Ser llamado extranjero

Todo territorio habitado por el hombre se encuentra circundado y atravesado por fronteras materiales y simbólicas. Pero esas fronteras, no solo se alojan en territorios, ya que ellas también son interiorizadas por los hombres. Su interiorización crea un sentimiento ficticio de identidad colectiva, que sirve a unificar enmascarando diferencias internas. Entonces las fronteras pueden esconder grandes diferencias y profundizar pequeñas. Este artículo plantea una revisión sobre los procesos que hacen de las  pequeñas diferencias un símbolo de la alteridad. A partir de allí, se hace visible como, una letra o una palabra pueden ser usadas como símbolo de fronteras  infranqueables. En ese sentido, la palabra extranjero marca una barrera que impide la integración del inmigrante.

Fedra Cuestas, psicóloga, candidata a doctora en filosofía Universidad de Paris VIII, Vincennes – Saint Denis.

“¿Se me permite citar un recuerdo personal? Tomé conciencia de este tema el día en que, después de compartir con migo cerveza y chocolate, un viejo pescador indio de orillas del lago de Patcuaroi (Estado de Michoacán, México) me explicó en perfecto castellano (llamo así al que comprendo sin dificultad alguna) que él había descubierto a posteriori por qué todos sus intentos de emigrar a los Estados Unidos habían fracasado: es que, me dijo: en la lengua tarasca está faltando un letra ¿entiendes amigo? Y jamás se recupera esa perdida desde siempre. Ahora bien, justamente con esa letra había que contar par pasar la frontera del Norte. Pero esa situación no es reciproca: nunca en su vida el gringo hallará la letra que falta en inglés, o en francés, o bien en alemán; sin embargo, pasará la frontera todas las veces que desee, por todo el tiempo que desee, tanto que esta ultima perderá llamtivmente parte de su materialidad.[1]

Frontera es un concepto geográfico a través del cual podemos ver una determinada  representación del mundo. Generalmente este término se emplea para referirse a las divisiones políticas, entonces es definido como: zona o área adyacente a la línea del límite entre dos Estados. Pero en realidad su aplicabilidad  es más amplia y se refiere a la franja de contacto entre dos ámbitos geográficos diferenciados. Se trata de una franja imprecisa, que hace interactuar  escenarios marcados por una distinción. Podemos pensar, como ejemplo de ello, al límite entre el mar y la tierra, siempre difuminado y vuelto a inscribir por la constante ondulación de las olas, cuyo vaivén se acerca y se retira, crece y decrece, entra y sale, cierra y abre… Pero el juego de las olas termina por disolver  arena, mar y agua en un vago contorno. Por ello, frontera es un concepto que nos habla de aquello que al mismo tiempo une y separa, estableciendo una diferenciación a partir de una previa interacción. La frontera marca una separación, una distinción; pero la frontera en sí misma es un espacio intermedio (que por lo tanto hace de punto de unión).

Existen fronteras llamadas naturales (ríos, montañas, bosques, etc), que el hombre instaura como  símbolo, con la intención de marcar el fin de un territorio y el comienzo de otro. Las fronteras naturales son fronteras políticas, si distinguen territorios pertenecientes a diferentes estados, provincias, etc. Ante la ausencia de elementos naturales utilizados para diferenciar espacios, el hombre construye líneas, muros, alambrados, etc.  Pero toda frontera material, es siempre al mismo tiempo simbólica. La frontera puede perder selectivamente su materialidad (permitiendo el libre transito a determinados ciudadanos), sin embargo es su inmanencia simbólica la que le permite esta capacidad de selección.

Las fronteras buscan dejar constancia de la separación respecto al otro. Esa separación es un umbral interiorizado, siempre difícil de demarcar. Por ello, a  veces, solo se representa en mapas y parce no existir concretamente. En otras ocasiones, es necesario figurarla como infranqueables cordilleras, intransitables mares, o mediante muros minuciosamente custodiados. Estas formas que delinean la frontera, existen físicamente, pero su presencia se refuerza de importantes cargas simbólicas. Entonces encontramos montañas, ríos, murallas, alambrados, hechos símbolo de una distinción. Pero también hay fronteras netamente simbólicas. Algunas como la bandera, o el escudo buscan la identificación a una categoría, por lo tanto la cohesión entre quienes se sienten miembros de ella. Otras tienen por meta crear categorías de rechazo, de exclusión, de desvalorización, de subordinación. Hay discursos que se dirigen hacia ese objetivo. Numerosos nombres constituyen esas categorías: beur[2], chicana, cholo[3], moro[4], los che, sudaca, gringo, bolita[5], sin papeles, extranjero.

La frontera consiste en ser el espacio que quiere hacer visible una diferencia socialmente construida. La función de la frontera es distinguir categorías (sean estas religiosas, culturales, económicas, etc.). Su función específica hoy es realizar una discriminación y una selección de clases sociales. Por ello existen fronteras que bordean la periferia de un territorio abriendo su paso solo a quienes admiten en su interior, pero dejando pasar de manera oculta a quienes se pretende someter a una categoría inferior. Junto a este tipo de fronteras, conviven otras que atraviesan territorios y dividen internamente. En ocasiones hay fronteras que se superponen, y en determinadas situaciones ellas dejan territorios expuestos.

En el pasado existía una zona neutra entre los confines de diferentes territorios. Esa zona neutra era un amplio espacio considerado sagrado, ubicado al exterior de las comunidades. Hoy esa zona no necesariamente es periférica, más bien puede ser localizada en variados puntos geográficos, pero siempre sigue manteniendo la característica de sagrada. Es decir se mantiene neutra a la ley, en estado de excepción, como lugar de abandono, de destierro, como campo donde habita el extranjero despojado de su vida política, concebido como homo sacer.  Esa zona neutra se materializa en lugares como Guantánamo, Sangatte, determinados barrios periféricos,  o las zonas de detención de extranjeros en los aeropuertos internacionales[6].

Con el transcurso del tiempo los bordes que delimitan un territorio se fueron acercando, haciendo que hoy se cosquilleen. Pero las cosquillas pueden producir risas y/o molestia. Del mismo modo que toda proximidad demasiado reducida puede producir placer y/o displacer. La zona neutra en la Antigüedad y la Edad Media era un espacio disponible para la batalla y para el traslado de un territorio a otro. Hoy las confrontaciones y los procesos de pasaje se han traslado a espacios interiores de los sujetos que participan en ellas.

Desde siempre, las fronteras se interiorizan, constituyendo así el punto a partir del cual se cimienta el sentimiento colectivo de identidad. Determinadas garantías simbólicas focalizan identificaciones comunes, las cuales crean un sentimiento ficticio de unidad, enmascarando las diferencias internas existentes. Es así como el pasaporte, la bandera, la lengua, ciertos hábitos alimenticios, etc., pueden transformarse en fronteras que el externo a esa identidad puede o no atravesar. Los símbolos que representan una identidad colectiva se convierten en armaduras, que sirven de frontera para separarse y mantener vigente una distinción respecto al otro.

Toda identidad se erige a partir de una diferenciación respecto al otro. Cuando esa diferenciación  es demasiado amplia o demasiado estrecha, surge lo que Freud denomina “narcisismo de las pequeñas diferencias”[7]. Esta noción deriva de los estudios realizados por Crawley sobre el tabú de aislamiento personal. Basándose en ellos, Freud explica que los sentimientos de ajenidad y hostilidad existentes en los vínculos humanos se fundamentan en pequeñas diferencias que resaltan en un marco de semejanzas.

El psicoanálisis muestra la presencia de agresividad (reprimida o no) en casi toda relación prolongada. Esto sucede así entre miembros de una familia, entre vecinos, entre comunidades cercanas, entre países colindantes, etc. Freud encuentra un sustrato narcisistico en el origen de las reacciones de aversión y repulsión existente entre pueblos próximos. Entiende estas reacciones como expresión de un amor a sí, que procura la autoconservación. Estas reacciones serían una defensa frente a “pequeñas diferencias”, que son percibidas como si fueran una crítica y una incitación a producir cambios. Freud dice no conocer las razones de esta alta sensibilidad causada por las pequeñas particularidades de la diferenciación. Pero explica que esta intolerancia desaparece en la formación de masa. Al interior de esta última no hay repulsión hacia el otro. Los individuos que la componen no reparan en las diferencias entre ellos, se comportan como si fueran homogéneos. Esta restricción del narcisismo es producto de una ligazón libidinosa basada en la identificación. Los miembros de la masa se identifican entre sí, por el hecho de contar con idealizaciones en común incorporadas en su ideal del yo.

Los objetos incorporados en el ideal del yo, pueden ser ideales tales como la patria o sus representantes simbólicos: su líder, la bandera, la frontera, etc. Los miembros de una comunidad, identificados a los símbolos que la representan, mantienen vigente una ilusión de homogeneidad. Esta ilusión queda cuestionada ante la presencia de importantes semejanzas y pequeñas diferencias, exhibidas por quienes son considerados representantes de la alteridad. Pero al mismo tiempo, la restricción de la agresividad al interior de la masa requiere de la existencia de otros, otros diferentes, con quienes no se comparta la identificación,  hacia quienes derivar la violencia presente en toda relación humana. Entonces las pequeñas diferencias se ofrecen como blancos hacia donde apuntar la agresividad contenida. La violencia desviada de los miembros de la masa, se manifiesta en la repulsión, el desprecio, la competencia que aparece frente a la alteridad. Las reacciones hacia las diferencias sostienen la cohesión grupal, canalizando la violencia hacia el exterior, hacia quienes son señalados como diferentes, entre los cuales el migrante ocupa un lugar destacado. De ese modo, el otro por ayudar a construir una cierta unidad, es mantenido siempre en el límite: ajeno a lo propio (percibido como impropio), pero emplazado en un espacio donde la violencia desviada pueda alcanzarlo.

Respecto al comportamiento de las masas, Rancière[8] demuestra como errónea la presuposición que explica las medidas de control que pesan sobre los migrantes en Francia, como destinadas a evitar un racismo originado en una pasión popular. Para ello cuestiona la hipótesis que acusa al Estado de faltar a sus principios, mostrándose complaciente ante sectores populares que demandan medidas restrictivas hacia los migrantes. Oponiendo pasiones populares a la lógica universalista del Estado racional, se explica la implantación de leyes que supuestamente previenen reacciones racistas esperadas de los sectores antes mencionados. Sin embargo, Rancière devela que se trata de políticas racistas del Estado,  argumentadas mediante un juego que emplea una coartada antirracista. No se trata de una presión ejercida desde las masas sobre el gobierno. Por el contrario, es la razón de Estado que alimenta el racismo, confiando a las masas la gestión imaginaria de su legislación real. En este caso vemos un racismo nacido de una creación del Estado, una construcción intelectual, lo que Ranciére denomina racismo frío. Ello nos hace ver entonces, que el racismo dirigido hacia  originarios de otros pueblos, que afecta hoy las migraciones, es producto de una lógica estatal. Ella utiliza los comportamientos existentes en las  formaciones de masa, para dar una justificación intelectual a prácticas discriminatorias.

Luego de esta aclaración, es posible retomar  lo que sucede al interior de la masa.  En ella, la identificación con los ideales es una exigencia difícil de soportar constantemente. El otro entendido como diferente asegura la cohesión grupal al permitir un escape a la violencia. Pero al mismo tiempo amenaza la homogeneidad al exhibirse  como una alternativa identificatoria posible (la cual es repudiada). La diferencia del otro implica un cuestionamiento a la identidad (en especial a la ilusión de homogeneidad que ella inspira), por ello suscita reacciones defensivas.

El otro es producido por una desidentificación. Rancière señala al respecto que “Ahora bien, la causa del otro como figura política, es en primer instancia esto: una desidentificación en relación a un cierto sí mismo. Es la producción de un pueblo que es diferente del pueblo visto, dicho, contado por el Estado, un pueblo definido por la manifestación de un error cometido contra la constitución del común, la cual construye otro espacio de comunidad”.[9] »

De este modo, se puede entender a las fronteras interiorizadas de identidad nacional, no solo como fronteras que rodean lo nacional, sino más bien como fronteras que lo atraviesan, como fronteras internas. Ellas se construyen de idealizaciones de símbolos, y se sostienen por medio de proyecciones dirigidas hacia quienes son considerados diferentes y denominados extranjeros. El extranjero se representa entonces, como un reflejo negativo de lo identificado como nosotros, volviéndose el espejo invertido de ideales culturales, el ejemplo de aquello que los nacionales no pretenden ser. Sobre el extranjero recaen un sinnúmero de proyecciones que delatan deseos reprimidos de los nacionales. De allí la “inquietante extrañeza” que produce.

Nacional y extranjero están definidos por fronteras, que no son más que ficciones. Esas ficciones pueden crear identidades, pero también pueden alterar hasta borrar al otro. Butler[10], [11]muestra que una cara puede ser producida por medio de la difusión de representaciones sociales falsas. Determinados rostros, puedan ser objeto de una utilización tendenciosa que los vuelve retratos enmarcados de una forma tal, que solo permite ver en ellos lo que se pretende que representen. Ciertos rostros extranjeros se aparecen como la cara del terror, de la opresión, de la corrupción, etc. Estas caras desfiguradas representan, aquello con lo cual no es posible identificarse.

Igualmente, los rasgos distintivos que se expresan en las pequeñas diferencias, son enmarcados de tal forma que en ellos solo se vea una imagen estereotipada producida en el enmarcamiento. Una utilización tendenciosa de estos rasgos crea falsas representaciones, que inducen al repudio de la identificación.

En esas condiciones, el extranjero no existe, queda tachado por proyecciones que no hacen referencia a él. Al extranjero no se le permite hablar, se habla de él, sobre él, por él… Se lo nombra a través de características étnicas (color de la piel, religión, etc.), resignificando su cuerpo como disímil. El extranjero es lo que de él se dice,  palabras injuriosas que tienen el poder de herir al alterizar.  Al respecto, G Le Blanc dice “Una vida deviene extranjera porque es instituida en una diferencia que no viene de ella y que la produce como vida precaria, menos vivible que las otras[12]»

La norma instituida en una nación no puede ser alcanzada por todos. Entonces, no solo es extranjero aquel que proviene de un exterior, lo es también todo aquel que no comparte los ideales normativos de la nación. Todo aquel que se sale de los marcos normativos considerados aceptables, deviene inadmisible.  Una vida no nace extranjera, se vuelve extranjera a una nación cuando esta no la recibe. Sin importar donde se haya nacido o pasado gran parte de la existencia, puede ser denominada extranjera toda vida calificada de diferente. Esta denominación es una manera de marcar ciertas vidas como ilegítimas.

A la inversa, no todo aquel originario de otra nación es extranjero. Solo es extranjero aquel que al interior de una nación determinada, es perpetuamente calificado de esta manera, constantemente designado como externo; razón por la cual nunca podrá encontrar allí un espacio donde participar, donde integrarse, donde su vida sea reconocida. Determinados extranjeros son acogidos y entonces pueden dejar de serlo, pueden integrarse  a la comunidad donde habitan, pueden hacerse parte de ella. En tanto que para otros la condición de extranjero es una condena perpetua,  jamás se les permite salir de esa condición. Ellos nunca fueron recibidos, para ellos no hay espacios posibles de reconocimiento. A estos últimos se le abren ciertos espacios de presencia, donde pueden producir o reproducir (pueden trabajar, pueden formar una familia); pero se trata de una presencia vacía, una presencia sin existencia. Una presencia que solo sirve como parámetro normativo de lo que no se debe ser. El extranjero puede lograr ciertos grados de participación sin pertenecer a ninguna institución. También puede llevar muchos años de asentamiento en un espacio que no lo alberga. En ocasiones puede obtener documentos perpetuamente renovables que den cuenta de la transitoriedad de su  estancia en el territorio que lo relega, y hasta a veces puede conseguir papeles que marcan como definitiva su permanencia en el territorio donde es clasificado como extranjero. Sin embargo, su condición no se modifica. De este modo, bajo la condición incambiable de extranjero, la migración nunca llega a su fin. El extranjero se transforma en un migrante perpetuo, siempre en espera, siempre con algo pendiente, siempre en falta de un signo que permita su verdadero arribo.

Diferencias tan pequeñas como la pronunciación de una letra en la amplia gama de sonidos que tiene toda lengua, conservadas por el extranjero como ínfimas reliquias que preservan algo de sí, son percibidas por el nacional cual si fueran amenazas. Por ello se destina tanto  ímpetu en que sean borradas, anuladas, expelidas, o al menos desacreditadas. Por ello su lengua y su palabra son descalificadas o impedidas, su historia es enterrada, su existencia es desconocida. Entonces no pueden dejar de encarnar el nombre con el cual son marcados: extranjero, extraño, externo, del exterior, de afuera… Ser llamado extranjero es quedar atrapado al interior de un nombre que deja fuera del lugar en que se habita, de las redes sociales conocidas, incluso de la historia de los nombres que se llevaron desde antes de nacer. Ser llamado extranjero es ser desalojado de legados, de vínculos, de deseos…

Para G. Le Blanc[13], extranjero es el nombre dado a un género que califica las vidas que no pueden ser asignables al espacio de la nación. Se trata de un nombre que al extranjero, le es impuesto como único estatuto social, un nombre que lo somete a la retraducción de todas sus experiencias, un nombre que anula historias. Extranjero es un nombre injurioso que crea una identidad negativa. Esta apelación puede dirigirse a cualquiera, pero no se dirige a todos y siempre produce efectos de relegación.  Es el llamado a una ruptura entre el nosotros y el ellos. Ser ubicado en el ellos implica una desvalorización de la lengua que se emplea, impide situarse donde de se habita y allí participar. Esta ubicación que aparta mediante un fuerte rechazo, se expresa con la sentencia: “tu no eres de aquí”. Ser designado extranjero implica un rechazo a ser integrado en el nosotros. Este nombre mantiene en la periferia de las normas, creando una categoría social inferior asociada a lo patológico. Esta designación es una manera eficaz de no recibir al migrante, de no permitirle instalarse, de conservarlo por siempre en estado de recién llegado, de dejarlo en una zona de precariedad.

La precariedad que afecta la vida del extranjero es descrita por Le Blanc de la siguiente manera: « Existen humanos que están más estabilizados que otros, cuyas propiedades sociales están más incorporadas que las de las de las vidas precarias o las de las vidas excluidas. Sin embargo, esto no significa que ellos estén plenamente asegurados de nunca encontrarse falsificados por la designación que expulsa sometiendo al régimen de extranjero. Entrar en la cuestión del extranjero, es al contrario comprender que la estabilización social de una vida jamás está asegurada, siempre puede hacer defecto, no por algún vicio interno escondido sino por la fuerza de la designación que suspende la cedula de identidad y absorbe el sujeto así designado en el grupo de los extranjeros, aquellos y aquellas que no tienen su parte, los vivientes de ninguna parte”[14] »

El autor antes mencionado denomina condición de extranjero a “…la precipitación en la situación de estar adentro estando afuera, engendrada por la designación de una vida como extranjera[15] » Para él « La condición de extranjero no es una condición humana compartida, ella reposa sobre una designación que crea la posibilidad (social, jurídica, economica) de estar adentro estando afuera[16]» Considera que la nación, por medio de designaciones sucesivas hace pasar una frontera entre los sujetos que reconoce aptos para la participación social y aquellos que no reconoce como aptos para participar. El extranjero distanciado de la participación social por la frontera que lo codifica, queda condenado a una vida en las márgenes.

En base a todo lo expuesto, entendemos que hay palabras que instituyen fronteras. Ente ellas, extranjero es una palabra que marca una segregación entre lo propio y lo ajeno, lo interno y lo externo, lo semejante y lo diferente, lo inferior y lo superior, lo normal y lo patológico. Extranjero es una construcción artificial creada por un racismo de estado.  Es una calificación que toma la forma de una oposición identitaria. La palabra extranjero construye falsas fronteras que crean precariedad social (precarity[17]). El  apelativo extranjero es un estigma que desvía la mirada para evitar reconocer en quien así es denominado, lo extraño existente en quienes lo nombran. Extranjero es todo aquello que el nacional rechaza de sí mismo El extranjero está designado por las fronteras de lo reprimido por los nacionales. Ser denominado extranjero es ser constituido en un símbolo construido sobre falsas imágenes. El extranjero carga un símbolo injurioso que no le pertenece, pero al mismo tiempo le impide pertenecer.

 


[1] Balibar, É. (2005) Las Fronteras de Europa, en Violencias, identidades y civilidad. Barcelona, Ed. Gedisa. pag. 91, nota nº 7.

[2] La palabra “beur” es empleada en Francia para denominar de manera despectiva los hijos de inmigrantes de origen árabe. Estos jóvenes, posteriormente han recuperado ese apelativo adjudicándole un sentido reivindicativo contra el racismo.

[3] Termino empleado para designar al mestizo destacando su origen indígena, que puede adquirir sentidos que oscilan desde lo afectivo a lo desvalorizante. En Chile es  utilizado para designar despectivamente a los inmigrantes provenientes de Perú.

[4] La palabra “moro” hace referencia al musulman que habitó España entre los siglos VIII y XV. También se emplea para designar a quien no ha sido bautizado. Actualmente esta palabra es utilizada para denominar de manera discriminatoria a los inmigrantes de origen árabe instalados en España.

[5] Término peyorativo utilizado para nombrar a los inmigrantes bolivianos en Argentina.

[6] Para mayor especificidad sobre este tema ver: Agamben, G. (1995) Moyens sans fins. Paris : Éditions Payot & Rivages.

[7] Freud, S. (1985) Obras completas. Argentina : Amorrortu Editores. Tomos 11,18, 21, 23.

[8] Rancière, J, (2010) « El racismo, una pasión que viene de arriba” Rebelión 1-3.

[9] « Or la cause de l’autre comme figure politique, c’est d’abord cela: une desidentification par rapport á un certain soi. C’est la production d’un peuple qui est différent du peuple qui est vu, dit, compté par l’Etat, un peuple défini par la manifestation d’un tort fait á la constitution du commun, laquelle construit elle-même un autre espace de communauté. »

Rancière, J. (1988) Aux bords de la politique. France : Gallimrd. p. 212.

[10] Butler, J. (2001) Vie précaire Les pouvoirs du deuil et de la violence après le 11 septembre. Paris : Editions Amsterdam.

[11] Butler, J. (2010) Ce qui fait une vie. Essai sur la violence, la guerre et le deuil. Paris : La Découverte.

[12] “Une vie devient étrangère parce qu’elle est instituée dans une différence qui ne vient pas d’elle et qui la produit comme vie précaire, moins vivable que les autres»

Le Blanc, G. (2010) Dedans dehors La condition d’etranger. Paris : Editioons du Seuil. p. 18.

[13] Idem.

[14] « Il existe des Humains qui sont plus stabilisés que d’autres, dont les propriétés sociales sont plus incorporées que celles des vies précaires ou des vies exclues. Cela ne signifie pas cependant qu’ils soient pleinement assurés de ne jamais se trouver falsifiés par la désignation qui expulse en les soumettant au régime d’étranger. Entrer dans la question de l’étranger, c’est au contraire comprendre que la stabilisation sociale d’une vie n’est jamais assurée, peut toujours faire défaut, non par quelque vice interne caché mais par la force de la désignation qui suspend la carte d’identité et absorbe le sujet ainsi désigné dans le groupe des étrangers, celles et ceux qui n’ont plus leur part, les vivants de nulle part. »

Idem. p. 34.

[15] “…la précipitation dans la situation d’être dedans tout en étant dehors, engendrée par la désignation d’une vie comme étrangère. »

Idem., p.44.

[16]« La condition d’étrangère n’est pas une condition humaine partagée, elle repose sur une désignation qui crée la possibilité (sociale, juridique, économique) d´être dedans tout en étant dehors. »

Idem., p.44.

[17] Para profundizar sobre la distinción entre precariedad existencial entendida como condición general que afecta a todo humano y precariedad social distribuida de manera desigual a partir de fronteras, ver: Butler, J. (2010) Ce qui fait une vie. Essai sur la violence, la guerre et le deuil. Paris : La Découverte.

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