Para algunos “La Eva”, para el pueblo “Evita”

evita

La odiaban, la odian, los biencomidos:

por pobre, por mujer, por insolente.

Ella los desafiaba hablando y los ofendía viviendo.

Nacida para sirvienta, o a lo sumo para

actriz de melodramas baratos,

Evita se había salido de su lugar.

Eduardo Galeano

“Memorias del fuego”

El párrafo de Galeano, ese uruguayo universal, la define con toda claridad: la odiaban los biencomidos, la adoraban los pobres. La mejor reseña de Evita, posiblemente, se pueda hacer con brochazos de trazo grueso, con anécdotas vividas personalmente o contadas tantas veces que se van borrando con el tiempo.

Mi primer recuerdo estaba impreso en una fotografía sepia que conservaba mi madre y que desapareció en un registro policial muchos años después: una mujer joven, con el pelo recogido, bella, muy bella le coloca la mano en el hombro a un niño de cuatro años y se sonríen mutuamente. Están en una inauguración y el niño se ha escapado de la mano de su padre y se pone a su lado, como para salir en la foto. Y lo consiguió, tuvo su foto al lado de Evita. Por lo menos dos décadas después mi padre me contó que mientras él me regañaba a gritos por haberme escapado, ella le hacía gesto con su mano blanca, como diciendo, está bien, déjelo.

Esa imagen de Evita con un niño está repetida en miles de fotos, en miles de lugares, en miles de inauguraciones o en miles de visitas a los que ella cariñosamente llamaba “mis cabecitas negras”, “mis grasitas”, sus humildes, sus pobres, los que siempre han coreado su nombre y que seguramente todavía no la olvidan hoy día.

La segunda postal me lleva treinta años después de la primera, por las calles de Buenos Aires, al frente de unas de las manifestaciones más grandes de la historia del país. Subiendo por Santa Fe hacia 9 de Julio, el barrio más oligárquico de la capital y donde más se odió, y se odia a Evita, casi medio millón de personas del interior, de los barrios marginales,  gritaban a todo pulmón, hasta quedarse roncos “Si Evita viviera, sería Montonera”; toda una declaración política que seguramente ella hubiera asumido.

Como cuando allá por el año 50 mandó comprar ingente cantidad de armas para formar milicias obreras en defensa del gobierno popular que continuamente era amenazado por golpes de estado militares, y las mandó almacenar en la central sindical única.

O, en aquel 22 de agosto del 51, a pocos meses de su muerte, con un cáncer que le comía la vida, con el pueblo reunido en la Plaza de Mayo, frente a la casa de gobierno, renunció a la petición de los sindicatos de presentarse a vicepresidenta del gobierno. Renunció a los honores, a los halagos y sólo pidió quedarse en el recuerdo de sus “descamisados”.

O aquella vez que un embajador de España montó en cólera porque para poder entrevistarse con ella tenía que ponerse a la larga cola de gente que cada día se concentraba ante la Secretaría de Trabajo para verla. “Un embajador vale mucho menos que cualquiera de estas mujeres que hoy quieren verme. ¡Qué haga cola! Y si no alcanza el tiempo, que venga mañana más temprano”. Esa era Evita.

Completando el párrafo de Galeano: “La querían, la quieren, los malqueridos: por su boca ellos decían y maldecían. Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso (…), el incesante manantial que prodigaba empleos y colchones (…), dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde el lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas”

Y hoy como ayer, sigue todo igual: los pobres, que no pudieron conocerla por su edad, la recuerdan con respeto, la veneran. Los ricos siguen insultándola, temiéndola, odiándola; los que fueron capaces de escribir “¡Viva el cáncer!” en las paredes del hospital donde estaba muriendo. Eso es Argentina

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