Algunas reflexiones sobre las protestas en el Parque Gezi

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Desde principios de mes se está viviendo en Turquía una escalada de represión policial que parece no tener cuartel. Lo que empezó como la típica sentada pacífica de unos ecologistas para salvar uno de los últimos espacios verdes en el centro de Estambul ha terminado convirtiéndose en una oleada de protestas en las principales ciudades del país que ya se han cobrado cuatro vidas y la cifra de heridos se cuenta ya en miles y subiendo. Unas protestas que han canalizado el malestar de una parte de la sociedad que se siente excluida e incluso amenaza por las nuevas medidas del gobierno del partido AKP (Partido de Justicia y Desarrollo) que actualmente ostenta el poder en Turquía.

A pesar de lo que se ha podido insinuar, no estamos ante un escenario parecido al de Irán durante las últimas elecciones. En Turquía las conexiones a internet y las redes de telefonía móvil siguen funcionando con normalidad. Los sms, whatsapp, perfiles de FB y Twitter están que echan humo y la gente los está utilizando para organizarse y para informar de lo que ocurre minuto a minuto. Sin embargo, sí que se está viviendo una situación de apagón informativo en tanto en la prensa como sobre todo en la televisión, en los que se le quita hierro a la intervención policial (esta mañana sin ir más lejos en la portada del periódico Sabah se decía que la policía había desalojado Taksim sin mayores problemas, cuando a través de redes sociales sabemos que eso no es verdad) y en los que se tacha a los manifestantes de ser cuatro maleantes. Se han impuesto multas millonarias a los canales de televisión que han retransmitido y siguen retransmitiendo lo que pasa, amenazando su existencia. Abogados y médicos que han ayudado a los manifestantes han sido y están siendo arrestados.

El gobierno ha sido elegido democráticamente, sin ningún tipo de sospecha de “tongo”. El problema viene cuando al ganar por tercera vez y con mayoría absoluta uno se piensa que puede hacer lo que quiera y gobernar sólo en pos del interés propio, incluyendo dejar que la “madera” campe a sus anchas ejerciendo brutalidad policial pura y dura. El gas que se está lanzando en Ankara, ciudad muy seca y generalmente sin lluvias por estas fechas, hace que salir a pasear por el centro suponga acabar con los ojos llorosos y sin poder respirar. A partir de las 12 y hasta las 2 y 3 de la madrugada en la que Kizilay se convierte en el punto de encuentro de los manifestantes, la zona parece un campo de batalla. Un campo de batalla que no tendría que ser tal si la policía no aplicase violencia desmedida. Y que no debería de ser tal porque los espacios de la ciudad tienen que poder ser utilizados por sus ciudadanos con libertad, incluso si es para expresar su descontento. Y el papel de la policía no es ser un Goliath para el pueblo, sino que debería de tener el rol de protegerlo.

Sin la brutalidad policial desmedida que ha indignado a la gente de todo signo, estas protestas hubieran pasado ya a la historia hace muchos días, una protestas más entre las que hay de forma casi diaria en Taksim y que uno ya da tan por sentadas que casi ni repara en ellas. Si el gobierno hubiera dialogado en su momento, cuando esto todavía iba del parque, la gente se hubiera contentado con la promesa de no tocar aquellos árboles hasta que un juzgado no dictase sentencia y hoy no estaríamos hablando de esto.

Pero esto ya no va de salvar unos árboles. Esto ha servido para canalizar el descontento de una parte importante de la población que se siente excluida por el AKP no sólo a nivel político, sino a nivel laboral y social. Turquía sigue siendo un país en el que tu afiliación política o creencia religiosa puede ser determinante a la hora de obtener un puesto de trabajo, sobre todo en un ente público, e incluso para conseguir una plaza en la universidad a niveles de máster y doctorado. Un país en el que cuando se habla de una u otra universidad se sabe qué ideología tienen – cuando las universidades deberían de ser espacios libres de intercambio de ideas, libres de una ideología marcada, libres de grupos que son hegemónicos. Un país en el que si antes la élite que gobernaba era secular y “europeizada” (me gusta muy poco este término), la que manda ahora es religiosa y con un espíritu revanchista, muy dispuesta a “vengarse” por haber estado oprimida en el pasado.  Un país en el que existen muchos temas tabú referentes a la política y la religión, y que hacen que uno se acabe auto-censurando si no sabe con quién habla, y vomite lo que se supone que todo el mundo quiere oir y que siento a veces que no permite avanzar. Un “discurso” prefabricado que a los niños se les inculca en las escuelas, que no es posible cuestionar y que se perpetua. Un “discurso” que creo no ha permitido que las protestas actuales generen un campo de discusión libre que es muy necesario, y que creo ha obstaculizado y obstaculiza irremisiblemente el que se establezcan unas metas realistas a alcanzar. Y que asimismo ha alienado a una parte de la sociedad que no se identifica con los manifestantes, y que en algunos casos se han insensibilizado ante la actuación policial o simplemente la aplauden. Porque la finalidad de unas protestas no puede ser un “que caiga el gobierno”, que ha sido democráticamente elegido y que cuenta todavía con el apoyo de la mayoría de la población, sino que tienen que ser metas claras y concretas que representen a todos en un clima de pluralidad, sino es más de lo mismo pero de otro signo (aunque la mayoría de la gente protestando lo está haciendo al margen de cualquier grupo político). ¿Se encontrarían con un muro? La actuación de Erdogan me hace pensar que sí, ya que el gobierno no está abierto a ningún tipo de diálogo y que no hay voluntad de acercamiento.

Estas protestas me han hecho mucho meditar sobre un aspecto de la sociedad que turca que es quizá el que menos me gusta, y con el que menos estoy en paz desde que llegué en 2008. Veo una sociedad partida en dos que no logra entenderse. A veces no sé si es porque hablan “idiomas” distintos, otras veces creo que es porque no quieren sentarse a hablar.  La mayoría creo que es porque, simplemente, tratan siempre de imponerse los unos a los otros, en vez de tolerarse los unos a los otros sin presiones.

¿Es malo el AKP? Según se mire. Tiene sus cosas, y no es un partido con el que yo me posicione ideológicamente. Ha fortalecido el poder civil, algo muy importante en una democracia. En Turquía hay muchos programas de becas para estudiantes universitarios que ya quisiéramos tener aquí, por ejemplo, y no hemos de caer en el estereotipo de que por la simple razón de que es un partido “islamista” es malo. El CHP (Partido Popular de la República) o el MHP (Partido del Movimiento Nacional) podrían hacer muchas cosas igual de mal, y sino mirad su expediente. La historia reciente de Turquía ha sido muy convulsa y el AKP no es lo peor que le ha pasado, simplemente recordar que Erdogan por ejemplo tiene una muy larga carrera política y que ha estado en prisión.

Y aunque el AKP ha tenido muchas cosas positivas y ha dado esperanza a gente más humilde que en su día se vio apartada y sin acceso a oportunidades de mejora, sigue sin resolver muchos problemas de base. La llamada “apertura kurda” se quedó en agua de borrajas, aunque el proceso de paz sea esperanzador. Como quieren que cada familia tiene al menos tres hijos, se obstaculiza el acceso a la píldora del día después. Las nuevas leyes anti-tabaco y de limitación de la venta y anuncio del alcohol, por muchos paralelos que puedan tener en Europa, uno entiende por qué están ahí. El crecimiento económico de Turquía me recuerda muchas veces al nuestro y da miedo, pelotazos de la construcción, mucho turismo y sector terciario, y lo peor, bancos que dan tarjetas y créditos a cualquiera que entre en la sucursal. La libertad de expresión sigue siendo limitada, basta con ver el número de periodistas en la cárcel. Entre otros.

Intento seguir por FB y por los medios de comunicación que considero más fiables lo que ocurre en Turquía. Veo que las protestas se están perdiendo en un mar de violencia y sigue sin tener unos objetivos tangibles que perpetuen el movimiento, y veo a un gobierno que no quiere bajarse del pedestal y dialogar, que no quiere tener en cuenta lo que una parte de la población quiere, ni quiere llegar a un punto de entendimiento. Veo dos Turquía, o tres, o cuatro incluso, muy enfrentadas e obcecadas porque se ha llegado a un punto de no retorno. Y veo también que hay demasiada gente a la que todo esto la ha dejado indiferente. En Ankara casi todo el mundo sigue con su vida – yo seguí con la mía hasta que me volví – , a 15 minutos andando del mogollón de la manifestación ya no pasa nada, y están todos los negocios abiertos, lo que también hace cuestionar cuán representativas son estas protestas y qué impacto real están teniendo sobre el grueso de la población.

Egemen Baris ha declarado que se va a tratar “como terroristas” a la gente que vaya a Taksim, palabras que me parten el alma. ¿Es acaso un ciudadano que expresa su desacuerdo un terrorista? Yo creo que no.

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One Comment to “Algunas reflexiones sobre las protestas en el Parque Gezi”

  1. Me ha interesado el artículo por lo que contiene de informativo, al conocer personalmente al autor y tener en buena estima el conocimiento que posee de la sociedad turca y su ecuanimidad. Especialmente interesante me han parecido los apuntes que ofrece sobre aspectos del funcionamiento de la sociedad y las instituciones turcas como el enchufismo exacerbado, el revanchismo, la burbuja ladrillera… y que, según el autor, forman parte del sentimiento de frustración de los sectores descontentos.

    Lo encuentro sin embargo demasiado opinativo, teniendo en cuenta que las circunstancias no permiten firmar esto públicamente (lo que en sí aporta cierta información) y que está escrito en español, por lo que su capacidad de incidencia sobre la opinión turca es lógicamente nula. Lo que pensemos los lectores españoles o hispanohablantes es en definitiva bastante irrelevante para la marcha de los asuntos en Turquía, de modo que expresiones como «los espacios tienen que poder ser utilizados», «el papel de la policía no es…», «las universidades deberían ser…», «tienen que ser metas claras…» parecen un poco fuera de lugar, además de por su irrelevancia política directa (quién escribe, para quién), por pasar por alto los contextos sociales e históricos (lo que me sorprende en el autor).

    Me chirría también un poco la superficialidad de la concepción de la democracia que parece mostrar el artículo, aunque no pongo en cuestión que el gobierno de Erdogán cuente con un gran apoyo entre la población, pero precisamente lo que me parece interesante de esta crisis turca es la esterilidad que revela en el modelo que se publicita a gran escala como democrático. Que igual votar cada cuatro años no es el summum de la organización política. Aquí en España también estamos viendo que en según qué contexto económico, un gobierno con muchos votos y muy buen control (o simbiosis) con los medios de comunicación puede destrozar un país para generaciones. Y ahí es donde se hace interesante ver movimientos hasta cierto punto análogos en sociedades con regímenes y coyunturas políticas tan diferentes como Turquía, Egipto, España, Grecia, Francia, con comportamientos comparables entre sus gobiernos. Total, que esperamos más escritos que analicen lo que está pasando en Turquía. ¡Gracias!

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