Las matrices de pensamiento en Oriente Próximo contemporáneo. El debate inconcluso en torno a la modernidad y la identidad

Corán

INTRODUCCIÓN

“Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, se encajonan en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creer lo que creen los demás. (…) Tragan sin digerir, hasta el empacho mental: ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador”.

Sobre los Rutinarios en “El hombre Mediocre”. José Ingenieros.

Cuando vemos hoy, el enquistamiento del pensamiento político contemporáneo de los países que surgen en la región de Oriente Próximo y África del Norte, tras la fragmentación de la unidad que mantuvieron durante el Imperio Otomano, vemos que en en los 100 años transcurridos desde entonces, las ideologías hegemónicas en torno a la que se reorganizaron los diversos pueblos, lo hicieron desde dos ideologías, que intentan implantar y legitimar proyectos políticos y modelos de Estado, repiten los mismos esquemas circulares, con los mismos desencuentros, oposiciones, fracasos y frustraciones en los nuevos Estados territoriales, que se refugiaron en legitimidades y proyectos nacionalistas e Islamistas. Por regla general en la primera mitad del siglo se impusieron proyectos nacionalistas, que fracasaron en el caso de los árabes, en reunificar a los Estados arabófonos. Especialmente a partir de la guerra de Octubre de 1976, dicho fracaso y la consolidación de dictaduras militares que cerraron todas las vías políticas y utilizaron tanto a la causa palestina como el discurso nacionalista árabe, llevo por distintos motivos, internos e internacionales, a la hegemonía social contestataria de la otra gran matriz ideológica que es el Islamismo político. También a partir de los 70 surgen o cobran fuerza otros nacionalismos de minorías étnicas, en algunos casos mayoría en sus regiones, como es el caso de los kurdos, movimientos Amazigh en el Magreb, y asirio en Iraq, Siria, Turquía e Irán. Estos movimientos tendrán reivindicaciones, según los partidos e ideologías que los sustentan, de reconocimiento de sus derechos colectivos, lingüísticos, sociales y culturales, o bien aspirarán a crear sus propios “Estados Nacionales”, siguiendo el modelo de Estado y credo nacionalista decimonónico nacido en Francia y Alemania, y tomados como modelo por los precedentes movimientos nacionalistas turco y árabe, entre otros.
El debate actual y los patrones de pensamiento en el llamado mundo árabe, más Turquía, Israel e Irán, sigue centrado en estos dos paradigmas: el nacionalista y el religioso. Ambos modelos que por distintos motivos pueden exhibir algunos aciertos y muchos fracasos, y asumidos como los únicos modelos de Estado posibles y viables, antagónicos, donde nacionalismo es asociado en la mayoría de los casos con modernización y laicismo, y el Islamismo (y probablemente otros nacionalismos religiosos) , con tradición, conservadurismo y afirmación de identidad.
Este debate y estos posicionamientos, nacidos en la sociedad otomana en el siglo XVIII, pero con especial visibilidad y puesta en práctica de programas y reformas hacia fines del s. XIX y principios del s. XX a propósito de la conciencia de inferioridad de la civilización musulmana tras la toma de Egipto por Napoleón, y las sucesivas derrotas y perdidas de territorio por parte del Imperio, induce a las inteligencias y elites otomanas, en la que participaban personas de todas las etnias y religiones a proponer verdaderas reformas para llevar al estado Otomano, sus pueblos y ciudadanos a cohesionarse en torno a nuevas legitimidades, formas de concebir y organizar el Estado y nuevos derechos. Fue el intento más lúcido y moderno en el amplio sentido de la palabra de crear un estado pluriétnico en torno a nuevos valores comunes como el otomanismo y la igualdad legal de todos los súbditos, independientemente de etnia o religión. Las reformas, llamadas “Tanzimat”, realizadas en tres periodos históricos diferentes, se consolidan con la promulgación de la primera constitución en 1876, en un estado islámico, que fue una constitución liberal, (además de la creación de un parlamento), que y no sin oposición de las corrientes islamistas, por primera vez otorgaba igualdad a todos los súbditos del sultán otomano.
El último califato islámico se reformaba desde dentro creando instituciones y un marco legal moderno y equiparable al europeo, ya que se toma especialmente como modelos por parte de la inteligentzia de la época, las constituciones y códigos civiles de Bélgica y de Francia.
Esta inteligentzia estaba integrada por prominentes intelectuales que se concentraron primero en Estambul, pero en momentos de represión conservadora, en El Cairo y en Paris, desde donde crearon periódicos y publicaciones en turco otomano y en las diversas lenguas del imperio para promover estas reformas, asumidas en parte por los últimos sultanes. Estos intelectuales, de diversas procedencias serían conocidos como “Jóvenes Otomanos” y despertaron las simpatías de los diferentes pueblos y grupos religiosos minoritarios del Imperio.
Pero las resistencias al cambio no provinieron solo de sectores de poder vinculados a las elites religiosas musulmanas sunitas y su cuerpo de ulemas y juristas, que veían perder parte de su poder en manos de tecnócratas y liberales a los que acusaban de “ateos”, por el simple hecho de hablar de otorgar igualdad a las comunidades no musulmanas, y a los musulmanes no sunitas. También, siguiendo “la moda”, preconizada por intelectuales europeos, casi todos orientalistas y al servicio de proyectos coloniales, que despreciaban a los estados multinacionales como el Otomano o el Austrohúngaro y buscaban el desmembramiento de los mismos en una serie de “estados nacionales”, homogéneos étnica, lingüística y religiosamente, promovieron y apoyaron la secesión de los distintos pueblos del Imperio: serbios, armenios, y árabes, entre otros, a la par que entre sectores militares y aristocráticos turcos comenzaba también a calar y tomar forma un discurso y un proyecto de nacionalismo turco. No fueron los únicos, también el auge de los nacionalismos, particularmente virulento durante la 1º Guerra Mundial y hasta los años 50, afecta a comunidades como la judía, que se abraza al proyecto sionista, y a la de otras minorías, que no lograron sin embargo crear su propio estado-nación. Tomaba forma el credo nacionalista, al calor de ideas hegelianas, donde “el estado es la materialización del espíritu de un pueblo”, y del romanticismo alemán, así como de las ideas de Ernest Renan y otros orientalistas que en su mezcla de positivismo comtiano con Spencer, naturalizaron la idea de que a cada grupo étnico capaz de imponerse a otros mas débiles, les correspondía un “rol histórico” de constituirse en “nación”, con “un estado”, y una lengua única. El espíritu de un pueblo organizado, con una estructura homogénea y uniforme, impuesto a otras poblaciones capaces de ser asimiladas (las “inasimilables”, pues debían o podían ser excluidas, desterradas o exterminadas).
Por diversos motivos, especialmente por el haber apostado por el bando perdedor en la 1º Guerra Mundial y por el cansancio del militarismo, la miseria ocasionada y el auge de las ideas nacionalistas, el Imperio Otomano fue desmantelado, dando por resultado por una parte, la creación de la republica de Turquía, la creación de otros “estados nacionales, como Grecia y Armenia, el drama de matanzas, genocidios y movimientos de población hacia “sus nuevos estados nacionales”, (turcos de los Balcanes, Tracia, Grecia y Esmirna masacrados u obligados a huir hacia Turquía; griegos pónticos del mar negro y habla turca, reprimidos brutalmente y obligados a huir a Grecia; el genocidio armenio a manos de turcos, kurdos y circasianos, simultaneo al menos conocido genocidio y diáspora de sirianos/asirios del sudeste de Turquía y norte de Iraq y Siria, conocido como Seyfo, al igual que el desplazamiento forzoso de armenios, hacia Siria y países occidentales), y el desmembramiento de las provincias árabes, que lejos de constituir un único estado nacional, fueron repartidos en mandatos entre Francia y Gran Bretaña, y aun tras su independencia, nunca lograron establecer un estado unitario. También diferentes grupos étnicos, sin estado, quedaron repartidos entre todos esos territorios (turcomanos, armenios, kurdos, circacianos, lazlar, asirios, hebreos, amazigh, nubios, tártaros etc). El caso de la creación del estado de Israel movido por el nacionalismo sionista crea también un nuevo drama de desplazados musulmanes y cristianos a países árabes y otros destinos, y a vivir en régimen de apartheid los que continúan resistiendo en sus propias tierras, al que hay que sumar la vergüenza del aumento del grado de judeofobia, discriminación y marginalización de las milenarias comunidades hebreas arabizadas del mundo árabe, que prácticamente en masa, abandonan sus tierras y barrios ancestrales, por la hostilidad de los regímenes políticos, y racismo abierto ciudadano, fomentado muchas veces por sectores sociales impregnados de retorica de odio, que busca chivos expiatorios y venganzas por los sucesos de Palestina, discursos nacionalistas árabes o regionalistas que excluyen a las minorías judías como parte de su ciudadanía, o viejos discursos religiosos cimentados en el sectarismo, además de la propaganda y los llamados del naciente “estado judío”, emigrando en su mayor parte al continente americano, y en menor medida a Israel, perdiendo así las sociedades árabes uno de sus elementos constitutivos más importantes.
Han pasado más de 90 años desde el desmembramiento del estado Otomano, y los diversos territorios de los que hablamos han pasado por guerras de independencia, guerras territoriales entre los diversos estados nacionales, la creación del estado de Israel en Palestina y consiguiente colonización, golpes de estado que ponen en primer plano y por varias décadas a los militares como actor político en muchos de los países poscoloniales, monarquías absolutas legitimadas desde un Islam neomedieval, y corrientes sociales y políticas refugiadas en distintas ramas de islamismo político, y sectores liberales y de izquierda, marginales, la más de las veces aliados a sectores nacionalistas, representados mayormente por el estamento militar como actor político más que por partidos políticos democráticos.
Este es a grandes rasgos un panorama general de la situación política de la región, donde vemos un fuerte inmovilismo político en el mundo árabe, sólo sacudido por las llamadas primaveras árabes que, salvo en Túnez, están siendo reprimidas por los viejos regímenes militares, en alianza con algunos sectores sociales laicos y nacionalistas, los fulol, es decir burocracias del viejo régimen, e incluso sectores salafistas, en el caso de Egipto, y, en el caso de Siria, un poder militar constituido mayoritariamente, por sectores afines a un sector religioso (la otrora minoría oprimida alawi), que controla el ejército y el estado sirio desde hace cuatro décadas, en alianza con sectores que se beneficiaron de la liberalización de la economía desde los años 80, y por la presencia de milicias libanesas, iraquíes e iraníes chiitas. Pero estas milicias no son las únicas que intervienen en Siria. También la presencia de sectores islamistas antimodernos y financiados por monarquías absolutas del golfo pérsico, como Arabia Saudita, se han infiltrado en las revoluciones armadas para crear un tercer frente, que suplante a la voluntad popular introduciendo su propia agenda sectaria de integrismo sunita. Y por supuesto los intereses extranjeros, occidentales, ruso, chino e israelí, acostumbrados y más cómodos con el trato y la negociación (y negociados)con dictadores y autócratas, republicanos/militares o monárquicos, antes que con gobernantes civiles que deban dar cuenta de sus actos a su ciudadanía. Así, los estados árabes en particular, siguen siendo a grandes rasgos estados despóticos, cuyas elites apelan a la instrumentalización de discursos nacionalistas árabes, a la causa palestina o al Islam, incluso cambiando de aliados y de discurso según momentos, alianzas y conveniencias, siendo su fin último desde fines de los años 70, mantenerse en el poder, por el poder en sí mismo, abriendo una brecha social entre una nueva clase social de nuevos ricos y una masa creciente de personas empobrecidas, ambos efectos de medidas de liberalización de la economía y privatizaciones (de las que se beneficiaron los mismos que ocupan el estado y sus familias). Toda su acción y programa radica en la conservación de sus privilegios y el control del estado como patrimonio de una familia, un estamento (militar), o una clase social, sea ésta el conjunto de familias aristocráticas vinculadas sea por parentesco o clientelarmente a las monarquías, o a las nuevas clases sociales generadas por la creación de estados poscoloniales, generalmente nuevos ricos vinculados a militares y burguesía que lucra a partir de garantizar sumisión y lealtades, como en los viejos estados sultánicos, a las familias en el poder.
¿Pero qué pasa con la evolución del pensamiento de los pueblos árabes y de otros grupos étnico nacionales? ¿Debemos seguir fieles, sin cuestionamientos a paradigmas que hoy, vistos con cierta distancia se nos presentan como obsoletos y trabas al propio desarrollo de nuestras sociedades, como ser el nacionalismo decimonónico esclarecido, o el conservador pensamiento islamista que se debate entre consolidar partidos democráticos de inspiración islámica, con su correspondiente modelo de estado secular, y las corrientes totalitarias e integristas, cuyo proyecto es la dictadura de su “moral”, con la sunna y el Corán, como ley inalterada y ahistórica?
O bien ¿Será posible recuperar modelos de convivencia plurales, que se demostraron exitosos durante siglos, conciliando modernización, con aspectos positivos de nuestra praxis y tradición histórica, con derechos de ciudadanía, y la Carta Universal de Derechos Humanos, centrados en nuevas formas de identidad colectiva trasnacional y transreligiosa?
Para responder a estos interrogantes, y centrar la discusión quiero partir de los antecedentes más inmediatos, que son los proyectos y propuestas en juego durante el final del Imperio otomano, coincidiendo con el periodo de los Jóvenes Otomanos, y que los nacionalistas árabes se apropian de alguna manera como “Nahda árabe” (renacimiento árabe), sesgando la amplitud y participación de otros elementos étnico/nacionales e ideológicos a este fermento liberal que se planteó repensar lo propio a la luz del nuevo mundo de las luces que se vislumbraba. También analizaré las evoluciones del pensamiento nacionalista, sus aciertos y horrores, así como los anclajes del pensamiento islamista democrático y sus propuestas de modernización, que, con sus límites y con la carga de cierto bagaje de arcaísmo político religioso, no obstante ha permitido avances en cuanto a democratización interétnica y política, especialmente en Turquía y Túnez, los países de mayoría musulmana más modernos y avanzados en la región.
Quizá así, podamos deconstruyendo, volver a construir desde nuevas perspectivas, conocimiento y propuestas que alienten pensamientos plurales y proyectos liberadores de la dicotomía nacionalismo/Islam, con vasos comunicantes y dialogantes entre todas las tradiciones de pensamiento, los valores éticos y morales y la modernidad, para construir sociedades más democráticas, más inclusivas, necesariamente igualitarias, y más justas y basadas en pactos y un desarrollo social equilibrado, en la que el peso del poder recaiga en la sociedad civil, con alternancia política, y se pueda imaginar la integración de la región sobre nuevas fórmulas y nuevas identidades, que recupere nuestra experiencia de un pasado donde todos los estados han sido realmente pluriétnicos y pluriculturales, pero recuperando estas historicidades con un óptica actual, moderna y superadora, mirando al futuro, desde un reconocimiento genuino de la diversidad de nuestras culturas y naciones, diversidad de religiones, la imprescindible libertad de conciencia, y fundamentalmente garantizando la igualdad de derechos a nivel de libertades individuales, y de los pueblos que convivimos y contribuimos a crear culturas compartidas.

RICARDO GEORGES IBRAHIM

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

UNA NUEVA IZQUIERDA

buscando alternativas

A %d blogueros les gusta esto: