Calma, para que la izquierda recupere a Dios

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Desde una perspectiva crítica con el uso de la religión como instrumento político, y desde su pleno convencimiento izquierdista y ateo,  Nahed Hatar, habla de la necesidad de que la izquierda sepa acomodarse a Dios en unas sociedades en las que está muy presente, para evitar que el fascismo islamista haga uso de él en contra de la libertad. Un texto digno de reflexión.

A continuación, presento la traducción al castellano:

Pido disculpas a los lectores, pues voy a comenzar con una experiencia personal, en una noche de agosto del año 1998, cuando volvía a mi casa en el barrio de Ammani y me atacaron cuatro matones fuertes, que me golpearon sin parar en cada rincón de mi cuerpo hasta que me desmayé. En el hospital, encontré a Dios esperándome, pues el ensañamiento de los golpes que me habían propinado en el vientre había destrozado parte de mi intestino delgado, lo que anunciaba mi muerte. La muerte, de hecho, me abrazaba; pero no la abracé. En los momentos de consciencia que sacaba entre una y otra operación, estaba tranquilo por mi voluntad de vivir. Incluso, cuando los médicos –que eran mis amigos- se quedaron en vela para despedirme, salí del corazón del coma, soportando el dolor con una sonrisa: ¡No moriré ahora!

Dios sabía- como debe ser- que, cuando me ayudaba a vivir más años, no iba a ganar mi fe religiosa, pero ¡es Dios! Y seguía disfrutando de parte de su libertad para hacer lo que le place con todo el mundo, sin distinción por credo, religión, sexo, nacionalidad, orientación intelectual o trinchera política.

Desde entonces, y cada vez que la vida está conmigo, generosa y placentera, canturreo el poema de mi poeta favorito, Hasan Abdallah, que se titula Nur (“Luz”):

‘Siempre está la luz

de una estrella que nos libera de la oscuridad y la opacidad.

Siempre hay una fuerza

 que nos acompaña

y nos recuerda, cuando estamos en la boca del abismo,

que mientras vivamos,

no dejará de vigilarnos,

y nos acaricia con oscura dulzura lo invisible.

Si no, ¿qué queda vivo?’

Desde el verano de 2011, cuando el islam político popular comenzó a ascender y se extendieron las amenazas a los que no compartían su opinión o su política: los de izquierdas, los nacionalistas, los cristianos, los agentes de Damasco, los chiíes, Hezbollah, Irán, los traidores, los herejes, los cruzados… Desde entonces, no he vuelto a repetir el poema iluminado de Hasan Abdallah y ya no tengo la certeza de que Dios me esperará en el hospital si me atacan los matones, pues los matones de la primavera árabe no son como los del régimen árabe –aunque los métodos sean los mismos-. Estos están protegidos por la divinidad, tienen el derecho judío absoluto de degollar a los “diferentes” y prohibir a Dios que los ayude a ellos o a sus semejantes. Dios es un rehén en uno de sus sótanos, encadenado bajo la extrema vigilancia de una de sus coordinadoras.

No se sorprendan, se trata de una antigua tradición de Oriente que el islam político ha recuperado del legado judío, pues ellos fueron los primeros en hacer de Dios su rehén y utilizarlo en sus guerras salvajes, insaciables de sangre, como nos cuenta orgulloso el texto del Antiguo Testamento.

Dios era rehén de los judíos y del poder, pues no te venía cuando lo querías. Incluso Jesús lo llamó, envuelto en heridas en la cruz, y no pudo acceder a la petición de un hombre agonizante. Murió para liberar a Dios y al hombre de las coordinadoras judías, después, al tercer día, rompió su celda y el hombre piso a la muerte. Y de su encierro en las prisiones de los reyes y césares Mahoma tuvo que recuperar a Dios luchando, para que en Damasco floreciera un jazmín y en Bagdad las mil y una noches.

Entre el Dios rehén y el Dios absoluto hay una total división entre el significado y la apariencia, y que el profeta Jubran resumió así: “Y tú, si amas, no digas: Dios está en mi corazón; sino que has de decir: Estoy en el corazón de Dios”. No es lo mismo monopolizar a Dios y utilizarlo como un instrumento que vivir, libre, en su universo sin límites.

Es una larga historia para la que no hay aquí espacio, pero es suficiente para decir que hoy yo, el izquierdista, necesito la luz y la fuerza, necesito el dominio de Dios que incluye a los ateos. Lo busco, pero no lo encuentro: está prisionero en la provincia de Alepo.

La izquierda árabe ha perdido a Dios, dos veces: una por exagerar el cientifismo, y otra por aceptar que lo hayan secuestrado las organizaciones fascistas. En ambos casos, la izquierda árabe ha fracasado en apoderarse de la historia. En nuestros países, donde lo divino se muestra en los humanos, las piedras y los árboles, no se puede eludir la liberación de Dios para liberar la tierra, la sociedad y el ser humano. Aquí, en nuestros países destrozados, heridos, hambrientos y oprimidos, no podemos lograr nada en lo visible sin lo invisible: debemos poseer la luz.

No estoy llamando a una reconciliación con la religión, ni a un acuerdo entre la fe y la ciencia… No, estoy llamando a recuperar a Dios de las manos de los fascistas.  Les gritaremos con valentía: Vosotros, carceleros de Dios, no lo representáis. Nadie nunca representa lo absoluto, y nadie tiene ningún derecho a representar lo absoluto. El islam político –como el cristianismo político- no es más que una traición a Dios, supone secuestrarlo, monopolizarlo y utilizarlo como punta de lanza fascista.

Vi a Dios, de soslayo… Huí, en las lágrimas de los tunecinos que vinieron a despedir a nuestro mártir, Chukri Belaid, y lloré de amor. Lo vi en la plaza cairota de Tahrir, intentando romper las cadenas, pero la izquierda no lo ayudó. Y veo a los soldados sirios aceptando llamarlo, mientras el himno de la izquierda no cubre sus espaldas“.

Naomí Ramírez Díaz

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