La Mentira del Baaz. Ni unidad, ni libertad, ni socialismo

Este texto que concentra la historia del Baaz a modo de intentar facilitar el entendimiento de su actuación actual en Siria, es obra de la investigadora del departamento de estudios árabes e islámicos de la UAM, Naomí Ramirez. Aunque sorprende por su joven edad, esta investigadora a despuntando como uno de los referentes académicos sobre el Islam Político y más concretamente sobre Siria en ese ámbito. Es cofundadora del blog de Traducciones de la Revolución Siria y colaboradora del blog sobre los Hermanos Musulmanes en castellano. Todo un lujo con el que agradecemos contar en Entretierras.
El Partido Socialista Árabe Baaz es un nombre que evoca fundamentalmente dos cosas: un carácter socialista y otro de resurgimiento (baaz significa “resurrección”) de la nación árabe; es decir, del panarabismo, de la pertenencia a la comunidad árabe. Sin embargo, en el caso de la República Árabe Siria, en la que el régimen de la familia Asad ha mantenido la consigna de que “El partido Baaz es el líder del Estado y la Sociedad” (art. 8 de la Constitución vigente entre 1973 y 2012), el sistema no se ajusta en absoluto a esos principios.

El Baaz nació formalmente en 1947 de la mano de dos miembros de la burguesía urbana damascena. Se trataba de un pensador cristiano, Michel Aflaq (que terminaría exiliándose nada menos que a Iraq al amparo de Saddam Hussein, y que no ocultaba, todo sea dicho, sus tendencias fascistas aprendidas de Zaki al-Arsuzi, admirador del nacionalismo alemán más radical, que luego se desmarcaría del partido); y otro musulmán, Salah al-Bitar (que sería asesinado en su exilio en 1980 en circunstancias que parecen apuntar al propio régimen sirio, diestro en el asesinato político en el exterior de sus fronteras- véase Líbano a modo de ejemplo).  Para ellos, “el socialismo es una necesidad que brota del corazón del mismo nacionalismo árabe; es el régimen ideal que permitirá al pueblo árabe, de la forma más perfecta, desarrollar sus posibilidades” (art. 4 de la Constitución del partido Baaz). Como la historia demuestra, el Baaz, a pesar de su unión con el Partido Socialista (de ahí el calificativo), no ha sabido mantener las bases que en su día formaban su apoyo social, pues el sistema sirio terminó convertido en una mafia clánico-familiar y clientelar reducida al entorno más inmediato del Presidente.

La ideología baasista tenía un claro potencial para atraer a las minorías, predominantes en las zonas rurales debido a su asentamiento histórico en dichas zonas, y en el ejército, por dos razones básicas. Por un lado, la política francesa de reclutamiento, durante la época del Mandato, de las minorías religiosas para sus Troupes Spéciales, fomentando así la división sectaria (hasta el punto de patrocinar la creación de para-Estados confesionales); y por otro, la idea de que estos sectores de la población, tradicionalmente marginados, tenían la posibilidad de ascender socialmente en el ejército. El  énfasis en el carácter laico de la nación y la unidad panárabe por encima de las diferencias sectarias, atraía a las minorías confesionales (que no étnicas, obviamente). La unión del Baaz con el partido Socialista y sus principios de justicia social hizo que los agricultores y población rural vieran en este partido su natural representante. Su preponderancia en el ejército, y las purgas que se realizaron de oficiales no baasistas (que suelen omitirse), llevaron a que la ideología baasista fuera dominante en el ejército, fortaleciéndose en él el ala militar del partido Baaz (que formaba un tándem con su ala política) y en la que estaba, entre otros, Hafez al-Asad.

En 1963, el partido Baaz, mediante un golpe de Estado -como era ya tradición en la Siria post-independencia-, llegó al poder. Sin embargo, las rivalidades internas y las luchas de poder, sobre todo entre las alas militar y política, provocaron nuevos golpes internos que en 1966 resultaron en el dominio del ala militar sobre la política con Salah Jadid al mando del gobierno, el único que quedaba para hacer sobra a Hafez al-Asad (que, poco a poco, había ido neutralizando a otros posibles contrincantes) y  con el que en 1969 estaba enfrascado en un combate en el que solo podía quedar uno. En 1970, Hafez al-Asad, entonces ministro de Defensa (cargo que, por cierto, ocupaba en 1967, año en que la pérdida del Golán fue anunciada antes de que sucediera, por lo que cabe pensar que Hafez al-Asad obtuvo algú n rédito por ello), se negó a seguir las órdenes de Jadid de intervenir en Jordania para frenar el conocido como “Septiembre negro” contra la OLP y los palestinos en general. Tal obstinación contradice la retórica del régimen asadiano de defensa de la causa palestina y de la unidad de los destinos de ambos pueblos durante décadas, negándose a toda solución al conflicto con Israel que no implicara una paz global, aunque después se ha demostrado que el régimen, aunque las negociaciones bajo cuerda nunca han cesado, no hace mucho había recibido una suculenta oferta). Ello fue el detonante del “Movimiento Correctivo”, que, como su nombre indica, era para corregir las políticas previas, excesivamente izquierdistas y pro-palestinas para el gusto de Hafez al-Asad, que se convirtió en Presidente, y obviando su discurso panarabista, se lanzó a una política de “Siria primero” y luego ya veremos.

Como las relaciones con los países vecinos no eran especialmente positivas, por varias razones que exceden los límites de este texto, Assad, que jamás había tenido buena relación con el régimen del Shah en Irán, vio en la República Islámica (siendo Siria un régimen laico) un potencial aliado estratégico aunque en un primer momento no fuera una alianza demasiado consolidada. Ello puedo verse principalmente en las divergencias sobre la situación en Líbano durante la guerra civil que se inició en 1976, caos que Hafez al-Asad aprovechó para intervenir asegurando que solo así se garantizaría la estabilidad en la región (el argumento favorito de Israel y EEUU también), sin decir que ello le servía para desviar la atención de sus propios problemas internos con el enfrentamiento con grupos asociados con mayor o menor acierto a los Hermanos Musulmanes.  Pero quizá lo que sorprende más es que Siria entró (aunque sus alianzas cambiaron varias veces a lo largo del conflicto) contra la OLP y la presencia palestina en Líbano (que, también ha de decirse, había causado ya muchos problemas al país), contraviniendo su retórica. Y de hecho, todos aquellos que hablan de la alianza en el eje antiimperialista con Hezbollah e Irán, olvidan dos cosas: que Siria hizo un pacto tácito con Israel cuando este invadió Líbano en 1982 en el que se repartieron el territorio y que ese mismo año, con la creación de Hezbollah (apéndice iraní entonces), Hafez al-Asad vio cómo su dominio de la confesión chií contra la OLP a través de Amal se veía amenazado por al presencia de Hezbollah (que, con los años, parece haber ‘secuestrado’ en su discurso la causa palestina) en su “patio trasero”. Finalmente, Hafez al-Asad tuvo que sucumbir, más aún porque la alianza estratégica con Irán estaba ahora en una nueva fase, que no es otra que la de la guerra irano-iraquí. En ella, Hafez se posicionó del lado persa, enfrentándose al único país donde el proyecto baasista (a su manera) se había consolidado (su enemistad con Saddam Hussein era bien conocida y no tenía más opciones). Ello puso a Siria en contra de todos los países árabes.

No solo eso, sino que, hubo incluso negociaciones para que Siria entrase, de lado de la coalición de la OTAN en la guerra del Golfo de 1991 en contra de Iraq. Siria no entró directamente con sus tropas, pero sí apoyó la intervención, contraviniendo nuevamente su discurso antiimperialista, para luego entrar en las conversaciones de la Conferencia de Madrid, sin haber logrado las garantías necesarias de que sus propuestas se fueran a tomar en consideración. Pero, la falta de acuerdo de paz con Israel benefició a Siria, por su carácter de frente de la resistencia contra Israel, durante años con el dinero de las petro-monarquías del Golfo, esas que son bases de EEUU como suele aducirse rápidamente al hablar de su apoyo a la “revolución” en Siria, cuando en realidad lo que buscan es que no triunfe en cuanto a sus objetivos de democracia.

Sí, en 1999 Hafez al-Asad acogió a Hamas en su seno (que, no lo olvidemos, nació de los Hermanos Musulmanes) cuando Jordania expulsó a sus líderes, pero la limitada capacidad de movimiento y actuación, y la salida de Hamás de Siria en 2012 han demostrado que no logró poner al movimiento bajo su yugo (algo por lo que el movimiento pagó), como sí hizo con otras facciones palestinas como el FPLP.  El hospedaje no ha supuesto una total sumisión a las políticas del régimen “laico” que, en las últimas dos décadas ha fomentado la construcción de centros de educación religiosa suní (y en el ámbito chií ha ayudado a la expansión de la chiización desde Irán incluso en zonas que nunca habían contado  con presencia de dicha secta) y ha mirado a otro lado mientras yihadistas cruzaban su territorio para unir Líbano e Iraq contra la ocupación  estadounidense, hasta que, con el escandaloso asesinato de Rafik Hariri en 2005 en Líbano, Siria se vio aislada internacionalmente. Fue entonces, cuando comenzó a usar mano dura. No es casualidad que en 2008, Bashar al-Asad fuera invitado a la ceremonia del 14 de julio, y que ese mismo año, apenas unos meses antes, muriera asesinado Imad Mughaniya, dirigente de Hezbollah residente en Damasco. No es descabellado ver una relación entre ambos sucesos. Además, Irán, con el creciente aislamiento internacional, poca capacidad de protesta podía tener.

Si a todo lo anterior añadimos las políticas neoliberales y aperturistas desde la llegada de Bashar al-Asad, como la permisividad con la formación de monopolios entre sus familiares y amigos, la concesión de ciertos servicios a empresas privadas y, en definitiva, la retirada del Estado, con lo que ello conlleva de crecimiento de las diferencias sociales, además del descontento que ello sembró entre las burguesías comercial e industrial tradicionales que se ven amenazadas, cabe preguntarse: ¿Dónde han quedado el panarabismo, el laicismo y el socialismo?

La respuesta es sencilla: han quedado en la Contitución del Baaz, que ya no es “líder del Estado y la sociedad”, ni lo era desde hace tiempo, pues sus funciones se habían reducido a ser un órgano de cooptación de nuevos cuadros y a mantener una fachada de representatividad (aprobando algunas medidas de corte socialista de vez en cuando) en el parlamento. El Baaz era una carcasa, y por eso eliminarlo de la constitución era fácil.

Si, según la ideología baasista, los países árabes eran “una única comunidad/nación con un mensaje eterno”, el mensaje eterno que deja el Baaz en Siria es el de la incapacidad de reacción a la traición de sus principios por parte de quien supuestamente los defendía, al margen de lo positivo o negativo de los mismos. Ni “unidad”, “ni libertad”, ni “socialismo”.

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