Beirut no es ciudad para (algunos) sirios

Lebanon-beirut

Hace tres años residía en Siria, desde donde venir un fin de semana a Beirut era un plan con el que se soñaba toda la semana. Veníamos a Beirut a “respirar” de todo: de la presión social, de la incapacidad de expresar opiniones sobre el régimen, de las miradas de los hombres… Y ello a pesar de que Damasco, ciudad en la que pasé la mayor parte de mi estancia, se convirtió en mi segunda casa, es ahora, cuando me encuentro en Beirut, que descubro el cariño tan profundo que le tengo a la capital del país vecino.

Beirut ha cambiado en estos tres años, quizá porque ahora la estancia es más larga y ya no es una mera vía de escape momentánea para recuperar un poco de oxígeno, sino que el oxígeno ahora se confunde con la contaminación, el polvo de la construcción de una ciudad que no deja de reinventarse dada la turbulenta historia que lleva a sus espaldas, y la humedad que acompaña a toda ciudad costera. No ha perdido ese encanto propio, ni las contradicciones de las que hablaba Zena El Khalil en su libro Beirut, I love you, que publicó más o menos cuando yo me encontraba en Damasco y que, al descubrirlas, te hacían precisamente decir eso: adoro Beirut. Sin embargo, algo ha cambiado en esta ciudad, algo que no solo siento yo, sino que he podido comprobar en las conversaciones que he tenido con distintos amigos sirios en la ciudad.

Como en la novela gráfica sobre la guerra civil  que asoló Líbano durante más de 15 años y cuya sombra nunca ha dejado de acecharlo, El vuelo de las golondrinas, de Zeina Abirached, parece como si la ciudad se estrechara sobre uno mismo a medida que pasan los días y como si la sensación de libertad que había al cruzar desde Siria se hubiera perdido poco a poco. Únase a ello la cada vez más patente polarización sectaria arengada por personajes con un inmerecido protagonismo mediático que solo contribuyen a aumentar la tensión, y que está íntimamente ligada a la división política provocada por las posiciones adoptadas en lo que a la revolución siria se refiere y la afluencia diaria de refugiados, o “desplazados” al país del cedro, que carece de medios e infraestructura para acogerlos, además de otras consideraciones políticas en las que este breve texto no va a entrar, como que Líbano no ha firmado la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de la ONU por citar un ejemplo.

Los sirios que han cruzado la frontera lo saben bien. Algunos de los muchos con los que he hablado vivían aquí hace años, otros han salido de Siria fundamentalmente para ponerse a salvo dado su activismo en la revolución. Son los segundos los que asienten cuando les describo el cambio que percibo: “Beirut era para venir a respirar. Después de varios meses en ella ya no me gusta tanto. Es necesario que nos mantengamos lejos para seguir amándola”, dice Y., y con ello me recuerda a cuando la directora de cine y actriz libanesa Nadine Labaki dijo que ella siempre había tenido una relación contradictoria, una especie de amor-odio, con su país.

Líbano, y obviamente su capital, estuvo bajo tutela siria hasta 2005 cuando esta terminó de iure aunque nunca  de facto y, de hecho, el relativo sentimiento de superioridad libanés de cara a los sirios y el rechazo que su presencia produce no ha cambiado en gran medida. Como decía una buena amiga periodista: “Tener que refugiarse en Damasco en 2006 –durante las incursiones israelíes en el mes de julio- tuvo que ser humillante para muchos”. Y es precisamente eso lo que ahora pesa sobre el corazón de los sirios que han venido aquí: “Nosotros les acogimos en nuestras casas, les dimos todo lo que necesitaron”, comenta N., y sin embargo hoy, después de muchas conversaciones y visitas a algunos refugiados alojados en chabolas que ellos mismos se han construido, lo que concluyo es que los refugiados sirios se han convertido en una fuente de negocio en Líbano, un país cuya afluencia de turismo se ha visto reducida en los últimos tiempos y que necesita fuentes de ingresos. Las calles de Beirut se van llenando de mujeres sirias que piden ayuda para vivir, pero también de libanesas que se hacen pasar por sirias para intentar conmover a los viandantes, lo que pone de manifiesto que no todo es de color de rosa para los libaneses. “A los beirutíes les gusta aparentar, les gusta aparentar riqueza, y eso no me gusta porque indica falsedad: prefiero la suciedad de El Cairo y su gente buena y sincera”, dice Y.. Y añade: “Seguro que te gustaría”. “Quien ha amado Siria no puede estar a gusto en Beirut hoy día, en Trípoli me siento más tranquila a pesar de las tensiones: el ambiente me recuerda a Siria y el modo de vida es más sincero”, comenta N., y sonrío diciendo con amargura que tampoco es tan extraño pues gran parte de la provincia de Homs, de donde es oriunda, está allí.

Y. estuvo trabajando un tiempo al salir de Siria en una agencia de noticias donde estaba a disgusto con sus compañeros y acabó dejando el trabajo: “Hay mucho desprecio hacia los sirios”. Un curioso episodio me ayuda a corroborar su sentimiento: un chico sirio al que apenas conocía me dijo que no hablara en dialecto sirio, que aprendiera libanés, pues sería mejor para mí y no sentiría rechazo.

“No soy feliz aquí, me siento muy sola”. Es lo primero que me dice K. cuando nos encontramos, y con ello expresa, con total sencillez, el individualismo beirutí que cada día siento que impregna más la ciudad, una ciudad excepcional, dentro de un país excepcional en todo estudio que se hace del mundo árabe, esa Viena de Oriente Medio que solo se puede amar u odiar.

No, Beirut no es ciudad para (algunos) sirios. Cuando digo a M. que preferiría estar en Damasco si se pudiera, no duda en contestar: “Tenemos la misma preferencia”.

Naomí Ramírez Díaz

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