¿Generación perdida?, no; generación desaparecida.


“Hay cosas que para saberlas no es

suficiente con haberlas aprendido.”

SENECA

 

Cuando Gertrude Stein, la íntima amiga de Hemingway calificó de “lost generation” a aquella pléyade de jóvenes escritores, prácticamente exiliados en Europa después de la Primera Guerra Mundial y hasta la Gran Depresión del 29, John  Dos Passos, Ezra Pound, William FaulknerJohn Steinbeck, Arthur Milller, Francis Scott Fitzgerald y el propio Hemingway, no imaginó nunca que la frase se convertiría en la referencia histórica de cientos de “generaciones perdidas” a lo largo y ancho del mundo y en los más diversos lugares.

Cada guerra que se producía dejaba una generación huérfana, una generación destrozada, una generación hundida…, una generación perdida. Pero estas generaciones poco o nada tenían que ver con aquella que pergeñó el nombre. Aquella fue una juventud, a la larga triunfante, exuberante, de imaginación infinita, la mejor que dio Estados Unidos en toda su historia.

Pero la mayoría, por el contrario, se debatieron entre la pobreza espiritual, el dolor, la desesperanza, el querer pero no poder, el poder y no saber hacerlo; generaciones perdidas que pasarán a la historia como la nada más absoluta.

Otras, sin embargo, lograrán inscribirse en los libros de historia por su sacrificio, su lucha…, su desaparición, dejando la estela pero perdiendo la vida. Y aquellos pueblos que tienen la desgracia de tener que llorar una “generación desaparecida”, pongámosle bien el nombre, saben el profundo vacio que dejan. Treinta años de vacío, treinta años sin nada, treinta años imposibles de recuperar.

Pero lo peor no es eso, lo peor es que treinta años son demasiados en la historia lineal de un pueblo, aunque parezca tan sólo un segundo en la del hombre. Treinta años son suficientes para que se rompa la inercia de progreso que tienen todas las sociedades cuando se desarrollan.

Si de golpe eliminamos treinta años, desaparecen todos los referentes que dentro de treinta años deberían encontrarse en la cúspide de la pirámide, todos aquellos que deben dirigir el proceso histórico y formar a quienes deberán seguir más adelante.

¿Quién queda al frente de la sociedad que ha perdido una generación? Podemos aventurar algunas posibilidades: seguirán dirigiéndola los que lo hacían antes y que, seguramente, han  sido en parte, o en todo, los culpables de la desaparición de esa generación. O deberá hacerlo la segunda línea, los que escondieron la cabeza mientras los demás luchaban por hacer las cosas bien y que, también seguramente, tienen ideas contrapuestas a la generación perdida.

Pero siendo malo esto, ¿quién formará a la generación siguiente?, ¿quién le contará cuál era la línea histórica de ese pueblo?, ¿quién le transmitirá los principios éticos que dirigían su lucha? Nadie, la nada más absoluta.

Y qué se puede conseguir como resultado, se conseguirá una generación dirigente con pocos principios, fácil de domeñar porque le falta uno de los elementos que fueron pilares de la generación desaparecida, una ideología fuerte, la sapiencia que enseña la lucha.

De esta situación podemos reconocer una de las características de las “generaciones destructoras”, de las que desarbolan otra generación, las que se convierten en verdaderos “genocidas de generaciones”. Las destruyen con una sola finalidad, la de perpetuarse en el poder sin dificultades, aunque podríamos decir mejor lo perpetran. Es la única manera que saben enfrentarse ideológicamente contra aquellos que son ética, moral e históricamente superiores, que representan el mantenimiento de la línea ascendente del progreso de una sociedad.

Las generaciones desaparecidas, si se caracterizan por algo, es por su brillantez intelectual, por la fuerza de sus ideas; no son guerreros, son pensadores; no quieren el poder para sí mismos, lo quieren para madurar el futuro y no para especular con el pasado; para ellos siempre el futuro será mejor y en eso centran sus esfuerzos, en hacerlo posible.

Pero inevitablemente deberán enfrentarse con las sombras, con quienes creen que la Edad Media debería ser perpetua, con aquellos que temen al futuro, con todo lo que pueda cambiar “su mundo” y no están dispuestos a permitirlo. Y no tienen ningún escrúpulo de sacrificar a sus propios hijos, a su futuro, por no perderlo… y hacen desaparecer, hacen perder a quienes se oponen.

Después de destruirlos, se lanzan impertérritos a justificarse, a buscar apoyos ideológicos que le sirvan de parapeto. Y hacen tabla rasa con el pasado, intentan borrarlo de la historia, y todo lo que represente saber y conocer será considerado como parte del enemigo. Como decía Marx: “cuanto más alienado mejor”, traducido a román paladino, “cuanto más brutos e ignorantes, mejor”.

Es escalofriante escuchar de boca del general Videla, el genocida de una de estas generaciones desaparecidas, decir que debería haber matado por lo menos a diez mil más, que habían sido pocos los muertos y los desaparecidos y muchos los que clamaban para que siguiera haciéndolo.

¿No les recuerda a otros “generales”?, ¿a otros “dirigentes”?

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