Hamás, ejemplo de la heterogeneidad y pragmatismo de un movimiento

Hamas

Los movimientos islámicos y partidos de corte islamista, que son de muy variada tipología, como se ha “descubierto” con las revoluciones en el mundo árabe, no son en ningún caso entes homogéneos y monolíticos como sucede en todas las agrupaciones de talante político y social. En este sentido, nos parece que el caso de Hamás, calificado de grupo terrorista por los países occidentales, que, por otra parte, permitieron su participación en unas elecciones cuyos resultados no gustaron en 2006, es extremadamente interesante por varias cuestiones que pasamos a analizar.

En primer lugar, su propia categorización ya resulta complicada: es un movimiento islamista nacionalista sí, pero carece de un Estado de iure y prácticamente de facto (el caso de Gaza es muy particular). Es decir, su actuación no está delimitada por unas fronteras reales, ni siquiera disputadas, pues se enfrenta en verdad a una ocupación progresiva del territorio de Palestina. No solo eso, sino que su propia evolución denota su desarrollada capacidad de adaptación a las circunstancias y su alto pragmatismo, recientemente puesto a prueba, como veremos, por la revolución siria.

Hamás nació de la que fuera la rama palestina de los Hermanos Musulmanes, que a raíz de la segunda Intifada, decidieron centrar su labor en la resistencia directa a la ocupación y no en una “reislamización de la sociedad” o el mero proselitismo. Incluso, Khaled Mishal, tras las elecciones de 2006, llegó a desligarse de la Hermandad enfatizando el carácter de movimiento de resistencia del grupo, tal y como su nombre (Movimiento de la Resistencia Islámica) expresa.

Ahora bien, debido al exilio forzado de muchos líderes, la división del territorio palestino, la frágil seguridad en Gaza, donde Hamás tiene más peso, y otros factores impuestos por la realidad de la ocupación y la geopolítica, un buró político exterior era necesario para realizar la labor diplomática de la organización y darle una cierta movilidad. No obstante, esta división entre el interior y el exterior ha tenido algunos efectos negativos, como puede ser la desconexión del liderazgo exterior con la realidad sobre el terreno (a modo de anécdota, Khaled Mishal, líder exterior, visitó recientemente por primera vez en su vida la Franja de Gaza).

Desde que se conformara su buró político hasta 1999, el liderazgo exterior de Hamás tuvo su sede en Jordania (país que, recordemos, fue creado como patria alternativa para los palestinos), fundamentalmente por el hecho de que algunos de sus líderes poseían tal nacionalidad, como Khaled Mishal. Sin embargo, con la llegada del rey Abdallah II al trono en 1999, las prioridades de Jordania pasaron a ser sus buenas relaciones con Occidente e Israel (con quien había firmado la paz en 1994), aliados necesarios para superar las dificultades económicas de una economía totalmente desarticulada. Las operaciones de Hamás desde su territorio suponían un peligro para el mantenimiento de sus privilegios.

Mientras los países árabes, siempre defensores de la causa palestina en el nivel discursivo, miraban para otro lado, Siria acogió a la resistencia palestina. No obstante, ello no fue fruto del convencimiento siempre aducido de que la paz debía de ser una paz global y de que Siria nunca firmaría una paz en solitario como Jordania y Egipto, sino que renunciaría a sus derechos mientras que los palestinos tuvieran que hacerlo también (lo que se contradice con la intervención en Líbano en 1976 en contra de la OLP). Más bien, el régimen, en pésimas relaciones con sus vecinos árabes y no árabes (salvando el caso de Israel, cuya frontera permanecía tranquila) y en plena preparación de la sucesión por parte de Bashar al Asad dada la precaria salud de Hafez al-Asad, necesitaba mantener una estabilidad interna fundamentada en alguna ideología popular como la defensa de la causa palestina.

Nuevamente, el caso de Hamás se presenta como particular.  Al contrario que otras facciones palestinas como el Frente Popular para la Liberación de Palestina por poner un ejemplo, Hamás nunca pasó a formar parte de los servicios secretos sirios, reprimiendo cualquier actividad por parte de la población palestina que pudiera considerarse opositora, sino que se mantuvo neutral. En otras palabras, Hamás nunca fue técnicamente un actor estatal, sino uno no estatal. Ello le dio la posibilidad de disfrutar de una “independencia” constreñida por el miedo a contrariar al régimen y que ello provocara un nuevo exilio tras el cual no tuvieran dónde ir (a día de hoy, Hamás mantiene oficialmente su sede en Siria pero sus miembros están repartidos entre Catar, Egipto y Gaza grosso modo).

No obstante, el ser un actor no estatal implica tener una cierta influencia en el país en que se actúa. La relación entre Siria y Hamás fue siempre simbiótica: Hamás necesitaba un “hogar” y Siria necesitaba legitimarse en su postura de país de resistencia. ¿Qué papel jugaba Hamás en la política siria?

Durante años, la relación personal entre Khaled Mishal y Bashar al-Asad hizo del primero una especie de consejero del segundo en temas bastante diversos (de hecho, Khaled Mishal aconsejó al presidente sirio que hiciera reformas al inicio de las protestas), a cambio de un tácito acuerdo de lealtad al régimen.

La revolución siria ha venido a romper esa ecuación: un movimiento de resistencia no puede dejar de apoyar las demandas populares si quiere mantener su popularidad (véase cómo Hezbollah ha quedado condenado al ostracismo en cuanto a apoyo popular se refiere por su apoyo incondicional explícito al régimen). Sin embargo, tampoco tenía la libertad de movimiento necesaria para expresarse a favor de la revolución como antes se ha comentado. Hamás se escudó en la no injerencia en los asuntos internos del país (algo que años atrás le había importado poco a Mishal en sus conversaciones con Bashar al-Asad, lo que supone un ejemplo más de su pragmatismo y capacidad de adaptación) para posicionarse de forma neutral: “Estamos con Siria, con el liderazgo y con el pueblo”, dijo Mishal en mayo de 2011.

Para el régimen, eso no fue suficiente, y comenzó a presionar a Hamás para que se posicionara a su favor. Ante el silencio calculado y autoimpuesto del liderazgo exterior de Hamás, los líderes de Gaza comenzaron a pronunciarse a favor de la revolución, como hizo Ismael Haniye en su visita a Egipto en febrero de 2012. Esto precipitaría la salida de Hamás de Siria ante el enfado del régimen, que terminó por acusarles de traidores. A finales de febrero y principios de marzo, los líderes de Hamás en Siria abandonaban el país por “motivos de seguridad”. Ni siquiera entonces, llegaban a mostrar un apoyo a la revolución que se conocía ya sobradamente, lo que demuestra nuevamente su prudencia en todas sus actuaciones para evitar consecuencias negativas, dada la fragilidad de su situación.

En su visita a Gaza en diciembre de 2012, Khaled Mishal levantó la bandera de la revolución siria en territorio palestino (esta bandera también salió en las celebraciones del 25 aniversario de Hamás, incluso en Ramallah), demostrando explícitamente su apoyo y confirmando que su salida de Siria supone una reconfiguración de alianzas que va más allá de la relación entre el régimen y Hamás. Esto se debe a los cambios acaecidos en la zona y a la centralidad de la revolución siria, algo que Hamás ha sabido valorar y ha actuado en consecuencia para no “quemarse” en su popularidad como Hezbollah. El llamado arco chií pierde una pieza fundamental (por cierto, suní) mientras Hamás vuelve a su “entorno natural” suní como dijera un líder islamista sirio en una conversación con la autora.

Naomí Ramírez Díaz

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