Carta a la izquierda árabe y mundial

Hace unos días me tomé un segundo café con Salama Kayleh en Beirut. Repetir cafés nunca es mala idea, sobre todo cuando no sabes que te vas a llevar una tarea a casa: Salama me pidió, como favor personal, que tradujera esta carta que a continuación presento. Me lo pidió apenas dos días antes de la muerte de Chávez. Hablamos de que estaría bien que la leyera. Ahora que él ya no puede, esperamos que sus seguidores lo hagan y reflexionen sobre un error estratégico en el que la izquerda ha perdido al mundo árabe. Es una carta larga, pero que merece la pena leer hasta el final:

izda-siria

Coalición de la izquierda siria

Las fuerzas marxistas sufren de una cierta dispersión en cuanto a sus posturas de cara a la revolución siria, pues hay quien apoya la revolución y quien se niega de partida a considerarla una revolución, también hay quienes tienden a  apoyar al poder clasista gobernante. Ha quedado patente que esta dispersión es resultado en primera instancia de una problemática a la hora de comprender el marxismo mismo, además de un desperdicio de fuerzas y de la caída de muchos de ellos en una comprensión formal basada en lo político-factual y que se aferra a ideas que la realidad supera y clichés que en ningún momento fueron ciertos. Por tanto, el marxismo mismo ha estado ausente, una vez ha quedado patente que el conocimiento adquirido sobre él no sale de la superficialidad que creó el “marxismo soviético”, que eliminó el marxismo en sí al convertirlo en una “lógica formal” y una “doctrina teológica”.

Ahora es necesario adoptar una postura clara marxista de cara a la revolución siria. Una postura apoyada en el marxismo como metodología (y no como lemas y clichés); es decir, la dialéctica materialista como mecanismo de pensamiento, comprensión y conocimiento de una realidad que cambia porque es un proceso. El marxismo es una comprensión material y no una “doctrina” o unos lemas políticos, y, partiendo de dicho materialismo (que es dialéctco por necesidad), determina su imagen de la realidad para determinar con ello la postura científica exigida a los marxistas en su lucha en pro del desarrollo, la modernidad y el socialismo.

Desde esta perspectiva, pueden identificarse las siguientes cuestiones:

1. El principio que lleva a la determinación de una posición marxista es el estudio de la estructura dentro de la cual se conforma la sociedad. Las contradicciones a las que hace referencia el marxismo son contradicciones en la estructura de clases existente. Esa es la base de cualquier análisis y comprensión, paso previo a la determinación de una postura. Es la clave de todo análisis. Pasar por alto esta obviedad hace de todo análisis un análisis no marxista, ni científico, porque no parte de una realidad palpable. El marxismo comienza por la economía (y no por la política) en el análisis de la realidad, pero sin detenerse en ella, sino que eleva el análisis de la realidad hasta el nivel de las clases, y después al nivel ideológico y finalmente el político. Esta última, la política, es la que Lenin dijo que era la expresión concentrada de la economía, cuya comprensión exige una comprensión previa de la economía.

Comenzar por la realidad palpable exige que comencemos por Siria cuando discutimos la situación de la revolución en el país, y que comencemos por el análisis de la estructura económica y de clases antes de acercarnos a la situación política, las diferencias políticas y las luchas políticas. Debemos buscar las diferencias y las luchas en la realidad económica y de clases, para ser materialistas en el análisis. En este punto, observaremos que todos los que rechazan la revolución parten de diferencias y luchas políticas sin acercarse a la realidad económica y de clases o extraer dicha realidad a partir de esas diferencias y luchas. Esa es una comprensión idealista, lo opuesto diametralmente al marxismo. Por ello deja de ser un análisis marxista.

En consecuencia, la pregunta que parece obvia es: ¿Cuál era la situación económica y de clases en Siria antes de la revolución? ¿Cuál era la situación de los trabajadores, los agricultores y las clases medias? ¿Cuál era la naturaleza clasista que definía al poder? La postura ha de partir de esto precisamente y no de ninguna otra cosa, a no ser que haya una situación de ocupación, en sentido directo, lo que hace que el análisis quede ligado a tal situación. Siria no está ocupada (solo está ocupado el Golán, y la política del poder se basa en que la paz es la opción estratégica).

El liberalismo venció en Siria bajo el mando de Bashar al-Asad, cuando se liberó la economía, se marginó el “sector público”, se vendieron algunas empresas con ganancias y la importación pasó a ser la base de las operaciones económicas. Ello provocó el desplome de la industria y la agricultura, y la economía pasó a ser una economía rentista gobernada por una reducida minoría de la familia gobernante y sus seguidores. En consecuencia, la mayoría pasó a vivir en una situación difícil, ya fueran trabajadores, agricultores o miembros de la clase media. El paro creció mucho (30-33%) y los sueldos no bastaban para vivir (el sueldo mínimo es un quinto de lo que se calcula como mínimamente necesario para vivir). Así, el poder pasó a estar en manos de los “nuevos hombres de negocios”, que sometieron a la burguesía comercial tradicional, pasando el modelo de dominio de ser un dominio por parte del Presidente como en tiempos de Hafez al-Asad a ser un dominio por parte de este sector, que comenzó a configurar una alianza financiero-securitaria. Los trabajadores y agricultores pobres y de clase media y las clases medias urbanas en su mayoría dejaron de poder sobrevivir, mientras que aquellos pasador a dominar un 70-80% de la economía nacional (suponiendo un escaso 2% de la población).

Con esta situación, ¿dónde ha de posicionarse todo marxista? Se trata de una definición primaria de la situación, previa a la revolución en todo caso. El marxista está con los trabajadores y los agricultores pobres, en una alianza que incluye todas las clases sociales. Esa es su postura de partida para poder llamarse marxista. Así, está en contra del poder capitalista, mafioso y policial gobernante por necesidad. Debe tener en cuenta todas las demás cuestiones partiendo de tal postura y no desde una perspectiva elitista aislacionista cuya esencia y análisis “imaginario” se superpone a los intereses de dichas clases.

Es decir, el marxismo está con el pueblo y trabaja para activar la movilización social contra el capitalismo mafioso gobernante.

¿Esta situación provoca una revolución? Por supuesto, porque es la coyuntura ideal de toda revolución y es una situación parecida en todo caso a la de los países que han sido testigos de una revolución, donde se había conformado un poder familiar, mafioso y policial. Esa es la situación revolucionaria que comenzamos a vivir en los países árabes y veremos cómo se extiende a otros muchos en el mundo. En consecuencia, ¿cuál es la postura marxista de cara a la revolución?

2. Desgraciadamente, como todos los países árabes (con excepciones parciales) todo el que se llamaba a sí mismo marxista, estaba lejos de comprender la situación de clases y no sintió la acumulación de la asfixia que iba en aumento entre las clases empobrecidas, especialmente los trabajadores y los agricultores pobres. La tendencia general era que esos habían pasado a hacer girar sus políticas en torno a la democracia y la resistencia a la dictadura, sin ser conscientes de la base de clase de la dictadura, y sin poner la democracia en el contexto del cambio global en la situación de las clases. Ello supuso su aislamiento del pueblo y provocó una brecha que ha quedado clara a lo largo de la revolución.

Pero cuando aumenta la congestión de las clases el resultado necesario es un estallido. Y eso es lo que sucedió y por eso fue extremadamente espontáneo, especialmente en Siria en la que no había partidos ni sindicatos convergentes con dicho estallido para intentar influir en él.

En tal situación, ¿dónde queda la postura marxista?

En la historia del movimiento marxista, hay experiencias que no se han estudiado, entre ellas, la experiencia de las revoluciones de 1848 en Europa y cómo Marx las trató. Está la Comuna de París, donde Marx advertía de una revolución que provocaría el derramamiento de sangre de la clase obrera, pero cuando estalló, la apoyó,  participó en ella para que las masas aprendieran cómo llevar a cabo una revolución vencedora, y no se detuvo a lamentarse. También está la revolución de 1905 en Rusia en la que participó el Partido Obrero Socialista Democrático.

Todas estas revoluciones fueron espontáneas, poco claras en sus objetivos en su mayoría, y “burguesas”, pero la postura marxista fue participar en ellas con los trabajadores, no para una victoria internacional que ni se planteaba, ni siquiera como resultado de un análisis previo de la inevitabilidad de la victoria de la revolución, pues estaba claro para Marx y Lenin que las revoluciones fracasarían, sino que su objetivo era desarrollar las experiencias del pueblo para que venciera en otra revolución, ya que las masas aprenden de la experiencia como afirma el marxismo.

Así, la postura marxista verdadera la representa el ponerse del lado de la revolución, participar en ella y trabajar para desarrollarla si puede. Los marxistas no tienen otra opción cuando estalla la lucha entre el pueblo empobrecido y el capitalismo dominante y el eludirla es desvirtuar la comprensión marxista e inclinarse hacia la clase capitalista.

Los empobrecidos fueron los que se levantaron para lograr una vida mejor o para poder vivir simplemente, porque hay quien quiere trabajar en un país cuyo índice de paro llega al 30-33% de la población activa, y donde el nivel de los sueldos está en una situación deplorable como ya hemos visto. Si querían derrocar al régimen era para lograr el cambio que llevaría a fundar un sistema económico nuevo que pudiera absorber su situación y encontrar soluciones a sus problemas. Si las élites de las clases medias “urbanas” han incitado y participado para conseguir instaurar el “estado civil”, la libertad y el fin de la dictadura, ello no cambia el carácter social de la revolución, ni permite que su petición sea la base, porque la realidad de los empobrecidos empujará a que la revolución continúe hasta que se produzca una cambio radical (como observamos ahora en Túnez y Egipto). Ello se debe a que lo que mueve a la revolución es el paro, la pobreza y la marginación en primera instancia, unido a la instauración de un estado democrático, después de que estuviera unido al pillaje, el empobrecimiento y la dictadura.

No hay duda de que un aumento del papel de los marxistas en la revolución supondrá una aclaración de su carácter cristalino de clase y profundizará el proceso.

Desde esta perspectiva, debe rechazarse toda tendencia a “catalogar” la revolución en nombre del marxismo, ya sea en relación a los programas o a los partidos que, como se dice, deben dirigir, o en relación a la mirada “purista” que quiere una revolución “límpida” como la “nieve en los confines de Rusia”. Esa es la postura del “espectador” o del aristócrata que no quiere que sus zapatos se manchen con el polvo de la tierra. Un elitismo este que no deja de dominar a muchos “marxistas”. La revolución espontánea es un movimiento del pueblo, con todo lo que en sí lleva de cultura, comportamiento, religión y rebeldía, pero lo que la domina es el sentimiento compartido de incapacidad de vivir y, después, el esfuerzo por lograr el cambio. La revolución son momentos de aumento de su “sentido común” (como decía el marxismo) que le hace saber a quién derrocará y qué quiere de quien venga como alternativa.  Sabe que el derrocamiento debe traer el cambio que le permita sentir que su situación ha cambiado y que ha salido de la situación de muerte a la que se veía abocado como resultado del paro, la pobreza y la marginación. Esa es la base sobre la que debe erigirse todo verdadero marxista. Todo marxista revolucionario que quiera un cambio radical.

3. En esta situación, donde la izquierda no tiene papel, como tampoco lo tiene ningún partido político, la espontaneidad será la que gobierne la revolución y la conciencia de las clases empobrecidas será lo que determine sus lemas y los límites de sus peticiones. Si los que se implicaron en ella tenían como objetivo común derrocar al régimen, toda clase o sector tenía peticiones propias, que expresaban con espontaneidad solo cuando se les preguntaba. Los que perfilaron la petición general fueron los jóvenes de las clases medias que aspiraban a pasar de la dictadura a la democracia. Ellos fueron quienes respondieron al lema “Dios, Siria, Bashar y nada más” con el lema “Dios, Siria, libertad y nada más”. Los empobrecidos no pudieron expresar sus peticiones con claridad, pues no dominan ni el pensamiento ni la política, pero pueden expresar de forma directa sus necesidades. Por desgracia, la izquierda no les preguntó cuáles eran sus peticiones, ni las incluyó en un programa, unos lemas o unas políticas, precisamente porque estaba lejos del “espíritu” de la revolución.

En esta situación, los intereses de las fuerzas opositoras se contrapusieron y quedó patente que todas pretendían imponer su lógica y sus objetivos, y explotar la revolución para logar sus objetivos. Es algo natural, ya que todo sector o clase busca imponer su dominio para convertirse en la autoridad.

En este punto, en el marxismo, se hace necesario comprender los intereses de tales fuerzas y su expresión de clase, además de su efectividad en la lucha. ¿Son estas fuerzas –liberales, izquierdistas, nacionalistas e islamistas- influyentes y efectivas en la revolución? ¿Representan la realidad de las clases que expresan?

Según la lógica común, la revolución ha sido reducida a los partidos de la oposición, por lo que no hay un pueblo que lucha, sino una oposición que lucha contra la autoridad. Esta es la lógica más común, que expresa un marxismo superficial, que circunscribe el pueblo a la oposición y ve, así, la revolución a través del prisma de la oposición. En consecuencia, ignora su espontaneidad y comete un “crimen” teórico porque no distingue entre clase y partido (que se dice que representa a la primera), y entre pueblo y oposición (que se dice que representa al primero). Pero en realidad es todo más amargo que eso, porque esta lógica de entrada no ve al pueblo, sino que piensa que todo acto político es resultado de la actividad de un partido o fuerza. Por ello, no ve en la existencia más que la existencia política (o sea, el Estado). Y trata de partida la política según la perspectiva partido/poder, lejos de comprender la base económica y de clase como hemos dicho antes. Esto es precisamente contra lo que luchó fieramente Marx para llegar a su comprensión materialista que comienza con la economía para llegar a la sociedad.

Esto no hace a tal lógica capaz de conocer que en la revolución siria hay un pueblo que lucha sin una visión o conciencia política, y por tanto, sin partido. Y que hay partidos de oposición que no tienen extensión popular, ni base social, sino que son partidos de élites marginadas y envejecidas, que trabajaron y trabajan en el nivel “político”, es decir, en lo que se enfrenta al Estado sin tener en cuenta al pueblo, o estar preocupada por su realidad o problemas, ya que durante mucho tiempo lo han considerado “chusma”.

Por ello, es necesaria una visión del pueblo como pueblo “despojado de política” y no a través de las materializaciones políticas que no necesariamente lo definen, y que en su mayoría no lo definen, sino que expresan las aspiraciones de las élites de ser la alternativa al poder. Todas ellas (prácticamente) son de orientación liberal y a pesar de que dicen que son democráticas, no lo son en absoluto.

Estos partidos deben ser criticados por supuesto, algunos condenados, como aquellos que llamaron a una intervención militar imperialista, o los que han hecho gala de un discurso sectario o se han aliado con los Estados imperialistas o los retrogradismos árabes. Todos ellos han supuesto una carga para la revolución y han retrasado la expansión de la movilización, precisamente por su discurso “imperialista” que asustaba a las “minorías”, pero también a un sector popular más amplio, el sector que apoya, como todo el pueblo sirio, a la resistencia, el antiimperialismo y el anti-sionismo, y que rechaza el fundamentalismo que quedó agotado por su lucha sectaria contra el poder a finales de los 70 del siglo XX y principios de los 80.

¿Podemos entonces distinguir entre pueblo y oposición? ¿Podemos discernir la actividad espontánea del pueblo sencillo que lucha con valentía y heroicidad y observar las políticas de la oposición que parecen aprovechar la situación para lograr sus intereses?

La oposición, por tanto, expresa los intereses de las clases liberales a las que el poder dictatorial y el dominio de la “familia” sobre la economía marginaron. Esta oposición se ayuda del imperialismo para recuperar su dominio como alternativa a las familias Asad, Majulf y Shalish, a pesar de que la burguesía tradicional siria (los comerciantes de Damasco y Alepo en concreto) está aliada con “la familia”. Así pues, representa a la minoría liberal y sus políticas lo indican claramente.

También, cuando la actividad armada comenzó a ser la característica principal de la lucha, llegó el caos como resultado de la “escasa experiencia” de los jóvenes que entraron en ella, los mismos que se manifestaban pacíficamente en su mayoría, y a los que la violencia del poder les condujo a ello. Pero también quedó patente que las fuerzas fundamentalistas pretenden dominarlos, y han comenzado a comportarse como si fueran la fuerza básica. Han influido en la elección de nombres de las brigadas por medio del dinero, imponiendo nombres islámicos cuando estas brigadas necesitaban dinero y armas, sin conseguir aun así lo suficiente. Pero ello se mantuvo como una cuestión marginal, que se desarrolló después del empuje saudí para enviar “yihadistas”, que son salafistas cerrados cuya lucha está en el marco de la religión y no de la política ni de la lucha de clases. Son sectarios, por tanto, y pretenden imponer su dominio sobre las zonas en las que la revolución ha impuesto al poder la retirada, sobre bases medievales.

Ello provocó una nueva contradicción, pues si la lucha de las fuerzas fundamentalistas anteriores (sobre todo los Hermanos Musulmanes) se había definido por su carácter “ideológico”, ahora la cuestión sobrepasa lo ideológico debido a las prácticas del Frente de Al-Nusra, que ha comenzado a secuestrar a miembros de las minorías e imponer al pueblo “leyes de la sharía” según la comprensión wahabí de las mismas. Ello ha provocado que el pueblo tienda a ir en contra de sus prácticas mediante manifestaciones e incluso el uso de armas. Así, la revolución está enfrentándose no solo al poder, sino también a todas las fuerzas que pretenden aprovecharse de ella o trabajar para desvirtuarla.

Aquí es donde el marxista debe estar con el pueblo contra el poder, pero debe entrar también en la lucha contra esa oposición con todas sus políticas, y contra esas fuerzas fundamentalistas que amenazan con convertir la lucha en una lucha sectaria que es lo que el poder quiere, y lo que ha intentado desde el inicio de la revolución. También han de trabajar para desarrollar la efectividad del pueblo y aclarar sus peticiones y programas, además de organizar a revolución y diseñar una estrategia según la cual debe desarrollarse para superar su espontaneidad y convertirse en un bloque organizado consciente.

Tal vez los marxistas en los países árabes no vean la amplitud de esta lucha, pues están sumergidos en sus luchas contra sus regímenes, y también en situaciones parecidas como la lucha contra la “oposición”; pero deben apoyar a los marxistas revolucionarios en Siria, partiendo de la perspectiva de su comprensión de esta compleja realidad. Los marxistas sirios entran en una lucha con varios frentes para desarrollar la revolución y que esta venza, partiendo de la distinción precisa entre el pueblo que hizo la revolución y la oposición que quiere empujarla aquí o allá, o aprovecharla para el interés de uno u otro bando.

No hay duda de que hay muchas dificultades dada la “ausencia de la política” en aquellos que entran en ella con heroicidad. Sin embargo, es necesario, sobre todo porque los jóvenes revolucionarios desarrollan su conciencia sin prisa, pero sin pausa. Es una situación que vemos también en todos los países árabes.

4. No hay duda de que la espontaneidad de la revolución y la ausencia de la izquierda ha sido la base para el inicio de los problemas y la caída en errores, especialmente porque el pueblo actúa de manera experimental luchando con sus capacidades. Se manifestó y practicó todas las formas de protesta pacífica durante meses, pero pasó a la actividad armada bajo la violencia, el salvajismo y los crímenes de la autoridad. Todo ello no quita que sea una revolución, ni hace que el marxista se “desdiga” de su apoyo o de su participación en ella.

Se ha criticado el paso de la revolución hacia la acción armada y advertimos desde el principio de la magnitud de este paso y los peligros que podía conllevar. Sin embargo, cuando la revolución es espontánea no se pueden controlar sus prácticas. La revolución no se escriben en “catálogos” a los que haya que circunscribirse, sino que se trata de una actividad popular que camina según la coyuntura existente y se somete a la naturaleza de la práctica con la que el poder se enfrenta a la movilización popular. Por ello, no consideramos que se desvirtuara ni se saliera de su senda pacífica, sino que dijimos que había pasado a un nuevo nivel que debíamos intentar controlar para que no condujera al caos, y unirlo a la movilización popular para complementarlo en vez de ocupar su lugar.

No hay duda de que la situación fue por un camino que hizo de la actividad armada el “todo”; no obstante, ello ni elimina el hecho de que esto se produjo como reacción popular a la violencia salvaje que ejerció el poder desde el inicio, después de meses de no responder de forma armada (algo que Bashar al-Asad reconoció recientemente, y también Faruq al-Sharaa), sino que el aferramiento al pacifismo sigue siendo básico para la revolución.

Por tanto, el problema no era el pasar a la acción armada, que fue resultado de la violencia salvaje, pues las revoluciones pueden adoptar formas diversas, el marxismo acepta eso y Lenin teorizó sobre el “levantamiento armado”. El problema fue que la espontaneidad de la revolución podía llevar la acción armada al caos (como vemos ahora), lo que indica nuestra incapacidad como izquierda y no un error en la revolución.

Toda teorización sobre la “no violencia” y las “revoluciones pacíficas” (aterciopeladas) ha quedado como una ilusión y parece un preludio del aborto provocado de las revoluciones. La violencia persigue a la revolución, como dice el marxismo. Si hay quien pensaba que la era de la revolución había pasado y se ha dado cuenta de que se había equivocado, todos los que dicen que la era de la acción armada (o las revoluciones armadas) está en su ocaso se sorprenderán de que no hay ninguna revolución social que no entre en el marco de la violencia en algún momento.

Por ello, la crítica no es a la acción armada, sino que esta crítica puede extenderse a la forma de practicar la acción armada y la estrategia que la domina y si sirve a la movilización popular o la elimina. A nosotros nos concierne toda esta crítica porque vemos los problemas de la acción armada y cómo se ha convertido en una entrada para “comprar” brigadas armadas debido a la necesidad de dinero y armas o ha obligado a algunas brigadas a adoptar nombres “islámicos” para lograr financiación, y también vemos los problemas de la falta de estrategia militar o de la manera de poner fin a la lucha mediante el dominio de las ciudades.

En el marxismo “original”, y no en la deformación soviética, la lucha no es contra una sola parte, sino varias, porque la realidad es múltiple y las contradicciones en ella son, por tanto, múltiples. Si la lucha de clases es contra la clase dominante y su dominio y porque el pueblo quiere derrocar al régimen, económico y político, la revolución misma tiene contradicciones que han de enfrentarse. Hay una contradicción con las fuerzas liberales que quieren reducir la revolución a un cambio en la forma del poder (y tal vez las personas en el poder), hay una contradicción con los Hermanos Musulmanes que quieren imponer su autoridad fundamentalista (y su economía liberal), e intentan hacer que la revolución parezca una “revolución islámica” para logarlo, y en tercer lugar, hay una contradicción que ha aparecido recientemente con el Frente de Al-Nusra como una fuerza sectaria que ha venido a imponer una autoridad sobre las zonas que ha “liberado” el pueblo y abrir una lucha sectaria que su “doctrina” le impone. La victoria de la revolución siria está ligada a cómo se ponga fin a su nefasta influencia y a que se organice la revolución según una estrategia que parta de las peticiones básicas del pueblo y determine una política que lleve al derrocamiento de la autoridad.

Nos compete lograr establecer una unión entre la acción armada y la actividad popular, porque vemos que es algo que fortalece la revolución y logra su éxito: no hay victoria militar sin acción popular y la misión de la acción militar es romper los centros de poder de la autoridad, no abrir “una guerra total” para facilitar la victoria popular.

En este contexto entramos en una lucha contra las estrategias de las fuerzas fundamentalistas que trabajan para cimentar el uso de armas como principio que lleva a derrocar al poder mediante la “liberación” de Siria de la “ocupación asadiana”. No hay duda de que esta estrategia infantil no hace más que ayudar al poder a seguir destruyendo y matando. Lo que nos importa es la capacidad de destrucción, asesinato y enfrentamiento contra el movimiento popular que tiene el poder.

5. ¿Está el poder sirio en contra del imperialismo?

En primer lugar, al margen de la situación internacional del poder sirio, el marxismo está con el pueblo cuando se levanta porque, de partida, está con el pueblo. Así, al margen de la naturaleza del poder, el marxismo debe estar con el pueblo porque su revolución no fue resultado de una “conspiración” (y un pueblo no puede entrar en una conspiración, sea consciente o ingenuamente), sino que fue resultado de una situación en la que ya no podía vivir. Ello es lo que destrozó el socialismo y abrió las puertas a la transformación capitalista. ¿Cómo entonces era el poder capitalista, mafioso, familiar y policial?

Nuestro análisis previo indica el carácter de la clase dominante, un carácter capitalista y mafioso. Así, hemos de contestar a la pregunta siguiente: ¿Estaba esta clase dominante contra el imperialismo? ¿Cuál era su red de relaciones financieras y actividades económicas? ¿Cómo influye ello en sus políticas?

Dicha clase se esforzó en generalizar la economía rentista, que se basa en el sector servicios, el turismo, la industria inmobiliaria y el comercio (especialmente la importación) y los bancos. Y estableció redes con el capital del Golfo y europeo, trabajando como garante de las empresas petroleras estadounidenses (Muhammad Majluf, por ejemplo), e intentó ser el garante de las empresas de coches y todas las empresas imperialistas. Entró en contacto también con el capital turco, hasta que llegó a establecer relaciones con las mafias del este de Europa y Rusia. Esa es su red de “relaciones” financieras. Aspiraba a organizar su relación con el imperialismo estadounidense, pero la política de Bush hijo lo impidió debido a la “miopía” estadounidense basada en un enorme sentimiento de superioridad que llevó dicha política a afanarse en cambiar el poder en Siria tras la ocupación de Iraq.

Esta última realidad es la que hizo que el poder entrara en otra “alianza”, cuando se vio cercado y amenazado con ser derrocado. Fue por eso por lo que fundó su alianza con Irán mediante la firma del Pacto Estratégico de 2006, a lo que siguió la firma del Pacto Estratégico con Turquía (tal vez para mantener el equilibrio provocado tras las diferencias con Arabia Saudí, pero por intereses económicos resultado del hecho de que Turquía se negó a aplicar las sanciones estadounidenses sobre ambos).

Así, la cuestión aquí no es una cuestión de contradicción de clases, ni una contradicción nacional, sino que se trata de una lucha de intereses, como sucede entre los capitalismos. El poder aquí no es la continuación del “movimiento de liberación nacional”, ni su régimen es la continuación de los regímenes “nacionalistas”. Es otra cosa liberal y mafiosa que entró en contradicción con EEUU e intentó establecer relaciones con otros imperialismos (Francia, Alemania, y ahora Rusia y China). El capitalismo que define a la clase dominante es un capitalismo rentista como demuestra el estudio de la conformación de la economía siria en la cual los sectores productivos fueron destruidos (la agricultura y la industria). Este modelo de capitalismo no puede ser más que dependiente, porque la naturaleza de la actividad económica que practica exige eso (la importación y la actividad financiera, los servicios…). Con la imposición del aperturismo económico y el desplome del sector productivo la importación se hizo una necesidad, una necesidad básica de este tipo de capitalismo.

Así, la pregunta es: ¿Cómo puede este capitalismo estar en contra del imperialismo? La lucha estaba ahí, la lucha era sobre el modelo más favorable para dominar. Eso fue lo que empujó al imperialismo estadounidense a pensar en cambiar el poder en vez de entenderse con él, algo que el poder rogaba e intentaba. El “capricho” liberal exigía que se hiciera más sólida la relación con el centro imperialista, que es EEUU. Ese era el “capricho” de las élites que llegaron con Bashar al-Asad al poder y sobre cuya base se alejó a las élites que se desarrollaron en el tiempo de Hafez al-Asad (en su mayoría con la Unión Soviética).

En consecuencia, la diferencia con EEUU era resultado de una “mala valoración estadounidense”, que tal vez la profunda crisis económica impusiera, y que se unió a la imposición de lo que se ha llamado el “Nuevo Oriente Medio”. Y no fue, en cambio, resultado de los intereses de la clase que dominaba y que pasó a ser la que gobernaba después de descubrirse su verdadero rostro.

El poder ya no es un poder de “liberación nacional”, la economía ya no es una economía “desarrollista”, sino que el poder capitalista mafioso ha establecido redes con el capitalismo imperialista, aunque no sea necesariamente con el capitalismo estadounidense.

Este es el análisis marxista de la naturaleza del poder y sus redes internacionales y es lo que lo hace parecerse mucho a los demás regímenes a pesar de sus diferencias con EEUU. Es un poder capitalista, rentista y mafioso que roba al país en red con el capitalismo imperialista, o un capitalismo que es parte dependiente del capitalismo imperialista. Esta situación es precisamente la que hizo que los “teóricos” del poder sirio le pusieran el calificativo de “régimen de rechazo” y no de “anti-imperialista” o “de resistencia”, porque determinaron con precisión lo que eran y se dieron cuenta de que se abstenían de aceptar algunas condiciones políticas estadounidenses, pero no todas. Por ello, dejaron la puerta abierta a la vuelta de la relación con EEUU e hicieron esfuerzos en este ámbito. Pero los cambios internacionales y el estallido de las revoluciones impuso nuevas alianzas perentorias, con un nuevo imperialismo, eso sí: el de Rusia. Quien estudia los acuerdos económicos firmados hace meses ve esto claramente, porque son pactos económicos muy parecidos a los de cualquier país imperialista.

6. “La conspiración imperialista”:

Por supuesto, muchos marxistas han repetido la expresión de “conspiración imperialista” y han considerado que la revolución no es una revolución, sino una conspiración orquestada por el imperialismo estadounidense (algunos han extendido esta visión a todas las revoluciones árabes, para considerar que son el “caos constructivo” que el imperialismo estadounidense pretendía provocar a principios del nuevo siglo). Esos mismos han hecho referencia a una “conspiración” imperialista estadounidense totalmente fracasada, pero ¿sigue en pie dicha “conspiración”?

Esta perspectiva indica una falta de conocimiento y no solo de entendimiento, porque no ve todos los cambios que han tenido lugar en los últimos cinco años, especialmente tras la crisis financiera imperialista de 2008, que abrió las puertas de par en par a la desintegración y el debilitamiento del modelo capitalista al completo por un lado, y al cambio de los equilibrios de fuerzas por otro. La política imperialista de EEUU fracasó en imponer el dominio general que inició poco después de la caída del muro soviético de Berlín y que aceleró tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Ya no puede ser la única potencia mundial mientras intenta solucionar su creciente crisis desde comienzos de los 70 del siglo pasado. Ello es lo que ha permitido a las luchas “latentes” volver para dividir el mundo y ha permitido que Rusia se convirtiera en una potencia equivalente a EEUU y ha hecho que el miedo estadounidense se dirija hacia China. También ha hecho que todos los países capitalistas estén en una situación de receso como resultado de la crisis económica provocada por la configuración mundial de la economía y la “desvirtuación” del capitalismo hacia una forma financiera que domina toda la actividad económica.

Así, ya no estamos en la era del dominio estadounidense, aunque su sombra siga presente, y presenciamos una ampliación del papel ruso que intenta dominar los mercados, como todo imperialismo.

Partiendo de ello, ¿dónde está la “conspiración imperialista”?

Lo que se ha visto sobre el terreno es que hay una verdadera conspiración, pero contra la revolución y no contra el poder, pues EEUU vende Siria a Rusia y Arabia Saudí tiembla ante las revoluciones árabes y hace esfuerzos para abortarla apoyando el fundamentalismo (los salafistas) y exportando “yihadistas” que se han convertido en un problema en la revolución. Turquía ha perdido a Siria y ve que EEUU vende el país a Rusia, por lo que apoya el fundamentalismo y los “yihadistas” para lograr llevarse algo. Catar quiere, como Turquía tal vez, y con apoyo francés, que los Hermanos Musulmanes lleguen al poder, por eso les ha dejado aprovechar el Canal Al-Jazeera y ha expandido su discurso fundamentalista, deformando las imágenes de la revolución para aumentar su fuerza (la de los Hermanos).

Esa es la situación internacional que va en beneficio directo del poder y en detrimento de la revolución.

El problema de esos “marxistas” es que siguen repitiendo un discurso que ya pertenece al pasado, que les hicieron memorizar los compañeros soviéticos, y no han encontrado aún a quien les haga memorizar otro. La contradicción principal es la contradicción de clases y no con el imperialismo, más que desde la perspectiva de clases, y ese es el error de comprensión que los soviéticos generalizaron.

El imperialismo dominante ya no es el de EEUU que se oponía a la Unión Soviética, aunque siga teniendo un papel, pero no el de quien quiere dominar el mundo. No obstante, sigue siendo imperialista y, por tanto, debemos estar en su contra. Pero su situación en el mundo ha cambiado debido a su profunda crisis que no tiene solución y el mundo se ha abierto a una división de los mercados que ha de tenerse en cuenta. A pesar de ello, el modelo capitalista ha pasado a estar en la “sala de reanimación” debido a su configuración que ahora lo domina como una economía de émbolo financiero que margina a las fuerzas productivas, que están en crisis también debido a la “superproducción”.

Todo ello hace de la revolución siria una lucha de múltiples problemáticas, porque se enfrenta a diversas fuerzas, locales, regionales y mundiales. No son solo Rusia, China e Irán, sino también EEUU, Arabia Saudí y todos los estados imperialistas. El marxista debe ver todo eso, no quedarse aferrado a los “clichés” que ya pertenecen al pasado. Debe ver la realidad y las políticas imperialistas ahora y no como las memorizó hace décadas.

El marxista sabe que todo hecho importante impondrá intervenciones de muchas fuerzas que tengan intereses y debe saber dónde se vierten esas intervenciones y cuáles son los intereses de dichas fuerzas en concreto y ahora, y no en un tiempo pasado.

Desde esta perspectiva, la teoría de la conspiración, a pesar de las intervenciones de fuerzas, cae por su propio peso y se convierte en una “conspiración” contra la revolución, contra el pueblo y contra Siria, en la que el poder es un instrumento que hace lo mismo que EEUU en Iraq: destrucción, asesinato y detención salvaje. Solo porque defiende los intereses de la mafia gobernante.

7. Por todo esto los marxistas deben materializar en los países árabes una postura clara de cara a la revolución siria:

En primer lugar es una revolución con el pleno significado de la palabra, resultado de la decadencia económica que tuvo lugar durante la pasada década y la imposición del empobrecimiento, la marginación de amplios sectores del pueblo y la centralización de la riqueza en las manos de una minoría familiar mafiosa.

Y por eso, en segundo lugar debe apoyarse la revolución, para que triunfe y abra el horizonte a la realización de importantes transformaciones sociales y políticas. Y también para que se abra el camino a que la revolución llegue a otros países (de Marruecos a Arabia Saudí).

En tercer lugar, debe rechazarse toda lógica que invite a la intervención militar imperialista, y en consecuencia, rechazar la intervención de Rusia e Irán. También ha de rechazarse toda lógica sectaria o que quiera imponer un carácter religioso a la revolución. Del mismo modo ha de revelarse la política de la oposición que resume la revolución en su propia petición, que es una petición liberal que no soluciona los problemas del pueblo, sino que soluciona los problemas de personas que quieren el poder.

Cuarto, deben sacarse a la luz las prácticas salvajes del poder contra el pueblo, que llegan al límite de crímenes contra la humanidad, como ha de sacarse a la luz la destrucción saudí, catarí y del Golfo que busca abortar la revolución en el caso de Arabia Saudí y lograr el dominio de los Hermanos Musulmanes en el caso de Catar.

Quinto, se debe apoyar a la izquierda árabe, política y mediáticamente, y de todas las formas posibles, como una parte de la política que busca coordinar la actividad de todos los marxistas en los países árabes, que trabajan para participar en las revoluciones y quieren desarrollarlas y convertirlas en revoluciones populares triunfantes.

Sexto, se debe establecer una coordinación en el ámbito mediático para romper el dominio de los medios del Golfo imperialista que deforman la revolución y trasladan una imagen distinta de su esencia, por medio del intercambio de datos y la publicación de análisis de los marxistas sirios sobre la revolución.

Séptimo, todos los marxistas del mundo han de trabajar para aclarar el carácter de la revolución e intentar transformar las posturas de la izquierda que apoya al poder mafioso y criminal bajo el pretexto de “la lucha contra el imperialismo” para que adopten una postura verdaderamente revolucionaria que apoye la revolución y considere que es parte de las revoluciones árabes, de un nuevo levantamiento árabe revolucionario: la chispa para un gran levantamiento mundial que la crisis imperialista hará explotar en Europa, Asia y tal vez todo el mundo.

Tal vez ello precise la organización de una conferencia general que incluya a todos los marxistas interesados en la revolución, el cambio y el desarrollo de las revoluciones para que de veras logren derrocar a la clase capitalista rentista dominante en todo el mundo árabe. La revolución ahora necesita (y lo necesitaba de partida) fuerzas arraigadas y organizadas, con una estrategia clara, unos objetivos y una visión, para realizar las peticiones del pueblo. Puesto que la solución no es capitalista en absoluto -porque la solución capitalista que se ha aplicado desde las leyes de aperturismo (infitah) que aprobó Anwar Sadat a mediados de los 70 del siglo pasado es la que ha impuesto el estallido de las revoluciones-, la solución se esconde en la superación del capitalismo. Ello es lo que pondrá las bases para que los marxistas tengan un papel más importante, pues son ellos los que pueden llevar un proyecto que supere el capitalismo e incluya una solución para los todos problemas sociales.

Esperamos que se produzcan una interacción, un contacto y un diálogo para realizar las misiones que hoy se perfilan en el horizonte de la realización del socialismo”.

Salama Kayleh,

Coalición de la izquierda siria

Traducción del árabe: Naomí Ramírez Díaz

Anuncios

2 comentarios to “Carta a la izquierda árabe y mundial”

  1. por favor podría indicarme la dirección exacta de este texto en árabe ? Gracias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

UNA NUEVA IZQUIERDA

buscando alternativas

A %d blogueros les gusta esto: