Ahmad

imagessuriya

Siria es la prioridad

Esto no es un análisis político, sino un retrato humano.

Ahmad nació hace unos 23 años en el “tiempo de la ignorancia”, pero no una ignorancia al estilo religioso de la yahiliyya (época considerada como de barbarie previa al islam), sino que utiliza la expresión zaman al yahl, una etapa en la que la gente no era consciente porque sus mentes estaban dominadas por el modelo erigido por el “Partido Árabe Suicida Baaz”, como irónicamente se refiere a él.

Tras esa etapa, llegó el tiempo de la revolución. Él fue de los primeros en salir a manifestarse en su ciudad natal, Idleb. Incluso cuando la gente tenía miedo, él decidió salir porque “si nosotros no defendemos nuestra tierra, ¿quién va a hacerlo?” Se para y me pregunta que si conozco Siria, a lo que contesto afirmativamente. Entonces su mirada se pierde y dice “Siria… La palabra en sí ya lo dice todo, es una palabra tan grande, es casi más grande que la palabra madre”.

Ahmad no sabía que perdería a la suya de la forma que menos esperaba. Él salió del país pocos meses después de iniciarse la revolución porque lo llamaron del ejército y “me negué a alistarme en un ejército que protege a semejante régimen”. Las palabras de su padre ante tal negativa expresan muy bien el ambiente en que Ahmad creció y que le hizo tener unos principios tan elevados: “No te permitiría que lo hicieras”. Por ello, abandonó Siria y se puso a trabajar como camarero para enviar dinero a su familia.

Una activista siria, que conoció a su padre, escribía: “(Su padre) permaneció en su casa –un cuarto piso- casi un año y cuando le decíamos que si estaba loco, él contestaba que dónde iba a ir”.  Finalmente, acabó cruzando la frontera a Turquía con su mujer y su hijo pequeño, para ponerlos a salvo, mientras él entraba y salía a llevar ayuda humanitaria “sin protección de nadie”-insiste Ahmad-, pues colaboraba en la gestión del campamento de Bab al-Hawa. En un reciente comentario en Facebook se quejaba de que la oposición gastaba miles de dólares diarios mientras los refugiados carecían de mantas.

Hace dos días, el 11 de febrero de 2013, Ahmad entró en su Facebook tras varias horas sin acceso a internet y lo primero que encontró fue la imagen de su padre. No entendía por qué había una foto antigua de su padre en las redes sociales. Entonces leyó el pie de foto en el que se decía que había fallecido a consecuencia de la explosión de un coche de Bab al-Hawa, junto con su mujer y su hijo pequeño. “No puedo expresar lo que sentí, no hay manera de que lo puedas imaginar o sentir. Los que estaban conmigo preguntaron qué me pasaba y solo pude lanzarles el teléfono”. A pesar de su entereza y la sobriedad de sus palabras, se adivina una tristeza contenida que no ha dejado salir y que le obliga a desaparecer unos minutos para poder estar a solas. Nadie le sigue, todos comprendemos callados. Vuelve a sentarse y me dice que no puede quejarse, porque es un orgullo ser hijo de un mártir que ha trabajado por Siria. “No hay que estar triste, lo que importa es que el objetivo se cumpla”. “Pero hay gente que se ha colado en la revolución para difamarla, y esos son aún más salvajes que el régimen, porque quien trabaja en la revolución para difamarla es peor que quien la reprime: son gente sin principios”.

“Mi padre no permitía errores. Ni a mí me pasaba uno, y por eso criticaba a todos los que cometían errores”. La activista siria antes mencionada decía: “(Su padre) no ha muerto como resultado de sus críticas a los errores del ESL y los muyahidines en alto, ni por jugar con fuego cuando hacía de mediador para que se liberara a los secuestrados […], estaba en contra de los asesinatos, del sectarismo y de atemorizar a la gente, y a pesar de todo fue un milagro que no lo mataran. Hoy, un coche bomba se lo ha llevado a él y a su familia en territorio turco, donde iba a alquilar una casa para su familia”.

La entereza que demuestra Ahmad es sobrecogedora. “No puedo más que dar gracias a Dios”, pero su mirada azul sigue perdida, bajo el choque de una realidad que aún no ha asimilado, y apenas prueba bocado de la comida que los que estamos a su alrededor nos empeñamos en darle.

Me dijeron antes de encontrarme con él: “No hay familia en Siria en la que no haya pasado algo”. Lo sé y, sin embargo, Ahmad, con su rostro dulce y su mirada azul, deja a quien lo conoce con un sentimiento amargo de soledad y pérdida, una pérdida que solo él siente y que los demás no podemos comprender, una pérdida que le llegó como tantas otras –ajenas- nos llegan a nosotros.

Naomí Ramírez Díaz

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One Comment to “Ahmad”

  1. No tengo palabras. Lo siento por él por el dolor de su alma, de su corazón. Es una herida que siempre perdurará. Parecerá que cicatriza pero siempre sangrará. Lo siento por sus seres queridos. Ellos perdieron aún más, perdieron sus vidas. Ahora están incompletas. Otros cerraron sus capítulos, si ni siquiera acordar con ellos el final.

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