El mundo fue y será una porquería, ya lo sé …

Hugo Moyano

“…que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos…”

Enrique Santos Discépolo. Tango Cambalache.

El poder de un sindicato se mide por la capacidad que tienen sus afiliados de presionar a la economía, de la patronal o del estado, en caso de tomar medidas de fuerza. Pero este poder debe ser racionalmente empleado para conseguir mejoras justas, reivindicaciones encaminadas a lograr progresos en la calidad de vida de los trabajadores.

Ese poder no debe ser empleado para obtener ventajas escandalosas sobre el conjunto de la clase a la que pertenecen y, mucho menos, para que sus dirigentes puedan encaramarse al frente de las organizaciones obreras.

Un poco de cada, hay en el duro enfrentamiento al que los camioneros se encuentran abocados contra el gobierno de Cristina Fernández en Argentina. De sobra es sabido de las actitudes muchas veces rayanas al sabotaje y el gorilismo (*).

La historia de América Latina está plagada de ejemplos de gorilismo, propiciados por quienes menos se puede pensar, por otros trabajadores que buscan sacar ventaja pisando los derechos de sus compañeros de clase. Nadie debe olvidarse que el gobierno democrático y popular de Salvador Allende en Chile fue volteado por un golpe militar azuzado por las algaradas iniciadas por el Sindicato de Camioneros que prefirieron cobrar de la CIA más de lo que conseguían trabajando honradamente, provocando el desabastecimiento alimenticio que desembocó en protestas masivas.

El mismo pulso pretendieron, en el invierno de 2012, sus colegas argentinos y aún continúan amenazando al gobierno con sus “reivindicaciones”.

Si analizamos con algo de detenimiento la situación podemos constatar dos cuestiones muy importantes: la actitud del dirigente sindical que propicia el enfrentamiento y la base real de sus peticiones.

Al dirigente, Hugo Moyano (**), habría que ubicarlo políticamente con claridad. Proviene de la más rancia derecha del peronismo y su trayectoria, que lo llevó en un momento a apoyar al marido de la actual presidenta, Néstor Kirchner, le vuelve la espalda Cristina Fernández, que intenta apoyarse en la juventud del mismo movimiento, claramente posicionada a su izquierda. Y esto, Moyano lo considera una “traición”.

Otra cuestión importante: en esos momentos en el Concejo Directivo de la CGT, el sindicato argentino más importante, Moyano sólo contaba con el apoyo de 16 de los 35 miembros del mismo. Estaba en juego, nada menos que la supremacía de su sector al frente de la dirección cegetista y había que hacer algo que desequilibrara la balanza a su favor.

El gobierno actual había promulgado una ley sobre las ganancias que pretendía gravar los sueldos más elevados (***); aquellos que superaran los $ (pesos argentinos) 110.00  anuales, cosa que afectaba a sólo el 5% de los trabajadores y, casualmente los camioneros se encuentran entre ellos. Para comprobar el poder de este gremio les invitamos a leer, en este mismo blog el post “El poder de los sindicatos transportistas argentinos”.

En un país que está saliendo de una larga crisis, donde el salario mínimo, vital y móvil alcanzaba en julio del 2012 los $2150 (algo más de 500 U$S), los transportistas rondaban los $10000, es decir, casi cinco veces más.

Con la amenaza de repetir los hechos del Chile de Allende y dejar al país sin alimentos y combustibles, por un lado, y reducir temporalmente las pingües ganancias de los patronos del transporte, Moyano consiguió su doble objetivo, un aumento del 25,5% de los salarios, con lo que el impuesto a las ganancias no salía de los bolsillos de los camioneros y el mantenimiento de la Secretaría General de la CGT. Misión cumplida.

 

 

(*) El gorila se define por ser un personaje antipopular, perteneciente a una clase social elevada o privilegiada, contrario a las reivindicaciones obreras.

(**) Hugo Moyano no es sólo el Secretario General de su sindicato, lo es también de la Confederación General del Trabajo (CGT), la más poderosa organización obrera argentina.

(***) Veamos esto en el contexto de un país que no está acostumbrado a la imposición al trabajo.

 

 

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