respectivas autoridades, no facilitaba la tarea de crear movimientos que rebasaran los limites locales y sectarios de identidad.

Sin embargo algo comienza a cambiar desde las burguesías y aristocracias más lúcidas y cosmopolitas, que toman contacto con las nuevas ideas de la ilustración y comienzan a publicar ensayos, poesía, periódicos en diversas lenguas del imperio, y a difundir las nuevas ideas de igualdad y fraternidad. Las necesidades del Estado por modernizarse permite aplicar reformas con el nombre de Tanzimat, pero controladas, y se crean los primeros núcleos de pensamiento liberal, nacionalista y modernista islámico, pero por otra parte estas ideas de reforma tienen poco impacto en zonas periféricas y tradicionalistas, donde la mayoría de la población era analfabeta y ni siquiera hablaba el idioma oficial. Muchas dinámicas llevan el germen legitimo del separatismo, y generan dinámicas de represión, donde además de luchas entre distintas aspiraciones nacionalistas, se suma el cómo encajar la modernización en sociedades plurales, pero muy tradicionales, además con las resistencias consabidas a cambiar las relaciones sociales por parte de aristócratas y señores feudales o aristócratas locales que veían amenazado su poder ante la nueva realidad de cambio que se avecinaba y que también podían aspirar a la secesión, por motivos diferentes a los de los campesinos o sectores sociales de clases medias e intelectuales.

En una próxima entrega, me centraré en el siglo XIX, las reformas y el impacto de las ideas liberales y nacionalistas en el espacio geográfico que nos ocupa.

 

1 – VON GRUNEBAUM, Gustave E. “El Islam II. Desde la caída de Constantinopla hasta nuestros días”. “El Imperio otomano y la Turquía moderna”. Sección IV Dinámica de la sociedad y de la administración. Págs. 74 y 75.

2 – VON GRUNEBAUM, Gustave E. Ob.cit.

3 – VON GRUNEBAUM, Gustave E. Ob. Cit.

4KYMLICKA Will, “Ciudadanía Multicultural.”. Capítulo 8: “La tolerancia y sus límites”.

5 Ver Von Grunebaun E. Ob. Cit.

6 Ver Von Grunebaun. Ob. Cit.

7 Ver Von Grunebaun. Ob. Cit.

8 – VON GRUNEBAUM, Gustave E. Ob. Cit.

9 Ver Von Grunebaun. Ob. Cit.

10 – VON GRUNEBAUM, Gustave E. “El Islam II. Desde la caída de Constantinopla hasta nuestros días”. Cap. 1. Historia Universal Siglo XXI. Madrid. 1996.

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